365 días para no caer

Capítulo 13 - Trescientos cincuenta, dos días y un problema sin nombre

Vale

No colgamos hasta la una.

No sé en qué momento la conversación dejó de ser sobre el problema y se convirtió en otra cosa. En algún punto Seba mencionó algo de la facultad y yo respondí y de ahí pasamos a otra cosa y luego a otra, con esa facilidad particular que teníamos para hablar de nada durante horas sin que el nada se sintiera vacío.

A la una menos cuarto dije que tenía sueño.

Él dijo que sí, que era tarde.

Hubo una pausa.

— Vale — dijo.

— ¿Qué?

— Lo que dije antes. Lo del problema.

— Sí.

— Sigue siendo verdad.

— Lo sé.

Otra pausa.

— Pero esta noche no lo resolvemos — dijo.

— No — concordé.

— Entonces mañana.

— Mañana — repetí, aunque los dos sabíamos que mañana tampoco lo íbamos a resolver porque ese tipo de problemas no se resolvían con una conversación ni con dos ni probablemente con ninguna cantidad de conversaciones si las palabras correctas seguían sin tener nombre.

— Buenas noches, Vale.

— Buenas noches.

Colgué.

Me quedé mirando el techo durante un rato que no medí.

Luego dormí.

Mejor de lo que había dormido en días.

El viernes Mateo Ríos me esperaba en la entrada de la facultad.

No con intención obvia. Estaba apoyado en la pared con el teléfono en la mano, y cuando me vio lo guardó con una naturalidad que podía ser casual o podía ser ensayada y que yo no tenía criterio para distinguir en ese momento porque mi cabeza seguía parcialmente en la llamada de la noche anterior.

— Oye — dijo — ¿Tienes un segundo?

— Depende para qué.

Sonrió. Esa sonrisa que llegaba antes que el resto.

— Para preguntarte algo.

Lo miré.

— ¿Qué cosa?

— Si quieres tomar algo el sábado. — Una pausa breve — No como grupo de estudio.

Era una frase sin ambigüedad posible y Mateo lo sabía y yo lo sabía y probablemente cualquier persona que pasara por ese pasillo en ese momento también lo sabía.

Lo miré durante un segundo.

Era simpático. Inteligente. Hacía buenas preguntas. No había hecho nada malo.

— Mateo — dije.

— ¿Sí?

— Estoy en una situación complicada ahora mismo.

Él asintió, despacio, con la expresión de alguien que esperaba algo en esa dirección pero igual esperó a escucharlo.

— ¿Complicada como ocupada, o complicada como... — buscó la palabra — complicada?

— Complicada como complicada.

— Entiendo. — No parecía herido. Parecía alguien procesando información con calma — ¿Hay alguien?

No respondí de inmediato.

Y eso, pensé después, fue probablemente mi respuesta más honesta.

— No exactamente — dije.

— Pero casi.

— Pero casi.

Mateo asintió una vez más. Metió las manos en los bolsillos.

— Bien — dijo — Si la situación deja de ser complicada, avísame.

— Te aviso.

Y siguió caminando hacia el ala de Administración con la misma tranquilidad con que había llegado, sin drama, sin escena, con esa clase de dignidad que hace que uno sienta que debería haber dado una mejor explicación aunque no supiera cuál.

Me quedé parada en el pasillo.

No exactamente. Pero casi.

Dos frases que no estaban en las reglas porque nadie había anticipado que las necesitaría.

El sábado no fui con Mateo.

En cambio fui con Camila a un mercado de cosas viejas que había en el Distrito Sur los fines de semana, que era uno de esos planes sin pretensiones que terminaban siendo los mejores porque no había nada que saliera mal en un mercado de cosas viejas si uno no llevaba expectativas.

Cami encontró tres cosas que no necesitaba y las compró todas.

Yo encontré un libro que había estado buscando desde hacía meses y lo compré con la satisfacción particular de quien no lo estaba buscando en ese momento específico.

Estábamos tomando café en un puesto al aire libre cuando Cami dijo, sin levantar la vista de su taza:

— ¿Le dijiste algo a Mateo?

— Le dije que estaba en una situación complicada.

— ¿Y él?

— Dijo que le avisara si dejaba de serlo.

Camila asintió.

— ¿Y Seba sabe lo de Mateo?

— Sabe que existe.

— ¿Sabe que te invitó a salir?

— No.

— ¿Se lo vas a decir?

Tomé un sorbo de café. El mercado a nuestro alrededor seguía con su ruido amable de sábado, gente mirando cosas viejas, música de algún lado, el sol de Aldavera que esa mañana había decidido ser generoso.

— No sé — dije.

— ¿Por qué no?

— Porque no sé qué significaría decírselo.

Cami me miró.

— ¿Qué significaría no decírselo?

Lo pensé durante un momento real, con honestidad, sin buscar la respuesta que sonara más razonable.

— Que me importa cómo reacciona — dije finalmente.

Cami sonrió.

No la sonrisa de quien tiene razón. La otra. La de quien quiere a alguien y está viendo cómo ese alguien llega solo a una conclusión que ya sabía desde antes.

— Vale — dijo.

— No me digas que lo sabías desde el capítulo dos.

— No iba a decirte eso.

— Cami.

— Te iba a decir — dijo, girando la taza entre las manos — que me parece que ya sabes qué significa.

El sol de Aldavera cayó sobre el mercado y sobre las cosas viejas y sobre el café que se enfriaba y sobre esa mañana de sábado que no había planeado ser importante.

Trescientos cincuenta y un días.

Me importaba cómo reaccionaba.

Ya lo sabía.

El problema era que saberlo no cambiaba nada.

Y que tal vez sí lo cambiaba todo.

Seba

Rodrigo me llamó el viernes a las doce.

— ¿Cómo estás? — dijo.

— Bien. ¿Por qué me llamas?

— Porque ayer fui y hoy llamo y así funciona la amistad, Seba, hay alternancia.

— Ajá.

— ¿Hablaste con Vale anoche?

Me detuve en el pasillo de la facultad con el mismo instinto de siempre cuando Rodri hacía preguntas que sonaban inocentes.



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En el texto hay: apuesta, romance

Editado: 25.08.2026

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