365 días para no caer

Capítulo 2 - El video maldito

Sebastián Montoya Vidal tenía una regla de oro para los domingos.

No pensar.

Era una regla simple, elegante, y hasta ese momento había funcionado sin fallas durante veintidós años de vida. Los domingos eran para el silencio, para el café negro sin azúcar, para sentarse en la terraza del apartamento y mirar Aldavera despertar desde el piso catorce sin que nadie le exigiera nada.

Los domingos no eran para esto.

— Ponlo de nuevo — dijo.

Rodrigo lo miró desde el otro lado de la mesa del comedor con una expresión que mezclaba la lástima con algo peligrosamente parecido a la diversión.

— Seba. Lo hemos visto cuatro veces.

— Cinco. — corrigió Sebastián — Y ponlo de nuevo.

Rodri suspiró con toda el alma, tomó el teléfono y le dio play por quinta vez.

Sebastián vio el video en silencio. Los mismos dos segundos de techo, las mismas luces difusas, la misma música de fondo que ahora reconocía como la playlist que los Iriarte ponían siempre en sus fiestas. Y luego aparecían ellos dos en el sofá crema, mirándose con una seriedad que en ese momento seguramente les había parecido perfectamente razonable.

Vio a Vale señalarlo con el dedo.

Se vio a sí mismo asentir como si todo lo que ella decía fuera la propuesta más sensata del mundo.

Escuchó "trato" saliendo de su propia boca con una convicción impresionante para alguien que claramente no podía caminar en línea recta.

El video terminó.

Silencio.

— ¿Sabes lo que me parece lo más interesante de todo esto? — dijo Rodrigo, recostándose en la silla con los brazos cruzados.

— No. — dijo Seba — Y no me lo digas.

— Que tú propusiste lo del documento.

Seba lo miró.

— ¿Perdón?

— Que tú — Rodri le señaló el pecho con un dedo — fuiste el que dijo, y cito textualmente, "esto necesita respaldo legal, Rodrigo, saca tu cuaderno de Derecho Empresarial".

El silencio que siguió fue de una calidad particular. Era el silencio de alguien procesando información que su cerebro rechaza instintivamente como imposible.

— ¿Yo dije eso?

— Con mucho entusiasmo, además.

— Yo. — pausa — ¿Yo pedí el documento?

— Y yo lo redacté — confirmó Rodri con una humildad falsa que era casi admirable — porque soy un buen amigo y en ese momento me pareció una idea razonable. Lo cual, en retrospectiva, dice cosas muy preocupantes sobre mi criterio cuando he tomado.

Seba se levantó de la silla.

Caminó hasta la ventana de la terraza. Aldavera seguía ahí afuera, indiferente, con sus avenidas de ficus y sus edificios de vidrio reflejando un cielo que no había decidido todavía si quería ser nublado o simplemente gris.

— ¿Tiene valor legal? — dijo, sin voltear — El documento.

— Técnicamente...

— Rodrigo.

— Sí. — dijo Rodrigo — Lo tiene.

Seba apoyó una mano en el vidrio de la ventana.

— ¿Cuánto?

— Suficiente para que si alguno rompe la apuesta, la otra familia pueda cortar lazos formalmente. Comerciales, sociales, todo. — Pausa — Incluido el contrato que tu papá y el papá de Vale llevan seis meses negociando.

Ahí estaba.

Ahí estaba el problema real, enunciado en voz alta, ocupando todo el espacio de la terraza del piso catorce como si siempre hubiera estado ahí esperando que alguien lo nombrara.

Sebastián se dio vuelta.

— ¿Mi papá sabe?

— Todavía no.

— ¿El papá de Vale?

— Tampoco. — Rodri lo miró con una expresión que por primera vez en la mañana no tenía ni rastro de diversión — Pero Seba, eventualmente...

— Lo sé.

— El contrato entre las familias vale millones. Si esto sale mal...

— Lo sé, Rodri.

— Solo digo que...

— Que lo sé. — Seba lo cortó, pero sin dureza. Se pasó una mano por el cabello y exhaló despacio — Necesito pensar.

— Claro. — Rodri asintió — ¿Quieres café?

— Quiero algo más fuerte que el café.

— Son las diez de la mañana.

— Exactamente mi punto.

Rodri se levantó de todas formas y fue a la cocina sin decir nada más, porque conocía a Seba desde los doce años y sabía perfectamente cuándo darle espacio y cuándo simplemente ir a preparar algo caliente y quedarse cerca.

Seba volvió a mirar Aldavera por la ventana.

Pensó en el video.

Pensó en Vale señalándolo con ese dedo suyo que siempre apuntaba como si tuviera toda la razón del mundo, y en él asintiendo como un idiota absoluto, y en Rodri de testigo con su cuaderno de Derecho Empresarial a las dos de la mañana.

Pensó en trescientos sesenta y cinco días.

Pensó en el contrato de sus padres.

Y luego pensó, casi sin querer, en Vale despertándose en este mismo momento en algún lugar de Aldavera con exactamente el mismo dolor de cabeza y exactamente el mismo agujero en la memoria donde debería haber un recuerdo.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Lo miró desde lejos, luego se acercó.

Era un mensaje de ella.

Vale: Necesito hablar contigo

Vale: Hoy

Vale: Y no es opcional

Seba miró los mensajes durante varios segundos.

Luego lo dejó sobre la mesa, fue hasta la cocina, le quitó el café a Rodri de las manos antes de que terminara de servirlo, y dijo:

— Dile a Vale que puede venir a las doce.

Rodri parpadeó.

— ¿Cómo sabes que ella me está escribiendo a mí también?

Seba lo miró con una paciencia infinita.

— Porque la conozco desde los cinco años y sé exactamente cómo funciona su cabeza. — Tomó un sorbo de café — Dile que a las doce. Aquí.

Rodri ya tenía el teléfono en la mano.

— ¿Y qué hago con Cami? Porque ella también me está...

— Que vengan las dos. — Seba dejó la taza sobre el mesón — Si vamos a hablar de esto, que sea de frente y de una sola vez.

Hubo una pausa.

— ¿Sabes que esto va a ser incómodo? — dijo Rodri.

— Todo en mi vida es incómodo desde hace — Seba pausó y miró el reloj — dos horas y cuarenta minutos.



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En el texto hay: apuesta, romance

Editado: 17.07.2026

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