Vale
El jueves Sebastián no me escribió.
No era raro. No había razón específica para que lo hiciera. Teníamos vidas separadas y horarios distintos y la apuesta no incluía ninguna cláusula sobre frecuencia mínima de contacto.
Pero no me escribió.
Y yo lo noté.
Lo noté de la misma forma en que se nota el silencio en un cuarto donde siempre hay ruido: no porque el silencio sea nuevo sino porque el ruido se había vuelto tan constante que su ausencia tenía forma propia.
Fui al grupo de estudio de Mateo.
Éramos seis personas alrededor de una mesa en la biblioteca del campus, con apuntes y café y esa energía particular de quienes están fingiendo que estudiar en grupo es más eficiente que hacerlo solos. Mateo llegó con cinco minutos de retraso, se sentó frente a mí, y la sesión fue exactamente lo que debía ser: productiva, sin complicaciones, con buenas preguntas de su parte y respuestas razonables de la mía.
A las siete me fui.
Camila me esperaba afuera.
— ¿Cómo estuvo? — dijo.
— Bien.
— ¿Mateo?
— Cami.
— Solo pregunto.
— Estuvo bien. Es inteligente. Hizo buenas preguntas. — Empecé a caminar — ¿Podemos hablar de otra cosa?
— Claro. — Me siguió — ¿Hablaste con Seba hoy?
— Cami.
— Es otra cosa.
— No es otra cosa.
— Técnicamente es otra persona, lo cual lo convierte en...
— No me escribió — dije, antes de poder no decirlo.
Camila no respondió de inmediato.
Eso era peor que si hubiera respondido.
— ¿Y tú a él? — dijo finalmente.
— No.
— ¿Por qué no?
Caminé media cuadra antes de responder.
— Porque el martes dijo que no quería decirme nada — dije — y yo le creí aunque no le creí, y desde entonces no sé qué decirle que no sea la continuación de una conversación que ninguno de los dos terminó.
Cami asintió despacio.
— Vale — dijo.
— ¿Qué?
— Nada. — Pausa — Solo tu nombre.
El mensaje llegó a las nueve y tres minutos.
Estaba en la cocina cuando vibró el teléfono sobre la mesa y lo miré desde lejos antes de acercarme, con esa costumbre nueva de prepararme antes de ver quién era, como si el nombre pudiera ser una sorpresa aunque en algún nivel ya lo supiera.
Era Sebastián.
Decía: ¿Puedo llamarte?
Tres palabras.
No hola. No contexto. No pretexto de medialunas ni de trabajo ni de nada.
Solo: ¿Puedo llamarte?
Lo miré durante un tiempo que no medí.
Luego respondí: Sí.
El teléfono sonó diez segundos después.
Atendí.
Hubo un momento de silencio al principio, de esos que existen porque ninguno de los dos sabe quién empieza, y que en diecisiete años habíamos aprendido a dejar existir sin forzarlos.
— Oye — dijo él.
— Oye — dije yo.
Otro silencio. Más corto.
— El martes — dijo Seba — Dije que no quería decirte nada.
— Lo sé.
— Era mentira.
El ruido de Aldavera llenó los tres segundos que siguieron. Tráfico. Viento. Algo lejano que podía ser música o podía ser cualquier otra cosa.
— Lo sé — dije, en voz más baja.
— Vale.
— ¿Qué?
Una pausa larga. Del tipo que se instala cuando alguien está eligiendo palabras con más cuidado del habitual. Cuando lo que viene después importa y los dos lo saben antes de que llegue.
— Creo — dijo Seba, despacio, como quien pisa terreno que no ha pisado antes y no sabe bien cuánto aguanta — que tenemos un problema.
No era una pregunta.
No era una confesión.
Era algo en el medio. Algo sin nombre todavía. Algo que cabía exactamente en esa frase y que los dos reconocimos al mismo tiempo porque llevábamos días caminando hacia ella sin querer admitir que era ahí adonde íbamos.
Me senté en la silla de la cocina.
— Seba — dije.
— ¿Qué?
— ¿Cuántos días llevamos?
Una pausa.
— Trescientos cincuenta y dos — dijo.
Lo dije lo mismo que él en el mismo momento, en voz baja, como si el número necesitara ser dicho en dos voces para que su peso fuera real.
Silencio.
Y luego, casi sin quererlo, los dos nos reímos.
No fue una risa grande. Fue esa risa pequeña y un poco rota que sale cuando algo es demasiado absurdo para no reírse aunque no sea gracioso. La risa de dos personas que se dan cuenta al mismo tiempo de algo que no saben cómo resolver y que de alguna forma eso también es un tipo de alivio.
— Seba — dije, cuando la risa se fue.
— ¿Qué?
— ¿Qué hacemos?
Esta vez Seba tardó en responder.
Y cuando respondió, dijo:
— No sé.
Dos palabras.
Las mismas de la madrugada del sábado. Pero más pesadas ahora. Más honestas. Dichas sin la excusa de la una de la mañana.
Me quedé quieta en la silla de la cocina con el teléfono en la oreja y Aldavera afuera y trescientos cincuenta y dos días por delante y la certeza nueva, incómoda, imposible de ignorar, de que las reglas habían sido escritas para prevenir exactamente esto.
Y que ya era demasiado tarde.
— Yo tampoco — dije.
Y ninguno de los dos colgó.
Seba
El jueves Rodrigo me preguntó dos veces si estaba bien.
La primera a las doce, por mensaje, con el pretexto de preguntarme si quería almorzar.
La segunda en persona, a las seis de la tarde, cuando pasó por el apartamento sin avisar, lo cual en otras circunstancias habría sido materia de discusión sobre la regla cuatro pero que esa tarde dejé pasar porque no tenía energía para el argumento.
— Estoy bien — le dije las dos veces.
Las dos veces me miró como si estuviera evaluando la solidez estructural de esa afirmación.
La segunda vez se sentó, abrió el portátil, y dijo:
— ¿Sabes qué hace la gente cuando no está bien pero no quiere hablar de por qué no está bien?
— ¿Qué hace?
— Trabaja. — Señaló la pantalla — Tengo tres correos que no sé cómo responder. Ayúdame.