(4) El ángel Rebelde [en proceso]

Capítulo 4: la Gruta.

Lo primero que vio fue agua, todo el suelo frente a ella estaba lleno de agua, no lo pensó, enseguida avanzó y al igual que el Lago Negro esa superficie se mantuvo solida. Alzó la mirada y lo único que había arriba de ella eran estalactitas de variados tamaños que adornaban todo el techo de aquel lugar, las paredes parecían ser de arena que no perdía su forma y brillaba más de lo que naturalmente debería gracias a la luz dorada que no parecía tener un origen claro.

Jael avanzó, no había más nada allí, pero parecía ser infinitamente grande por dentro en comparación como se mostraba por fuera. Dió pasos sin temor, y aunque aquel lugar le transmitía tranquilidad, no por eso dejaba de estar menos impaciente.

Anduvo hasta que llegó donde comenzaba una oscuridad, se detuvo, observó, pero no había nada, alzó su mano derecha como para comprobar que aquello no le haría daño. Su manos desapareció delante de sus ojos, y lejos de asustarse se quedó mirando hasta retraer el brazo y comprobar que su mano seguía allí. Sonrió, no había peligro, así que se adentró por completo en aquella inofensiva penumbra.

No había luz, nada que le indicara que iba en la dirección correcta o que iba siquiera en cualquier dirección, dentro de esa sombra todo se mostraba igual, pero seguía avanzando, no parecía haber obstáculo dentro de aquello.

Fue tan rápido que Jael no podía creer lo que veían sus ojos, gritos de júbilo llegaron hasta ella en el preciso instante en que sin previo aviso las tinieblas quedaron a sus espaldas.

—¡Ha llegado alguien más! ¡Uno nuevo! ¡Alguien se ha rebelado! —decían numerosas voces— ¡Atención, atención ha llegado un Rebelde! ¡No puedo creerlo! —exclamaban.

Jael atónita, había dejado de moverse.

—¡Que gusto nos da que estés aquí! —dijo alguien que le tomó la mano.

—¡Es impresionante! —agregó uno más.

—¡No lo creo y la estoy viendo! —gritó otro que le puso ambas manos sobre sus hombros— ¡Mírenla, es real!

—Pero claro que es real, ¿cuándo ha venido alguien que no lo sea? Apártate, cuidado —decía una voz autoritaria que se acercaba—. Tengan calma, ¿cuándo entenderán que es importante dar la bienvenida con calma?

—¡Vamos, Doya! ¡No nos arruines la felicidad! —protestó una voz cercana— ¿cuándo ha pasado esto así de seguido?

—¡Nunca!, ¡Jamás! —dijeron varias voces casi a coro.

Doya se acercó a Jael que se encontraba aún petrificada, parecía estar congelada puesto que no se movía.

—Déjenla un momento, ella necesita procesar todo lo que acaba de ver.

Jael escuchaba, pero no podía asimilarlo, miró a quien tenía enfrente, él era un Ángel con túnica como todos los demás, y al mismo tiempo no lo era, sus ojos azules mostraban algo que Jael nunca había visto, estos la miraban a ella, por primera vez sentía que alguien la veía y eso la hizo despertar de nuevo.

Jael era muy hermosa, sus ropas estaban impecables, el ser frente a ella tenía su túnica un poco diferente, se asemejaba a unas que había notado antes, pero no estaba segura. El color de esta sí era un detalle importante, se veía mugrienta, aunque no en exceso, desgastada, todo él se mostraba andrajoso, sus pies llenos de tierra, el cabello no era tan rubio y su piel tenía imperfecciones. A pesar de todo eso lo más impactante eran sus ojos, el azul frente a ella le decía que era un ser con conocimiento y sabiduría.

—Bienvenida seas —dijo aquel Ángel de nombre Doya y Jael recordó enseguida las palabras del ser misterioso que la había llevado a Hogar ese día y retrocedió, ¿había llegado a otro lugar opresivo?

—¿Qué ocurre? No tengas miedo, estás a salvo —dijo él.

—¿Dónde estoy? —preguntó aún consternada.

Todos a su alrededor a excepción del que se mostraba como el líder la observaban con gran alegría y aquellas circunstancias le daba un poco de pavor, parecían Ángeles, pero eran muy diferentes a los que habitaban en Hogar, todos deslucidos, con sus cabellos despeinados y rostros manchados, ¿qué eran aquellos seres que tenían voz?

—No tienes nada que temer aquí, estás a salvo —se apresuró Doya al notar que el rostro de Jael no disminuía la impresión—. Soy Doya, todos acá somos Rebeldes Cautivos y habitamos esta caverna.

Jael solo miraba.

—Comprendo que esto no explica mucho, repito, estás a salvo aquí —insistió—. Ven, sígueme, te explicaré todo lo que quieras saber.

Jael aceptó la invitación no menos confundida y comenzó a caminar detrás de Doya tratando de hacer caso omiso a los rostros que la miraban con regocijo y entusiasmo, incluso unos cuantos con euforia.

Entre la multitud no podía distinguir bien donde se encontraba, pero de vez en cuando veía troncos que formaban extrañas estructuras que nunca había presenciado.

Llegaron a una que se veía más imponente que las demás y Doya se adentró en ella para luego detenerse y decirle que debía hacer lo mismo.

Al entrar sus ojos se abrieron un poco más, troncos y ramas de árboles formaban coas nunca antes vistas para ella. Doya se agachó sobre una y se quedó allí como si nada y la invitó a que lo imitara.

—Toma asiento —pidió con amabilidad mientras acomodaba sus brazos frente a él y sobre otra estructura plana y de mayor tamaño— ¿Cuál es tu nombre?




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