Vale
Hubo una fiesta.
No de las de los Iriarte, que eran eventos con nombre y lista y gente que llegaba con intención. Esta era de las otras: un departamento prestado, música que nadie había elegido con cuidado, veinte personas que se conocían entre sí con distintos grados de precisión, y la clase de noche que no tiene plan porque el plan es que no haya plan.
Llegué con Camila a las diez.
Sebastián ya estaba ahí.
Lo vi desde la entrada, de espaldas, hablando con alguien que no reconocí de inmediato. Hombre, más o menos su altura, con esa postura de quien está acostumbrado a que las conversaciones giren hacia él. Seba escuchaba con los brazos cruzados y esa expresión suya de atención selectiva, la que usaba cuando algo le interesaba pero no quería que se notara demasiado.
Cami me dio un codazo suave.
— Hay bebidas en la cocina — dijo, como si no hubiera visto lo mismo que yo.
— Ya sé dónde está la cocina.
— Bien. Vamos.
Fuimos.
La noche fue bien durante las primeras dos horas.
Ese es el tipo de frase que en retrospectiva suena a advertencia, pero en el momento era solo verdad: la noche fue bien. Camila encontró a unas amigas de la facultad. Yo hablé con gente que conocía, tomé algo que no era tequila por razones obvias, y en algún momento me crucé con Seba en el pasillo y los dos hicimos lo mismo sin coordinarlo: asentir, medio sonreír, seguir caminando.
Completamente normales.
Completamente.
El problema llegó a las doce menos veinte.
No en forma de drama ni de escena ni de nada que pudiera haberse anticipado con reglas escritas en un cuaderno. Llegó en forma de Mateo Ríos apareciendo por la puerta con dos amigos, viéndome desde el otro lado del departamento, y cruzando hacia donde yo estaba con esa sonrisa suya que llegaba antes que el resto de su expresión.
— Vale — dijo — No sabía que venías.
— Yo tampoco sabía que venías tú.
— Mundo pequeño. — Se hizo un lugar junto a mí con la naturalidad de alguien que no ocupa espacio sin antes verificar que es bienvenido, que era, pensé, una buena señal sobre su carácter — ¿Cómo vas con Mercados?
— Sobreviviendo. ¿Tú?
— Igual. — Sonrió — Aunque con tu explicación del lunes me fue mejor en el parcial.
— ¿Tuviste parcial?
— Sorpresa de último momento. El profesor avisó el viernes.
— Qué crueldad.
— Lo superé. — Una pausa — Oye, ¿tienes planes el jueves? Hay un grupo de estudio que...
No escuché el resto.
No porque Mateo dejara de hablar. Sino porque en ese momento, sobre su hombro, vi a Sebastián.
Estaba al otro lado del cuarto. No me estaba mirando a mí, o si lo hacía fue por menos de tres segundos porque cuando nuestros ojos se cruzaron los apartó de inmediato hacia algún punto de la pared que de repente le pareció muy interesante.
Pero lo había visto.
Y yo lo había visto verme.
Y algo en eso, en ese segundo de tres partes, me hizo perder el hilo de lo que Mateo estaba diciendo sobre el jueves.
— ¿Vale? — dijo Mateo.
— Sí. — Volví — Perdón. El jueves, dijiste.
— El grupo de estudio. ¿Te apuntas?
Lo miré. Era simpático. Hacía buenas preguntas. No había hecho nada malo.
— Claro — dije — Mándame los detalles.
Me fui a la una.
Camila se quedó. Mateo se quedó. Rodrigo se quedó.
Seba se fue cinco minutos antes que yo, lo noté porque de repente no estaba en ninguno de los lugares donde había estado durante la noche, y esa ausencia tenía una textura particular que no quise analizar.
Salí a la calle.
Aldavera de madrugada era distinta. Más silenciosa, más honesta, con ese frío particular que llegaba después de la una y que hacía que todo pareciera más claro de lo conveniente.
Caminé media cuadra.
Me senté en un banco que no era de nadie.
Saqué el teléfono.
No para escribirle. Solo para tenerlo en la mano mientras pensaba en lo que no quería pensar, que era en el momento en que nuestros ojos se habían cruzado sobre el hombro de Mateo y Sebastián había apartado la vista demasiado rápido para que fuera natural y demasiado lento para que pudiera ignorarlo.
Tres segundos.
Exactamente tres.
El teléfono vibró.
Era él.
Un mensaje que decía: ¿Llegaste bien?
Lo miré durante un tiempo que no medí.
No era una emergencia. No era incendio ni hospitalización ni apocalipsis. Era la una y cuatro minutos de la madrugada y él me estaba preguntando si había llegado bien desde algún lugar de Aldavera donde yo no estaba.
Respondí: Todavía no llego. Estoy sentada afuera.
Tres puntos. Respuesta inmediata.
¿Sola?
Sí.
¿Estás bien?
Me quedé mirando esa pregunta.
Tres palabras. La más simple del mundo. La que se hace por reflejo, por costumbre, por diecisiete años de saber cuándo preguntar y cuándo no.
Escribí: Sí. ¿Tú?
La respuesta tardó más esta vez. Casi un minuto. Suficiente para que yo mirara la calle vacía y el cielo de Aldavera y pensara en todo lo que ninguno de los dos estaba diciendo.
Llegó: No sé.
Dos palabras.
Las más honestas que me había dicho en diez días.
Las guardé en algún lugar que no supe nombrar, me levanté del banco, y empecé a caminar hacia casa con el teléfono en la mano y el frío de la una de la mañana en la cara y la certeza incómoda, nueva, de que algo había cambiado esta noche.
No en forma de beso ni de declaración ni de nada que pudiera rastrearse en un documento.
En forma de no sé.
En forma de dos palabras dichas a la una de la mañana por alguien que llevaba diez días diciéndome que todo era perfectamente manejable.
Llegué a casa.
Me metí a la cama.
No apagué la pantalla del teléfono hasta las dos.
Seba
Me fui antes de la una.