El problema con las reglas bien redactadas es que no anticipan la lluvia.
Había salido de casa sin paraguas porque el cielo de Aldavera esa mañana tenía la hipocresía particular de parecer completamente despejado hasta las once y cuarto, momento en que decidió, sin previo aviso y sin ninguna consideración por nadie, desplomarse en un aguacero que convirtió la avenida Vérona en algo que se parecía peligrosamente a un río.
Entré a la cafetería Brindisi empapada hasta los hombros, con el cabello pegado a la cara y los apuntes de Mercados Internacionales probablemente arruinados dentro de la mochila, y lo primero que vi fue a Seba sentado en la mesa del fondo con dos cafés y una expresión que mezclaba la sorpresa con algo que tuvo la decencia de disimular rápido.
Lo segundo que vi fue que él tenía paraguas.
— No digas nada — dije, dejando la mochila sobre la silla.
— No dije nada.
— Tenías cara de estar a punto de decir algo.
— Tenía cara de estar tomando café — dijo — Que es lo que estaba haciendo antes de que entraras como si hubieras cruzado el río Aldavera nadando.
Me senté. Me sacudí el cabello lo mejor que pude con la mano. Decidí no pensar en cómo me veía.
— ¿Qué haces aquí? — pregunté.
— Trabajo por las mañanas aquí los jueves. Lo sabes.
— Lo sé. — Pausa — Se me olvidó.
— Claro.
El café de enfrente seguía humeando. Lo miré.
— ¿Ese es para alguien?
Lo empujó hacia mi lado de la mesa sin decir nada.
Lo tomé con las dos manos como quien agarra algo que lo ancla al mundo.
Durante tres minutos ninguno habló. Brindisi a esa hora era lo de siempre: el ruido sordo de la máquina de espresso, dos chicas en la mesa de la ventana con libros que no estaban leyendo, el señor de siempre en el rincón con su periódico físico que era ya casi un acto de rebeldía.
Afuera, la lluvia seguía sin tener opinión sobre nada.
— Tengo una pregunta — dije.
— Mmm.
— Sobre las reglas.
Seba cerró el portátil. Parcialmente.
— ¿Qué pasa con las reglas?
— La regla número cuatro.
La regla número cuatro era: Nada de apariciones sin aviso.
— Yo no aparecí — dijo — Yo estaba aquí antes que tú.
— Técnicamente.
— Totalmente técnicamente. Esto es mi mesa de los jueves.
— Técnicamente es la mesa de la cafetería.
— Vale.
— Seba. — Lo miré con la paciencia que la situación requería — El punto de la regla era evitar situaciones que pudieran... complicarse.
— ¿Y esto es una situación complicada?
Pausa.
Afuera, un trueno. Pequeño, lejano, pero presente.
— No — dije — Todavía no.
El problema era el paraguas.
No el paraguas en sí. El paraguas era un objeto inanimado que no tenía culpa de nada. El problema era lo que implicaba, que era que en algún momento de la próxima hora la lluvia iba a parar o no iba a parar, y si no paraba iba a tener que salir de Brindisi hacia la facultad, que quedaba a ocho minutos caminando, con los apuntes de Mercados Internacionales que ya estaban en estado delicado.
Y él tenía paraguas.
Y los dos íbamos a la misma facultad.
Lo miré de reojo mientras él volvía a abrir el portátil con la concentración deliberada de alguien que está fingiendo no haber notado exactamente lo mismo que yo acababa de notar.
— Seba.
— Trabajo, Vale.
— Lo sé. Solo...
— Dime.
— ¿Tu clase es a las doce?
Una pausa.
— A las doce y quince.
— La mía a las doce.
— Bien.
— Bien — repetí.
Silencio.
La máquina de espresso hizo algo ruidoso. Las chicas de la ventana se rieron de algo. El señor del periódico pasó una página.
— El paraguas — dijo Seba, sin levantar la vista del portátil — cabe para dos personas.
— No te pedí el paraguas.
— No. Pero llevas cuarenta segundos mirándolo.
— Estaba mirando la lluvia.
— El paraguas está frente a la ventana.
— Coincidencia geográfica.
Seba cerró el portátil del todo esta vez. Me miró con una expresión que en todo lo que llevaba viva había aprendido a leer como: voy a decir algo razonable que tú vas a intentar complicar.
— Escucha — dijo — Las reglas existen para gestionar situaciones con potencial de ambigüedad emocional. Compartir un paraguas en un aguacero es logística, no ambigüedad emocional.
Lo miré.
— ¿Acabas de usar "ambigüedad emocional" en una oración casual?
— Me parece que sí.
— Bien. — Tomé el café — Estoy de acuerdo. Es logística.
— Perfecto.
— Perfectamente de acuerdo.
Ninguno de los dos dijo nada por un momento.
Afuera, la lluvia seguía.
Salimos de Brindisi a las once cincuenta y dos.
Ajusté la mochila. Él abrió el paraguas. La lógica básica dictaba que tenía que estar en el centro de los dos para funcionar, lo cual significaba que la distancia entre nosotros era aproximadamente la mitad de lo que era normalmente en una vereda.
Caminamos.
Ocho minutos. Seis cuadras. Una curva en la avenida Miralta donde siempre había agua acumulada que había que esquivar.
No era complicado.
Era logística.
— Oye — dije en la segunda cuadra.
— ¿Qué?
— ¿Cuenta esto como aparición sin aviso de alguno de los dos, o ninguno porque los dos estábamos ya en el lugar?
— Ninguno — dijo — Evento climático de fuerza mayor. Las reglas tienen que tener excepciones para causas externas.
— Deberíamos anotarlo.
— Le digo a Rodrigo que agregue algo al documento.
— ¿Al documento de apuesta borracha?
— Preventivo — aclaró — Es buena práctica legal.
Me reí.
No fue una risa grande. Fue esa risa corta que salía cuando algo me parecía genuinamente gracioso y no había decidido todavía si quería demostrarlo.
Y fue suficiente para que Seba no esquivara el charco de la curva Miralta.
El agua le llegó hasta el tobillo.