(4) El ángel Rebelde [en proceso]

Capítulo 3: la llamada del silencio.

Jael se encontraba de pie en la orilla del Lago Negro, no intentó en ir más allá, solo se quedó allí observando. Era tan ancho que no parecía haber forma de rodearlo. Se agachó y miró el agua, estaba tan pacífica que parecía falso el hecho de que existiera algo tan perfecto. No podía negarse que daba una sensación pavorosa y horrenda el observarla con detenimiento, al no ver que había en su interior la imaginación daba pie a un sinnúmero de posibilidades.

«¿Por qué es tan oscura?»

La belleza de Hogar era su sello más distinguible además claro de lo rutinario, Jael no comprendía cómo algo tan siniestro, perfecto, pero siniestro al fin, se encontrara allí. ¿Por qué debían arrojar las rosas? ¿A dónde iban a parar?

Jael se levantó, no quitaba la vista del agua inamovible. Alzó un pie como para rozar la superficie, para su sorpresa esta era sólida.

«¿Cómo es esto posible? ¿Y las flores?»

Repasó en su cabeza las imágenes de estas hundiéndose en aquel agua oscura, al mero contacto desaparecen, ¿por qué no lo haría también su pie?

No dudó en colocar el otro, era un hecho que aquel lago soportaba ángeles, más no rosas, ¿por qué?

Se quedó de pie un instante, avanzó dudosa como temiendo hundirse de un momento a otro, pero acabó por comprender que por más pasos que diera el resultado sería el mismo. Debía continuar, necesitaba saber qué había al otro lado del lago.

El camino era lejos, parecía tampoco tener fin, sus piernas se conducían cada vez con mayor velocidad, su único pensamiento era qué encontraría al otro lado y que haría al llegar. El miedo a ser descubierta se había disipado en gran medida puesto que estando lo bastante lejos de donde debía de encontrarse y nada malo le había ocurrido.

La superficie allí se mostraba grisácea, sombría, el terreno no era igual de hermoso como al otro lado, era pedregoso. Una neblina baja acompañaba el paisaje mientras ella se conducía sobre las rocas y piedras pequeñas que conformaban al parecer toda aquella área.

Al final de aquel terreno se levantaba un muro de gran tamaño, era tan alto que incluso a la distancia se mostraba imponente. No se encontraba deseando llegar hasta allá, la vista no la invitaba a conocer la enorme edificación, pero ¿qué había detrás? Debía de haber alguna manera de rodearlo. Motivada por estas nuevas reflexiones Jael aceleró su paso.

Caminaba muy pegada al enorme muro que parecía no tener fin, su mano deslizaba por toda la superficie, si pudiera sentir dolor físico no le habría agradado aquella sensación y su mano hubiera sufrido numerosas heridas de gravedad.

Cuando llegó al final del muro se encontró de frente a unas estructuras de gran tamaño, lisas, blancas, de ellas brotaban perfectas ramas del mismo color. Se acercó lo más que pudo y se detuvo para mirar hacia arriba, eran árboles, en lugar de hojas había otra cosa, no podía distinguir que eran, estaban muy alto, eran pequeñas y circulares, parecían contraerse y expandirse.

El pánico se apoderó de Jael, había llegado al Límite de Hogar, y aquello que dormitaba en lo alto eran las Luces. ¿Su presencia las despertaría? Repasó los últimos movimientos, ¿había hecho ruido? ¿Sus pasos fueron muy fuertes? Su presencia parecía haber pasado desapercibida y por su propio bien debía mantenerse así, en silencio.

Silencio, en aquel lugar se percibía diferente al que había escuchado, allí era como si el sigilo la estuviera llamando y le dijera que siguiera adelante.

“En Hogar vivimos, en Hogar permanecemos, no hay otro lugar que no sea Hogar, aquí estaremos esperando” había dicho aquella criatura.

«¿Soy la única que experimenta esto? ¿No hay nadie más como yo? ¿Nadie siente que hay algo más allá? ¿Por qué me siento desesperada?»

No había respuestas para ninguna de sus interrogantes, alzó la mirada, las Luces dormían en las ramas de aquellos árboles, los observaba con detenimiento ¿Estaban protegiendo algo? ¿Sería peligroso? ¿Qué había detrás de ellos? ¿Encontraría respuestas del otro lado? Necesitaba averiguarlo, no creía ser capaz de soportar regresar a su lugar, algo la llamaba, casi podía escuchar su nombre en el silencio.

No supo cuánto tiempo pasó, no era consciente de cómo transcurría, pero llegó un momento en que no pudo aguantar más y dio un paso temeroso hacía el bosque. Otro paso, uno más y otro, con extremo cuidado, el silencio le decía que debía de tener calma y no despertar a las Luces, nadie debía saber que ella estaba allí o sería ¿castigada? Muy probable, le habían advertido de los Rebeldes Alados, criaturas encargadas de llevar al Lago Rojo a cualquiera que se rebelara, que fuera contra las reglas, en otras palabras, llevársela a ella.

Continuaba el camino con una sensación extraña en su garganta, como un nudo que le impedía expresar el más mínimo sonido de asombro o miedo. Sus pies pisaban con delicadeza el suelo.

El panorama había cambiado, a su alrededor se encontraban ahora cantidad de árboles de mucho menor tamaño que los blancos, no había demasiada distancia entre sus ramas más bajas y su cabeza. El terreno se mostraba dificultoso, era difícil no tropezar, pero las Luces habían quedado atrás hace mucho y estaba segura de que hacer ruido no era un problema a esas altura del camino. Las ramas torcidas sostenían gran abundancia de hojas verdes, los árboles eran tan frondosos que apenas la luz de las estrellas alcanzaba a iluminar algo, lo suficiente como para no chocar con los troncos gruesos.




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