Hay personas que llegan y hay personas que aparecen.
Valentina siempre aparecía.
No era algo que hiciera con intención, o al menos eso era lo que yo me había dicho durante diecisiete años. Era simplemente... ella. La forma en que abría una puerta como si ya supiera que el cuarto le pertenecía. La forma en que entraba a cualquier espacio y el espacio le respondía, ajustándose, reorganizándose sin que nadie lo notara.
Cuando Rodrigo me confirmó que venían a las doce, yo asentí y fui a cambiarme de ropa.
No porque me importara. Sino porque llevaba el mismo polo desde ayer y eso era un problema de higiene básica, no de otra cosa.
Me lo repetí frente al espejo del baño.
Higiene básica, Sebastián. No es complicado.
Llegaron a las 12:03.
Cami entró primero, con dos bolsas de algo que olía a comida y la energía de alguien que ha dormido bien y no tiene culpa de nada. Detrás de ella entró Valentina.
Llevaba el cabello recogido en algo que no era exactamente un moño ni exactamente una cola, sino ese punto intermedio que solo ella lograba que se viera como una decisión y no como un descuido. Jeans, polo blanco, lentes de sol todavía puestos aunque estábamos adentro.
Los lentes significaban que el dolor de cabeza seguía ahí.
Lo supe sin preguntarle.
Diecisiete años leen esas cosas solas.
— Vives. — le dije, porque era lo más fácil.
Vale se sacó los lentes y me miró con esa expresión suya que significaba no me hagas perder el tiempo.
— Tú pediste el documento. — Dijo. Sin saludo. Sin preámbulo.
— Buenos días para ti también.
— Sebastián.
— Valentina.
Hubo una pausa. Cami y Rodri intercambiaron una mirada que pretendieron que yo no vi.
— Siéntate — dije, señalando el sofá — Rodrigo hizo café.
— No quiero café.
— Pues siéntate igual.
Se sentó. Pero lo hizo con la energía de alguien que está sentándose provisionalmente, bajo protesta, reservándose el derecho de levantarse en cualquier momento. La conocía demasiado bien como para no notarlo.
Me senté frente a ella.
Rodri y Cami desaparecieron discretamente hacia la cocina con sus bolsas de comida, con esa habilidad particular que desarrollan los mejores amigos para hacerse invisibles exactamente cuando hace falta.
Vale me miró.
Yo la miré.
Afuera, Aldavera seguía siendo Aldavera. El ruido sordo del tráfico en la avenida, el viento contra el vidrio de la terraza, el sol que no tenía consideración por nadie.
— Vi el video. — Dijo ella finalmente.
— Yo también.
— Cinco veces.
— Yo también.
Otro silencio. Este diferente al anterior. Menos tenso, más... pesado. Del tipo que se instala entre dos personas que llevan toda la vida hablando y de repente no saben por dónde empezar.
— ¿Recuerdas algo? — preguntó Vale, y en su voz había algo que no era exactamente esperanza pero se le parecía. Como si quisiera que yo dijera que sí, que recordaba todo, que había alguna explicación lógica y ordenada para lo que habíamos hecho.
— Nada después de la medianoche — dije.
Ella cerró los ojos medio segundo.
— Yo tampoco.
— ¿Qué recuerdas antes?
— Los cócteles. — Pausa. — Tres.
— Los mismos tres.
— Y que estábamos hablando de... — Vale frunció el ceño, buscando — No sé. De algo. De alguien del grupo que había terminado con su pareja.
— Lucía Ferrer — dije — O su novio. No recuerdo bien.
— Y de ahí en adelante, niebla.
— Niebla total.
Vale abrió los ojos y me miró con esa franqueza suya que a veces me parecía agotadora y otras veces era lo único que me mantenía anclado en cualquier conversación.
— Seba — dijo, y el apodo sonó diferente de como sonaba normalmente. Más serio. Más sin red — ¿Qué hacemos?
Y ahí estaba. La pregunta real. La que había estado flotando en el cuarto desde que Rodri me mostró el video a las diez de la mañana y yo me había pasado dos horas evitando formularla con palabras.
Porque mientras no tuviera palabras era un problema abstracto.
Con palabras era real.
— Cumplirla — dije.
Vale parpadeó.
— ¿Perdón?
— La apuesta. — Me recosté en el respaldo del sillón con una calma que en ese momento era cincuenta por ciento genuina y cincuenta por ciento actuada — La cumplimos.
— Sebastián, estábamos borrachos.
— Sí.
— El documento probablemente no vale nada.
— Probablemente.
— Entonces...
— Pero nuestros padres no saben eso.
Vale cerró la boca.
Lo vi en su cara. El momento exacto en que la frase aterrizó. El momento en que sus ojos se movieron dos milímetros hacia la izquierda, que era lo que hacían cuando estaba calculando algo rápido.
Diecisiete años también leen eso.
— Si alguno de los dos rompe la apuesta — dije, despacio, como quien explica algo que ya sabe que la otra persona va a odiar escuchar — y si nuestros padres se enteran del documento, lo único que pueden hacer es tomarlo en serio o ignorarlo. Si lo ignoran, no pasa nada. Pero si lo toman en serio...
— El contrato... — dijo Vale en voz baja.
— El contrato.
Silencio.
— Mi papá... — empezó ella.
— Lo tomaría en serio — terminé yo — El mío también.
Vale se quedó mirándome durante varios segundos sin decir nada. Afuera el viento golpeó el vidrio de la terraza una vez, como subrayando algo.
— Un año. — dijo finalmente.
— Un año.
— Trescientos sesenta y cinco días de no enamorarnos de nadie.
— Lo cual — dije — tampoco es tan difícil. Somos adultos funcionales, Valentina. No adolescentes.
Ella me miró.
Yo la miré.
Y ninguno de los dos dijo lo que los dos estábamos pensando, que era que esa frase, "no es tan difícil", tenía exactamente la misma energía que la frase "perfectamente manejable" que yo me había repetido dos horas antes frente a la ventana.