El problema con las reglas escritas es que no anticipan los sábados por la noche.
Ni la lluvia, como ya habíamos establecido. Ni los sábados. Ni, específicamente, los sábados en que Rodrigo organiza una de sus noches de "nada especial, solo vengan" que invariablemente terminan siendo algo especial porque Rodri tiene la habilidad particular de convertir cualquier plan sin nombre en el plan de la semana.
Llegué al apartamento de Rodri a las nueve menos cuarto con una bolsa de algo para picar y la intención firme de pasar una noche completamente normal entre amigos sin pensar en apuestas ni comentarios sobre el cabello de nadie.
Abrió la puerta.
— Llegaste primero — dijo.
— ¿Quién más viene?
— Los de siempre. — Se hizo a un lado — Entra. Hay música.
Había música.
Rodri tenía una playlist que usaba específicamente para las noches de "nada especial" y que yo conocía de memoria porque llevaba tres años siendo el soundtrack de exactamente ese tipo de noche. Algo con guitarra, algo con piano, alguna canción en inglés que ninguno de los dos sabía cantar bien pero que igual cantábamos.
Me senté en el sofá.
Rodri fue a la cocina.
Desde ahí gritó:
— ¿Seba?
— ¿Qué?
— ¿Sabes si Vale viene?
Pausa.
— No sé lo que sabe Vale.
— Ajá. — El sonido de algo abriéndose — ¿Le escribiste?
— No.
— ¿Por alguna razón específica?
— Porque no tenía razón específica para escribirle.
— Ajá — repitió, con esa vocal que en su boca tenía más capas de las que debería tener una sola letra.
— Rodri.
— ¿Qué?
— Para.
— Estoy cocinando — dijo, con una inocencia impresionante — No estoy haciendo nada.
Vale llegó a las nueve y diez.
Abrí yo porque Rodrigo estaba en la cocina y la puerta quedaba en mi dirección y era lo más lógico, no una decisión con ningún tipo de implicación.
— Rodri está en la cocina — dije, haciéndome a un lado.
— Hola para ti también.
— Hola. — Una pausa — Estás seca.
— Dejó de llover.
— Observación meteorológica. Anotado.
Entró.
Camila estaba en el sofá con una copa que claramente no era la primera del plan aunque el plan llevaba veinte minutos. Rodri asomó la cabeza desde la cocina, la vio, y sonrió con la expresión de alguien que está exactamente donde quería estar.
Vale se sentó.
Yo volví al sillón de siempre.
Todo completamente normal.
Durante la primera hora, todo fue completamente normal.
Rodri salió de la cocina con algo que olía bien y que resultó ser mejor de lo que parecía, lo cual era siempre la sorpresa de las noches en su apartamento. Cami contó algo que le había pasado en el trabajo esa semana que hizo reír a todos. Yo aporté una historia sobre el profesor de Contratos que tenía material suficiente para tres capítulos de algo.
Vale habló de un proyecto de la facultad con esa forma suya de explicar las cosas, directa y con las manos, que hacía que cualquier tema pareciera más interesante de lo que era.
La playlist de Rodri siguió sonando.
Todo completamente normal.
Y entonces Rodri, con la naturalidad de quien no está haciendo absolutamente nada, subió el volumen.
Y la canción que sonó fue esa.
No voy a decir cuál era. Solo que tenía piano. Y que Vale me la había mandado a las once de la noche hace dos años con el mensaje "esto me hizo pensar en ti."
Que era, específicamente, el ejemplo que yo había usado para justificar la regla número tres.
El silencio entre nosotros dos duró exactamente un segundo.
— Rodri — dije.
— ¿Qué? — Levantó la vista de su plato con una inocencia criminal.
— ¿Esta canción es de tu playlist normal?
— Sí.
— ¿Seguro?
— Seba, tengo mil canciones en esa playlist, no puedo saber cuál suena en cada momento.
— Ajá.
— Es una buena canción — dijo Camila, mirando su copa — Me gusta el piano.
Vale no dijo nada.
Yo no dije nada.
La canción siguió sonando.
— ¿Alguien quiere más? — dijo Rodri, levantándose con su plato.
— Yo — dijo Cami, levantándose también con una rapidez que claramente no tenía nada que ver con el hambre.
Y de repente éramos dos en el sofá con una canción de piano sonando y ninguno de los dos con una estrategia clara para los próximos tres minutos.
— Vale — dije, sin mirarla.
— No cuenta — dijo ella.
— No dije que contaba.
— Tenías cara de estar a punto de decirlo.
— Tenía cara de estar aquí sentado.
— Sebastián.
— ¿Qué?
—La mandé hace dos años. Antes de las reglas. No puedes aplicar las reglas hacia atrás.
Pausa.
— Nadie dijo que fuéramos a hacerlo.
— Bien.
— Bien.
La canción siguió. Ocho segundos de piano sin letra donde ninguno de los dos dijo nada.
— Aunque — dije.
— No.
— Solo iba a decir...
— Sebastián. — Me miró — No.
La miré.
Dos segundos y medio.
Aparté la vista.
— Tienes razón — dije — No cuenta.
— Exactamente.
— Es solo una canción.
— Con piano.
— Con piano — repetí — Lo cual es un instrumento completamente neutro.
— Completamente.
Pausa.
Y entonces pregunté algo que no tenía planeado preguntar.
— Vale.
— ¿Qué?
— ¿Por qué pensaste en mí?
Me miró.
Yo le devolví la mirada con la expresión más tranquila que pude. Sin trampa. Genuinamente quería saber. Era la clase de pregunta que uno hace cuando lleva semanas pensando en algo y de repente el momento llega solo y no tiene sentido dejarlo pasar.
— No recuerdo — dijo.
— ¿Segura?
— Completamente.
— Ajá.
— No me digas ajá como Rodrigo.
— No te estoy diciendo ajá como Rodrigo. — Una pausa — Te estoy diciendo ajá como yo.
Desde la cocina llegó el ruido de Camila y Rodrigo hablando de algo, mezclado con el sonido de platos, mezclado con la playlist que ya había pasado a otra canción que no tenía historia ni piano ni ningún tipo de complicación.