El sol de Aldavera no tenía consideración por nadie.
Menos por Valentina, que llevaba exactamente cuarenta minutos mirando el techo de su cuarto intentando recordar cómo se llamaba y por qué todo, absolutamente todo, le dolía hasta la raíz del cabello.
Su cuarto olía a perfume mezclado con algo que prefería no identificar. Las cortinas de lino blanco hacían lo que podían contra la luz, que era básicamente nada. Sobre la mesita de noche había dos vasos de agua, un ibuprofeno y una nota escrita a mano que decía:
"Tómate la pastilla. No te muevas. Voy por café. — Cami"
Vale cerró los ojos.
Bien. Cami estaba aquí. Eso significaba que alguien la había traído a casa. Eso significaba que alguien sabía lo que había pasado.
Eso significaba que iba a ser un día muy largo.
Tomó el ibuprofeno sin agua porque alcanzar el vaso le parecía una hazaña imposible, y se quedó inmóvil otro momento más, escuchando el silencio del departamento. El departamento familiar en el Distrito Verona nunca hacía ruido antes del mediodía los domingos. Sus padres estarían en el club, o en algún almuerzo con apellidos importantes, o simplemente en cualquier lugar que no fuera aquí, que era exactamente la única buena noticia del día.
La puerta del cuarto se abrió.
Camila entró con dos tazas de café, el cabello recogido en un moño torcido y una sonrisa que Vale conocía demasiado bien. Era la sonrisa de quien tiene información privilegiada y está disfrutando cada segundo de ventaja.
— Vives — dijo Cami, dejando una taza sobre la mesita.
— Eso está por verse — murmuró Vale sin moverse.
— ¿Cómo tienes la cabeza?
— Como si alguien hubiera metido una batidora por mi oído derecho y la hubiera dejado prendida toda la noche.
— Dramática. — Cami se sentó en el borde de la cama con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciéndolo. — ¿Recuerdas algo de anoche?
Vale frunció el ceño. Pensó. Revolvió con cuidado los archivos de su memoria como quien busca algo en un cajón desordenado.
La fiesta en el penthouse de los Iriarte. Eso sí.
El vestido verde que le había prestado Cami. Eso también.
Música. Luces. El sabor dulce de algo que definitivamente no debió haber tomado en ayunas.
Y después... niebla.
Una niebla espesa, cálida y absolutamente misericordiosa que cubría todo lo que vino después de la medianoche.
— La fiesta —dijo Vale lentamente— Los Iriarte. El penthouse.
— Correcto.
— El... ¿el cóctel ese que preparó no sé quién?
— Tres cócteles, Vale. Fueron tres. — Cami levantó tres dedos con una paciencia exagerada. — Pero sigue.
— Y después... — Silencio — Nada. No hay nada después.
Cami asintió despacio, como un médico que está a punto de dar un diagnóstico complicado.
— Okay — dijo, y sacó el celular del bolsillo de su sudadera.
— Cami.
— ¿Mmm?
— ¿Por qué sacas el celular?
— Porque hay algo que necesitas ver.
— Cami.
— Vale.
— Si lo que vas a mostrarme me va a arruinar el domingo, te juro que...
— Te va a arruinar bastante más que el domingo, amor. — Cami le puso el teléfono en la mano con una delicadeza sospechosa. — Pero es mejor que lo veas ahora que después.
Vale miró la pantalla.
Era un video.
Un video grabado la noche anterior, según la hora en el ángulo superior. Se veía el techo del penthouse de los Iriarte, luces difusas, música de fondo. Y luego la cámara bajaba y aparecían dos personas sentadas en un sofá color crema, mirándose con la intensidad característica de quienes han tomado exactamente tres cócteles de algo que no debieron haber tomado en ayunas.
Una de esas personas era ella.
La otra era Sebastián Montoya Vidal.
Vale presionó play.
— Oye — dijo la Vale del video, señalándolo con un dedo acusador y bastante poco coordinado — Tú y yo llevamos toda la vida viendo cómo la gente a nuestro alrededor se enamora y lo arruina todo.
— Todo — confirmó Seba con una seriedad que no correspondía al momento.
— Y nosotros nunca hacemos eso.
— Nunca.
— Porque somos inteligentes.
— Extraordinariamente inteligentes — asintió él.
— Entonces — Vale se giró hacia él con la lentitud solemne de quien está a punto de anunciar algo histórico — propongo una apuesta.
Seba la miró. Ella lo miró. Hubo una pausa que en el video duró cuatro segundos pero que a Vale, viéndolo ahora, se le hizo eterna.
— Te escucho — dijo él.
— Un año. Trescientos sesenta y cinco días. Ninguno de los dos se enamora de nadie.
— ¿Y si alguno cae?
— El que caiga... — Vale entrecerró los ojos, claramente buscando las palabras en algún lugar de su cerebro que todavía funcionaba — rompe lazos. Con la familia del otro. En todo sentido.
Seba no dijo nada por un momento.
Luego sonrió.
— Trato.
Y chocaron sus vasos.
Vale bajó el teléfono.
Miró el techo.
Contó hasta diez en silencio.
— Cami — dijo con una voz perfectamente controlada.
— Dime.
— ¿Hay más?
Cami vaciló exactamente medio segundo.
— Hay más.
— ¿Cuánto más?
— Bueno, hay un documento. — Pausa — Firmado.
Vale cerró los ojos.
— ¿Firmado por quién?
— Por ti. Por Seba. — Otra pausa, esta más corta — Y por Rodrigo, que actuó de testigo porque según él "alguien tenía que ser responsable".
El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía escuchar el café enfriándose.
— ¿Y Seba? — preguntó Vale finalmente, sin abrir los ojos — ¿Él tampoco recuerda nada?
— Rodri dice que esta mañana Seba estuvo mirando el video durante diez minutos sin decir una sola palabra.
— ¿Y después?
Cami sonrió, pero era una sonrisa que no prometía nada bueno.