365 días para no caer

Capítulo 4 - Las reglas del juego

Las reglas eran idea mía.

Lo cual significaba que yo era responsable de que fueran buenas, específicas y lo suficientemente sólidas como para sobrevivir trescientos sesenta y cinco días sin convertirse en un chiste.

Me senté en el extremo del sofá con el cuaderno de Rodri abierto en una página en blanco, el café que no había pedido pero que igual me habían puesto en la mano, y la concentración de alguien que está redactando un contrato de paz y no un reglamento doméstico para una apuesta hecha bajo los efectos de tres cócteles de nombre desconocido.

Cami y Rodri estaban sentados en el suelo, apoyados contra el mueble del televisor, con la energía particular de quienes no tienen voto pero tampoco piensan irse.

Sebastián estaba en el sillón de enfrente, con los brazos cruzados.

Mirándome como si ya supiera que algo de lo que yo estaba a punto de proponer le iba a parecer ridículo.

Le pasé el cuaderno.

— Bien — dije, sin mirarlo — Regla número uno.

— Nada de gestos ambiguos.

Él levantó una ceja.

— Define "gesto ambiguo".

— Ya sabes. — Agité la mano vagamente — Cosas que podrían malinterpretarse.

— Vale, eso no define nada.

— Una mano en el hombro que dure más de lo necesario. Un abrazo que no sea de saludo o despedida. Ese tipo de cosas.

— ¿Estás diciéndome que tenemos que cronometrar los abrazos?

— Digo que tenemos que ser conscientes.

Silencio.

Desde el suelo, Rodri tosió de una manera que no era una tos.

— Anótalo — dije, sin mirarlo a él.

Seba lo anotó. Pero lo hizo con una lentitud deliberada que me indicó claramente que tenía una opinión al respecto que estaba eligiendo no expresar todavía.

Con el tiempo esas cosas se leen solas.

— Regla número dos — dije.

— Nada de miradas largas.

Seba bajó el bolígrafo.

— ¿Perdón?

— Ya me escuchaste.

— Vale — dijo, con una paciencia que claramente estaba calculando — ¿Cómo se define una mirada larga?

— Más de tres segundos empieza a ser territorio peligroso.

— Eso es una conversación normal. La gente se mira cuando habla.

— La gente se mira. Nosotros llevamos diecisiete años mirándonos y tú sabes perfectamente que hay tipos de miradas.

Pausa.

Desde el suelo, Cami se llevó la taza de café a la boca muy despacio, sin decir nada.

— Hay tipos de miradas — repitió Seba, como probando el peso de la frase.

— Tú sabes cuáles.

Otro silencio. Este más corto. Lo corté yo primero.

— Anótalo.

Lo anotó.

Aproveché para mirar lo que había escrito hasta ese momento.

"Nada de gestos ambiguos." "Nada de miradas largas. Límite: 3 segundos."

Luego lo miré a él.

Dos segundos y medio. Aparté la vista.

Desde el suelo, Rodri hizo un sonido que era mitad risa y mitad tos fallida. Cami le dio un codazo sin miramientos.

— Regla número tres — dije, porque si no seguía hablando iba a pensar en cosas que no me convenía pensar.

— Nada de canciones — dijo Seba, antes de que yo abriera la boca.

Lo miré.

— ¿Cómo?

— Que no me mandes canciones. — Se recostó un poco más en el sillón — Ya sabes cómo funciona eso.

— Seba, a veces te mando canciones porque me parecen buenas, no porque...

— Vale.

— ¿Qué?

— El mes pasado me mandaste una a las once de la noche con el mensaje "esto me hizo pensar en ti". — Pausa — Eso no es recomendarle música a alguien.

Silencio absolutamente perfecto.

Cami miraba el techo.

Rodri miraba el suelo.

Yo miraba un punto fijo en algún lugar entre la oreja izquierda de Seba y la pared detrás de él.

— Eso fue por el contexto de la canción — dije finalmente — No por el mensaje.

— Anotado de todas formas.

Lo anotó antes de que yo terminara la frase.

Me quedé mirando el cuaderno un momento, luego a él, luego al café.

El café era la opción más segura.

— Bien — dije — Yo también tengo una.

Seba esperó.

— Nada de aparecer sin avisar.

— Yo nunca aparezco sin avisar.

— Apareciste en mi cumpleaños el año pasado a las siete de la mañana con medialunas y eso definitivamente no estaba en mi agenda.

— Eso fue un gesto de amistad.

— Exactamente el tipo de gesto que estamos regulando.

Una pausa.

— Eso es diferente.

— Anótalo, Seba.

Lo anotó. Con la misma lentitud deliberada de antes, que era su forma de decirme que tenía una opinión sin tener que expresarla con palabras.

Los años también leen eso.

Llevábamos cuarenta minutos y ocho reglas.

Algunas razonables. Otras que en cualquier otro contexto habrían sido material de conversación para el psicólogo de alguno de los dos. Todas anotadas en el cuaderno de Rodri con una prolijidad que en este momento me parecía casi cómica.

"Nada de gestos ambiguos." "Nada de miradas largas. Límite: 3 segundos." "Nada de canciones con contexto." "Nada de apariciones sin aviso." "Nada de conversaciones después de las doce de la noche a menos que sea una emergencia real, definida como: incendio, hospitalización, o apocalipsis." "Nada de compartir ropa." "Nada de apodos nuevos." "En eventos sociales con las familias, mantener distancia de cortesía. No más de un metro y medio de proximidad innecesaria."

Leí la lista completa.

Luego miré a Sebastián, que también la estaba leyendo con el ceño levemente fruncido.

— Oye — dijo.

— ¿Qué?

— ¿Te das cuenta de que esta lista existe porque en algún nivel los dos sabemos que sin ella algo podría pasar?

Levanté la vista del cuaderno muy despacio.

Lo miré exactamente dos segundos y tres cuartos.

Luego bajé la vista de nuevo.

— Regla número nueve — dije, con una voz perfectamente neutral — Nada de observaciones filosóficas sobre las reglas.

Desde el suelo, Cami soltó una carcajada que llevaba rato conteniendo.

De nuevo, ya estaba escribiendo.



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En el texto hay: apuesta, romance

Editado: 25.08.2026

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