El camino de regreso a la Torre estuvo libre de dificultades externas, Jal lo recorrió sin apresurarse, confiaba en lo que Doya le había dicho, no había peligro cuando las Luces dormían. Mientras tanto en su cabeza repasaba una y otra vez todo el conocimiento que había adquirido, encontraba fascinante el hecho de que existía un mundo diferente a donde se suponía que debía pertenecer, en la tierra tendría libertad, ansiaba llegar, no quería esperar.
Comenzó a cruzar el Lago Negro recordando las palabras en las que le explicaban que necesitaba una preparación previa para saltar, eso la hacía sentir emocionada, pero a la vez ansiosa.
«Doya dijo que debo tener paciencia, existe una posibilidad de fallar. No puedo permitir eso o estaré condenada a permanecer en el Bosque y eso sería mi fin —decía para sus adentros—. Paciencia, debo tener paciencia».
Doya tenía razón, ella carecía de eso, continuaba cruzando el lago cuando sus piernas le pidieron ir más rápido y comenzó a correr sobre el agua negra y sólida. Se precipitó cuanto pudo, no se fatigaba, no necesitaba parar, podía seguir y seguir sin problemas. Como ya suponía no le fue posible continuar, como consecuencia de su velocidad la Torre se encontraba frente a ella antes de lo que quisiera.
«De nuevo he llegado a esta prisión, no puedo soportarlo, pero debo hacer un esfuerzo —dijo para sí misma mientras que se detenía a mirar la entrada de la enorme Torre—. Doya me pidió que regresara, no puedo continuar explorando, es momento de volver aunque sea lo último que deseo».
Subió las escaleras y entró en su lugar para proceder a sentarse en el suelo blanco, no le apetecía estar de pie.
Nada ocurría y ella se distraía jugando con la falda de su largo y hermoso vestido blanco sin olvidarse de levantar la mirada a cada instante para revisar si las Luces despertaban. Pero no había señales de nada allá afuera, solo la oscuridad, las estrellas y el silencio que la había llamado con intensidad para guiarla a la Gruta.
En algún momento las ansias la vencieron y se asomó por la ventana.
«¿Qué es eso?» se preguntó. «No estaba antes allí»
A pesar de la oscuridad vislumbró algó a la distancia, en ese momento sonó la trompeta, las Luces despertaron y la claridad la ayudó a descubrir que aquello que miraba eran las montañas de plata que Doya le había mencionado, eran reales, estaban allí, sonrió.
Debía salir a hacer exactamente lo mismo que el día anterior, aunque nadie se lo hubiera dicho, ella sabía que sería así, pasaría todo el día recolectando flores para luego llevarlas al lago. Se negó, pero no por mucho, por los momentos no tenía otra opción.
Dio unos golpes casi de manera involuntaria al suelo con sus pies al momento de despegarse de la ventana, sus primeros pasos fueron fuertes, con furia, pero al salir de su lugar y comenzar el lento descenso de las escaleras de espiral comenzó a actuar igual que las demás.
Jael se conducía con una sonrisa invisible en su rostro, si las montañas estaban allí quería decir que todo lo que Doya decía era cierto, y también que todo Hogar estaba rodeado por las mismas montañas, podía verlas ahora, significaba que continuaba despertando, ¿cuantas cosas más sería capaz de ver y conocer? La emoción la embargaba y le resultó tremendamente complicado continuar el camino en descenso sin mostrar emoción alguna.
Hogar tenía un final y estaba dispuesta a sobrepasarlo para alcanzar su libertad, pero no podía imaginar que su partida sería postergada.