365 Dias

CAPITULO 4

Era viernes por la tarde cuando escuché el timbre de la mansión.

Frankie estaba en clase, yo llevaba dos horas revisando el brief que me habían asignado en la agencia — mi primera semana había sido exactamente lo que Elías prometió: sin red de protección y con exigencia real. Me gustaba más de lo que esperaba.

Bajé las escaleras pensando que sería el servicio de mensajería con los libros que había pedido.

Abrí la puerta.

La mujer que estaba al otro lado medía casi un metro ochenta, tenía el cabello rubio recogido en un moño que parecía descuidado y probablemente le había costado cuarenta minutos, y llevaba un abrigo beige que yo nunca podría pagar con tres meses de sueldo. Era exactamente el tipo de mujer que aparece en los comentarios de Elías cuando alguien pregunta con quién sale.

Me miró de arriba abajo con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Hola. Soy Vanessa. ¿Está Elías?

Tardé un segundo de más en responder. Solo un segundo, pero ella lo notó — ese tipo de mujeres siempre nota todo.

—No está —dije, con una calma que no sentía por dentro—. Creo que viene más tarde. Soy Kesly, la hermana de Frankie.

—Ah —dijo ella, y en esa sílaba había una enciclopedia entera—. La osita.

Sonrió de nuevo. Esta vez sí llegó a los ojos, pero no de la manera que a uno le gustaría.

—¿Puedo esperarlo adentro? Boston en noviembre es una tortura.

No tenía ninguna razón válida para decirle que no.

—Claro —respondí, haciéndome a un lado.

Mientras Vanessa entraba a la mansión y miraba el vestíbulo con la expresión de alguien que está evaluando una propiedad, yo cerré la puerta despacio y me pregunté por qué de repente el brief de la agencia me parecía el lugar más seguro del mundo.

La conversación con Vanessa había sido exactamente lo que esperaba y nada de lo que quería.

Nos sentamos en la sala de la mansión con dos tazas de té que preparé porque no supe qué más hacer con mis manos. Vanessa miraba el techo, las molduras, la araña de cristal, con esa expresión de quien calcula el precio de las cosas por instinto.

—Es enorme para dos personas —comentó, dejando la taza sobre la mesa sin haberla tocado.

—Somos tres —respondí—. Frankie también vive aquí.

—Ah, claro. —Sonrió—. El arquitecto. Elías me ha hablado mucho de él. De ti, en cambio... —hizo una pausa breve, quirúrgica— no sabía nada hasta el video del baño.

No dije nada. Aprendí hace mucho que el silencio descoloca más que cualquier respuesta.

Vanessa me miró con esa sonrisa permanente que no calentaba nada.

—Debe ser interesante —continuó, girando levemente la taza con dos dedos— mudarte a una ciudad que no conoces, a una casa que no es tuya, con un hermano que acabas de conocer. Todo tan... improvisado.

—O aventurero, depende del ángulo —dije, sosteniendo su mirada.

Algo cruzó su rostro. Tan rápido que casi no lo vi.

—Elías es muy generoso con las personas que le caen bien —dijo, cambiando de tono con una suavidad que cortaba más que la frialdad—. Siempre ha sido así. Recoge causas. Le gustan los proyectos. —Hizo otra pausa—. Solo asegúrate de entender cuál es tu rol en este, ¿sí? Para que nadie salga lastimada.

Abrí la boca para responder, pero el sonido de voces en la entrada me detuvo.

Frankie empujó la puerta principal con el hombro, cargando una bolsa de supermercado en cada mano, hablando por encima del hombro con Elías, que entraba justo detrás de él.

—Te digo que si pones la cebolla antes que el ajo se arruina todo el sofrito, Fox, no discutas con alguien que creció viendo cocinar a su madrastra —decía Frankie.

—Y yo te digo que en YouTube hay tres millones de personas que...

Elías se calló en seco cuando entró a la sala.

Sus ojos nos encontraron a las dos en menos de un segundo — a mí primero, sentada en el sillón con el portátil cerrado sobre las piernas, y luego a Vanessa, recostada en el sofá con esa postura de quien lleva tiempo instalada en un lugar.

Frankie, que seguía hablando de sofrito, tardó un paso más en procesar la escena. Cuando lo hizo, su mirada saltó de Vanessa a mí con una velocidad que me dijo que era más observador de lo que aparentaba.

—Vane —dijo Elías. No era un saludo frío, pero tampoco era cálido. Era el tono de alguien que está comprando tiempo para entender qué pasó en esta habitación antes de que él llegara.

—Hola, Eli. —Vanessa se levantó con esa fluidez de pasarela y lo besó en la mejilla—. Sorpresa. Pensé que podíamos pasar el fin de semana juntos, hace tiempo que no nos vemos.

—Hola, Vanessa —dijo Frankie desde la entrada, con una sonrisa educada que no llegó a los ojos. Las bolsas del súper crujieron cuando las apoyó en el suelo—. No sabía que venías.

—Decisión de último minuto —respondió ella, con esa sonrisa que tenía lista para todo.

Elías me miró. No de reojo, directamente.

—¿Todo bien, Kesly?

Tres palabras. Simples. Pero Frankie las escuchó, Vanessa las escuchó, y yo sentí cómo cambiaban la temperatura de la habitación.

—Sí, estuvimos platicando —respondí, con una calma que me costó mantener—. Vanessa llegó buscándote.

—Ya veo. —Sus ojos se quedaron en mí un segundo más de lo necesario antes de volverse hacia Vanessa—. ¿Por qué no me avisaste?

—Porque quería sorprenderte —dijo ella, deslizando una mano por su brazo—. Además, tu teléfono últimamente parece estar muy ocupado.

Frankie carraspeó.

—Voy a guardar esto en la cocina —anunció, recogiendo las bolsas del suelo. Al pasar junto a mí, me rozó el hombro con el suyo — un gesto pequeño, casi imperceptible, que significó más que cualquier palabra.

Me puse de pie.

—Los dejo, tengo que revisar unas cosas del trabajo.

—No tienes que irte —dijo Elías, y lo dijo demasiado rápido, igual que antes de pensarlo.

Vanessa no se movió. Pero esa tensión milimétrica en los hombros apareció de nuevo, y esta vez duró más.




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