Vale
El lunes siguiente Sebastián apareció en la facultad.
No era raro. Teníamos dos materias en el mismo edificio los lunes, cosa que habíamos descubierto el primer día del semestre y que desde entonces habíamos manejado con la naturalidad de dos personas que comparten espacios sin que eso sea un evento.
Lo raro fue que llegó con alguien.
Una chica. Alta, cabello oscuro recogido, con esa clase de presencia tranquila que no necesita anunciarse. Caminaba a su lado con la familiaridad de quien no está midiendo la distancia porque no tiene razón para medirla.
Los vi desde el pasillo del ala de Administración, a unos veinte metros, antes de que ellos me vieran a mí.
Seguí caminando.
— ¿Quién es esa? — dijo Camila a mi lado, en voz baja, con el tono de quien ya procesó la situación y está esperando que yo la procese también.
— No sé — dije.
— ¿Nunca la habías visto?
— No.
Cami asintió muy despacio.
— Se ríe de algo que él dijo — observó.
— Cami.
— Solo describo lo que veo.
— No necesito que describas lo que veo.
— Claro — dijo — ¿Quieres que vayamos por otro pasillo?
— No.
Y seguimos por el mismo pasillo, con la velocidad exacta de siempre, sin apurar ni frenar, hasta que Seba nos vio.
Levantó la mano. La misma que levantaba siempre. El mismo gesto de siempre.
Yo lo saludé igual.
Todo completamente normal.
Se llamaba Isabella.
Lo supe porque Rodrigo me lo dijo el lunes a las dos de la tarde con un mensaje que decía: Isabella Vargas. Posgrado en Derecho. La conoció en Introducción a Contratos el semestre pasado. Son del mismo grupo de estudio.
Y debajo: No me preguntes cómo sé esto.
Y debajo: Cami me preguntó.
Le respondí: No necesitaba saberlo.
Respondió en diez segundos: Ya sé. Por eso te lo dije.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Miré el techo.
Isabella Vargas. Posgrado en Derecho. Grupo de estudio de Contratos.
Era información completamente irrelevante que no cambiaba nada y que yo había leído tres veces.
El martes Seba me escribió a las diez de la mañana.
¿Tienes clase a las doce?
Sí, respondí.
¿Y antes?
Estudio.
¿En Brindisi?
Miré el mensaje.
Luego miré el libro que tenía abierto frente a mí en la biblioteca de la facultad, que llevaba cuarenta minutos sin avanzar porque tenía la cabeza en otro lado aunque no quisiera admitir en cuál otro lado exactamente.
No, escribí. En la biblioteca.
Ah. Una pausa. Okay.
Tres puntos. Los tres puntos que aparecen cuando alguien está escribiendo algo más.
Desaparecieron.
No llegó nada más.
Me quedé mirando la pantalla durante diez segundos.
Luego escribí: Podría ser en Brindisi.
La respuesta llegó en cuatro segundos.
A las diez y media.
A las diez y media, confirmé.
Cerré el libro.
Llegué a las diez y veinticinco.
Seba ya estaba en la mesa del fondo con el café pedido y los apuntes cerrados y esa expresión suya de quien llegó con tiempo de sobra y no quiere que se note. Me vio entrar y algo en su expresión hizo el movimiento pequeño de siempre.
Me senté.
Pedí lo de siempre.
— Hola — dije.
— Hola. — Pausa — ¿Cómo va el estudio?
— Mal. — Lo dije sin drama — Llevo una hora leyendo la misma página.
— ¿Qué página?
— La cuarenta y tres.
— ¿De qué libro?
Se lo mostré. Lo reconoció de inmediato, con esa expresión de quien lo leyó sin entusiasmo y lo recuerda con precisión.
— El capítulo cinco es mejor — dijo.
— ¿Mejor como interesante o mejor como menos horrible?
— Menos horrible.
— Eso me ayuda — dije, con la ironía que la situación merecía.
El café llegó. Lo tomé. Afuera llovía otra vez, lo cual en Aldavera parecía ser el estado natural de los martes.
— Oye — dije, sin levantar la vista del libro.
— ¿Qué?
— Vi que el lunes estabas con alguien.
Lo dije con el mismo tono que habría usado para decir vi que el lunes llovió. Neutral. Sin inflexión. Como una observación sobre el clima.
— Isabella — dijo — Del grupo de Contratos.
— Ah. — Pasé una página — ¿Hace mucho que la conoces?
— Desde el semestre pasado.
— ¿Es amiga?
— Sí.
— ¿Buena amiga?
Me detuve.
Levanté la vista.
Él me miraba con esa expresión suya que en diecisiete años había aprendido a leer como: esto no va a terminar bien para ninguno de los dos pero voy a decirlo igual.
— Valentina — dijo.
— ¿Qué? — Expresión neutral. Ojos completamente tranquilos.
— ¿Me estás preguntando si Isabella es buena amiga?
— Estoy haciendo conversación.
— Llevas cuatro preguntas sobre Isabella.
— Estoy siendo sociable.
— Vale.
— Seba.
Nos miramos.
Cuatro segundos.
Ninguno de los dos apartó la vista.
Fue la primera vez en semanas que ninguno de los dos contó.
— Es amiga — dijo finalmente — Solo amiga. No es complicado.
Algo en mi expresión se movió. Tan pequeño que en otro momento no lo habría visto. Pero me conocía.
— No dije que fuera complicado — dije.
— No. Pero lo estabas pensando.
Una pausa.
— Tú también pensaste cosas sobre Mateo — dije, en voz baja, sin acusación.
— Sí — admitió — Las pensé.
Silencio.
El tipo que no es vacío sino todo lo contrario. El que está lleno de cosas que los dos sabemos y que ninguno está nombrando todavía porque nombrarlas en una cafetería a las diez y media de la mañana con los apuntes abiertos no parece el momento correcto, aunque tampoco hayamos encontrado cuál es el momento correcto en trescientos cincuenta días.