Sección 1: El estudio del silencio
El sonido de las zapatillas rechinando contra la duela de madera salía de los altavoces del televisor a todo volumen. Sentada al borde del sofá, Génesis tenía los ojos fijos en la pantalla, analizando cada bloqueo, cada pase y el arco de cada tiro. Estaba tan inmersa en el partido que apenas notaba los pequeños tirones en la manga de su camiseta.
—Génesis... Génesis, ya ponme las fábulas. ¡Dijiste que ya casi terminaba! —se quejó Lucía, su hermana menor de seis años, haciendo un puchero mientras le jalaba la ropa con insistencia.
—Dame un segundo, Lu, es el último cuarto. Mira cómo están defendiendo la zona —murmuró Génesis sin parpadear, totalmente hipnotizada por la estrategia del equipo visitante.
—¡Pero yo no quiero ver a esos señores corriendo! ¡Quiero mis fábulas! —insistió la niña, alzando la voz y cruzándose de brazos con frustración.
Antes de que Génesis pudiera intentar negociar, la voz firme de su madre resonó desde la cocina, acompañada del tintineo de unos platos.
—¡Lucía, deja tranquila a tu hermana! —regañó su madre asomándose por el marco de la puerta, secándose las manos con un trapo—. Ya sabes que necesita ver esos partidos. Su rendimiento en el equipo no ha estado muy bien últimamente y el entrenador le exige más. Déjala que estudie las jugadas.
Al escuchar el regaño, el labio inferior de Lucía empezó a temblar. Sus ojos se llenaron de lágrimas casi de inmediato y, rindiéndose ante la frustración de sus seis años, soltó un llanto agudo y ruidoso que inundó la sala.
Génesis suspiró, sintiendo un pinchazo de culpa. Sabía que su madre tenía razón sobre su rendimiento. A diferencia de las estrellas natas de su equipo, Génesis no tenía un talento innato. No era la más rápida ni la más ágil por naturaleza. Su lugar en el equipo titular se lo ganaba a base de pura terquedad, repetición y estudio obsesivo. Por eso amaba el baloncesto. A diferencia del fútbol o el béisbol, donde dependías irremediablemente de interactuar con otros para poder entrenar, el baloncesto solo requería un balón, un aro y a ella misma. Podía fallar mil veces en silencio sin que nadie la juzgara.
Al ver las lágrimas de su hermana, Génesis apartó la vista del televisor por un momento. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón deportivo, sacó su celular y desbloqueó la pantalla.
—Ya, Lu, no llores —le dijo con voz suave, entregándole el aparato—. Toma. Pon tus videos aquí mientras se acaba el partido, ¿sí? Pero bajito.
La niña dejó de llorar como por arte de magia, tomó el celular con una sonrisa triunfal y se acurrucó en el otro extremo del sofá, dejando a Génesis recuperar su burbuja de concentración.
Diez minutos después, el pitazo final del partido resonó en la televisión. Génesis se levantó de un salto, corrió a su mochila y sacó su pequeña libreta de notas y un bolígrafo. Se sentó en la mesa del comedor y empezó a escribir frenéticamente, trazando flechas, posiciones defensivas y anotando tiempos de reacción que habían quedado grabados en su mente.
Su madre se acercó a la mesa, sirviéndose un vaso de agua, y la observó con curiosidad.
—Nunca he entendido eso —comentó su madre, apoyándose en el respaldo de una silla—. ¿Por qué no apuntas las cosas durante el juego? Te ahorrarías el apuro de tener que recordarlo todo al final.
Génesis dejó de escribir por un segundo. Levantó la vista y le dedicó a su madre una sonrisa genuina, una de esas que rara vez mostraba fuera de casa.
—Porque habría perdido la concentración de lo que estaba viendo —respondió con total naturalidad, dando un pequeño golpecito a su cabeza con el bolígrafo—. Si bajo la mirada para escribir, me pierdo el lenguaje corporal del jugador antes de lanzar. Me ayuda mucho más mi memoria, mamá. Lo retengo todo y luego lo descargo aquí.
Su madre le devolvió la sonrisa, negando con la cabeza con cariño ante lo metódica que era su hija.
Génesis cerró la libreta con decisión. Caminó de vuelta a la sala, tomó el control remoto y cambió el canal deportivo por el de las fábulas para Lucía. Recuperó su celular, le dio unas palmaditas en la cabeza a su hermana y fue a su cuarto. Se puso sus tenis, se recogió el cabello en su habitual coleta firme y tomó su balón de 510 gramos de la canasta del pasillo. Era miércoles por la tarde, la hora exacta de poner en práctica todo lo que acababa de procesar en su cabeza.
Abrió la puerta de la casa y se dirigió hacia la cancha abierta, lista para su rutina.
Sección 2: Distancia de seguridad
El trayecto desde su casa hasta la cancha era un mapa de contrastes para Génesis. Al salir por el portón, su actitud era ligera y relajada. Saludó con una sonrisa amplia y una voz cantarina a un par de vecinas que conversaban en la acera contigua.
—¡Buenas tardes, doña Marta! ¡Adiós, doña Carmen! —les dijo con genuina alegría, despidiéndose con un gesto de la mano libre.
Sin embargo, a medida que avanzaba por la calle y se cruzaba con grupos de chicos del vecindario o estudiantes de su instituto, su postura se iba encogiendo de forma casi imperceptible. Caminaba abrazando su balón de 510 gramos contra el estómago, sin rebotarlo ni una sola vez contra el pavimento. La presencia masculina la hacía sentirse pequeña, abrumada por un mar de variables que no sabía cómo calcular. No era apatía, ni mucho menos desinterés; en el fondo, le encantaría poder lanzarles un "hola" casual como hacían las demás chicas. El problema radicaba en su propia barrera: simplemente no sabía cómo hacerlo sin sentir que estaba caminando sobre un campo minado de interacciones sociales.
Al pisar por fin el cemento despintado de su cancha abierta, la tensión en sus hombros desapareció. Dejó escapar un suspiro profundo y largo, sintiendo cómo el aire le limpiaba los pulmones y le devolvía la tranquilidad. Estaba en su elemento.
Dejó el balón a un lado y comenzó su rutina de calentamiento. Abrió el compás de sus piernas y se inclinó hacia adelante. Sus largos brazos y su flexibilidad atlética le permitieron alcanzar el suelo con las palmas de las manos planas contra el cemento, estirando cada músculo de sus piernas y espalda. Con la cabeza gacha y la mirada clavada en el asfalto, su rango de visión se redujo a sus propias zapatillas.