365 días para no caer

Capítulo 11 - Lo que no se dice en el desayuno

El martes siguiente Sebastián me llamó a las ocho de la mañana.

No un mensaje. Una llamada.

Lo supe antes de ver la pantalla porque mi teléfono tenía un tono distinto para las llamadas y porque a las ocho de la mañana de un martes la única persona que me llamaba en lugar de escribirme era mi madre, y el nombre que apareció en la pantalla no era el de mi madre.

Atendí.

— ¿Qué pasó — dije, con la voz de alguien que lleva exactamente seis minutos despierta.

— Nada — dijo él — Buenos días.

— Seba. Son las ocho.

— Lo sé.

— De la mañana.

— También lo sé. — Una pausa — ¿Desayunaste?

Me senté en la cama despacio, como quien necesita incorporarse para procesar lo que está escuchando.

— ¿Me estás llamando a las ocho de la mañana para preguntarme si desayuné?

— Estoy en la panadería de la avenida Miralta. Tienen esas medialunas que te gustan. — Otra pausa, más corta — Puedo pasar.

Lo miré, aunque él no pudiera verme.

— Seba.

— ¿Qué?

— ¿Recuerdas la regla número cuatro?

— Nada de apariciones sin aviso — dijo, con la fluidez de quien se la sabe de memoria — Pero técnicamente te estoy avisando ahora. Con antelación. Eso califica como aviso.

— La antelación implica tiempo suficiente para decir que no.

— ¿Quieres decir que no?

Silencio.

El cuarto olía a mañana. Afuera Aldavera empezaba a hacer sus ruidos de siempre. Tenía una hora antes de tener que salir a la facultad y ninguna razón objetiva para decir que no a las medialunas de la avenida Miralta.

— Dame veinte minutos — dije.

Llegó en veintinueve.

Con el cabello ligeramente revuelto de quien salió rápido y una bolsa de papel que olía exactamente a lo que había prometido. Me miró un segundo antes de que yo me hiciera a un lado para dejarlo pasar.

— Veintinueve minutos — dije.

— Encontré estacionamiento lejos.

— Ajá. — Bajé la vista a la bolsa — ¿Cuántas trajiste?

— Cuatro. Dos para cada uno.

— Bien. — Giré hacia la cocina — El café está hecho.

Se sentó en la barra, que era donde siempre se sentaba en mi apartamento. No sé cuándo había aprendido que esa silla tenía la altura correcta para apoyar los codos pero lo sabía, y se acomodó con la naturalidad de alguien que conoce un espacio de memoria.

Serví dos tazas sin preguntar cómo lo quería porque lo sabía.

Negro, sin azúcar.

Lo dejé frente a él.

Me senté al otro lado de la barra con mi taza y una medialuna y la expresión de alguien que está esperando que el otro hable primero.

Nadie habló primero durante un momento.

Lo miré tomar el café.

Era un gesto que había visto miles de veces y que no tenía nada de particular y que esta mañana, por alguna razón que preferí no examinar con demasiado detalle, me resultaba difícil de ignorar.

— Oye — dije.

— ¿Qué?

— Anoche. El mensaje.

Seba dejó la taza sobre la barra con cuidado.

— ¿Cuál mensaje?

— Sebastián. — Lo miré — El de la una de la mañana.

— Te pregunté si habías llegado bien.

— Y después dijiste que no sabías si estabas bien.

Una pausa.

Afuera, un auto pasó por la avenida con la radio puesta, música que no reconocí, que se fue alejando hasta desaparecer.

— Fue un mensaje — dijo, con una voz que era demasiado neutral para ser genuina — A la una de la mañana. No hay que analizarlo.

— No lo estoy analizando.

— Suenas como que lo estás analizando.

— Sueno como alguien que te está preguntando si estás bien.

— Estoy bien.

— ¿Seguro?

— Vale. — Me miró — Estoy bien. Estaba cansado anoche, fue un mensaje, ya está.

Lo miré durante dos segundos y medio.

Él sostuvo la mirada el tiempo exacto antes de bajarla a la medialuna.

— Bien — dije.

— Bien — repitió.

Comimos en silencio durante un momento. No el silencio incómodo, sino el otro, el que conocíamos de memoria, el que no necesitaba llenarse con palabras para existir cómodamente.

Pero debajo de ese silencio había algo nuevo.

Algo que ninguno de los dos nombraba y que sin embargo ocupaba el mismo espacio que nosotros en esa cocina.

— ¿Vas a ver a Mateo Ríos el jueves? — dijo.

No lo esperaba.

Salió de su boca en el mismo tono en que podría haber preguntado si tenía clases o si había leído el libro que le había prestado Camila, y sin embargo en el momento en que terminó la frase supe que no había sonado así.

Levanté la vista de la taza.

— ¿Cómo sabes eso?

— Rodrigo dijo algo.

— Rodrigo dice muchas cosas.

— ¿Vas a ir?

Me miró con esa franqueza que no pedía permiso y que en este momento era lo último que le convenía usar.

— Es un grupo de estudio, Seba.

— No dije que no fuera.

— Tenías tono.

— No tenía tono.

— Tenías exactamente el tono que pones cuando algo te parece mal y no quieres decir que te parece mal.

— Vale...

— Sebastián. — Dejé la taza — ¿Quieres decirme algo?

La pregunta quedó flotando entre los dos.

Él la sostuvo un momento. Largo. Del tipo que se instala cuando alguien está eligiendo entre lo que quiere decir y lo que va a decir.

— No — dijo — Es tu vida. Haz lo que quieras.

— Ya sé que es mi vida. — Mi voz no era dura, pero tampoco era suave — Te estoy preguntando si quieres decirme algo.

El silencio que siguió fue de los que pesan.

Afuera, Aldavera seguía despertando. Dentro, el café se enfriaba en las tazas y las medialunas estaban a medias y había una pregunta flotando entre los dos que alguno de los dos podría haber respondido con honestidad si las reglas no existieran o si fuera otro momento.

— No — dijo — No quiero decirte nada.

Lo sostuve la mirada tres segundos.

Exactamente tres.

Luego asentí una vez, lenta, y bajé la vista a la taza.

— Bien — dije.

Y esa vez el bien no sonó bien para nada.



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En el texto hay: apuesta, romance

Editado: 25.08.2026

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