Jael abrió los ojos de forma automática, todo a su alrededor era blanco, sentía que hace mucho que existía, pero no era así, apenas acababa de iniciar todo para ella. Dio unos pasos y comenzó a andar sin saber a dónde se dirigía.
Miró a su alrededor, en algún momento pasó a estar rodeada por una tela blanca que se agitaba con fuerza, no dudó en tocarla, era casi como una orden que no escuchaba. Al instante se convirtió en un polvillo blanco y brillante. Jael no se movió, al menos no en apariencia, algo dentro de ella se maravillaba ante el asombroso espectáculo.
Un sonido como un eco interrumpió su pequeña e invisible emoción.
—Bienvenida seas —dijo aquella voz, su portador era un ser con túnica blanca, cabello del mismo color inmaculado y muy luminoso, su piel era como escarcha y sus ojos blancos resplandecían con gran brillo.
Aquel ser misterioso llevó a Jael hasta un enorme espejo en donde le mostró su reflejo, pudo verse por primera vez, cabello rubio, liso y largo hasta la cintura, usaba un vestido blanco muy hermoso con un cinturón de oro, sus ojos eran azules y tenías las mejillas y labios levemente rosados.
Le hubiera gustado contemplarse más tiempo, era la primera vez que se miraba a sí misma, no podía comprender cómo era posible que existiera. Sin embargo el ente a su lado la hacía sentir inquieta, experimentaba la sensación de que si se atrevía a hacer algo, moverse, o incluso hablar, por más mínimo que fuera, sería castigada o al menos seriamente cuestionada. Se mantuvo en silencio mientras que ese ser sin nombre tocaba el espejo para que de pronto este se abriera como una cortina, avanzaron para continuar el camino a donde fuera que se dirigieran.
El cosmos se apreciaba desde donde se encontraban, la cantidad de colores y estrellas eran más que un espectáculo, pero ella continuaba con el pensamiento de que incluso admirar lo que tenía enfrente estaba prohibido, así que se mantuvo quieta, sin hablar ni mirar a ningún lado. Ambos esperaban algo, ella no sabía que era, pero no se atrevía a protestar.
Un ruido escandaloso proveniente de una trompeta pareció retumbar todo el lugar, el escenario comenzó a cambiar, unas luces surgían de un lugar más abajo, ascendían sin parar y para el momento de estar juntas en lo alto todo el ambiente estaba iluminado.
Jael exploró con disimulo si había algo más, pero hasta donde alcanzaba la vista no podía distinguir que había al final de aquel lugar, parecía estar borroso, pero algo le decía que por alguna razón no estaba viendo con claridad. Resistió el impulso de ir hasta allá e investigar qué más había, el pavor a ser censurada la mantenía allí de pie.
—Esto es Hogar, perteneces aquí, no hay otro lugar más que este. Eres un ángel. Perteneces aquí. Sígueme, Jael.
El ser misterioso había hablado, ¿cuánto tiempo transcurrió? ¿Se perdió de algo? Jael lo había escuchado, pero una parte de ella, una minúscula parte se cuestionaba si aquello que acababa de escuchar y observar fueran la única verdad. ¿No existía nada más?
Jael y la criatura descendían por escalones como nube hasta la cumbre de una gran torre cilíndrica que parecía estar en el medio de todo Hogar. Ella se perdió en pensamientos, no prestaba atención a lo que veía, era como si todo fuera por momentos invisible para sus ojos, las preguntas que seguían surgiendo no la dejaban apreciar nada. No fue hasta un instante después que se dio cuenta de donde estaba, el panorama había cambiado de nuevo.
Ahora miraba una gran escalera de cristal con forma de espiral, ascendía hasta lo más alto del interior de la torre en donde ahora se encontraba, a simple vista no podía ver su fin exacto. Cantidad de seres con túnica blanca y cabello rubio habían hecho su entrada y ascendían la escalera. Luego les seguía un grupo de seres con vestido y cabello rubio igual, largo hasta el final de la espalda con algunos mechones que formaban una trenza, tenían un cinturón de oro como el de ella. Caminaban de la misma forma, al mismo ritmo, si los conociera a todos le sería imposible saber quién sería quién porque hacían lo mismo, a simple vista nada podía diferenciarlos, para ella fue entendible que todos eran ángeles, y se dividían en solo dos grupos, los de túnica y las de vestido.
Jael fue conducida al lado de un ángel con túnica, su mirada no parecía expresar nada. No se movía en lo más mínimo, lo que le hizo suponer que ella debía de actuar del mismo modo o tendría problemas.
Una especie de ceremonia dio inicio y ella decidió mantenerse serena mientras que terminaba lo que fuera aquello.
—En Hogar vivimos, en Hogar permanecemos, no hay otro lugar que no sea Hogar, aquí estaremos esperando el gran día en que podamos estar reunidos con Azmon como lo fue en el principio… —decía la voz fuerte, amable pero firme a la vez.
Jael estaba inquieta, aunque su cuerpo no lo demostraba y se notaba tan calmada como todos los demás, sus pensamientos estaban intranquilos, por alguna razón no le agradaba estar allí, era muy alto, amplio y sumamente hermoso, pero se sentía atrapada.
En algún momento comenzó el ascenso de ella por las escaleras de espiral, nadie se lo dijo, pero sintió un desconocido impulso a hacerlo. Paso a paso iba subiendo los escalones, la barandilla de la escalera tenía rosas de cristal de diferentes tamaños, eran hermosas, pero sospechaba que no podía detenerse a mirarlas como quería. Con excesiva calma subió hasta el lugar donde debería de estar, como si tuviera todo el tiempo disponible para ella y no estuviera forzada a apresurarse ni un instante, se veía fácil, pero movilizarse a ese bajo ritmo no lo fue para ella.