510 gramos de afonía

Capítulo 3: Algo ha cambiado

Sección 1: Entre chicas

El viento fresco de finales de noviembre anunciaba que las vacaciones por fin habían llegado, trayendo consigo el inconfundible aroma a las festividades navideñas que ya se asomaban en las vitrinas de la ciudad.

Génesis cerró la puerta de su casa con cuidado. Por primera vez en meses, sus manos no sostenían los 510 gramos de cuero texturizado, y su cabello no estaba atado en esa coleta estricta y funcional. Llevaba el cabello suelto, cayendo en ondas naturales sobre sus hombros. Vestía unos jeans oscuros ajustados, botines negros y una blusa color vino de corte elegante que resaltaba su figura atlética, acompañada de un abrigo ligero. Se sentía extraña, casi expuesta sin su armadura deportiva, pero había prometido hacer un esfuerzo.

Caminó hasta la esquina acordada, donde tres siluetas conocidas ya la estaban esperando bajo la luz de un farol.

—¡No puede ser! —chilló Ashley, llevándose las manos a las mejillas con exageración en cuanto la vio acercarse—. ¿Quién eres y qué le hiciste a nuestra jugadora estrella?

—¡Mírate nada más, Génesis! —secundó Diana, acercándose para tomarla de los hombros y darle una vuelta rápida para examinarla—. Estás preciosa. Ya era hora de que dejaras respirar esos uniformes del equipo.

Génesis sintió que el calor le subía un poco a las mejillas, pero sonrió con comodidad. Con ellas no había tartamudeos ni bloqueos. Eran su círculo seguro.

—Exageran —dijo Génesis con voz clara y fluida, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. Solo es ropa normal. Además, me prometieron que íbamos al cine a celebrar el fin de clases, no quería desentonar.

—Y vamos a ir al cine, claro que sí —intervino Sharon, entrelazando su brazo con el de Génesis mientras empezaban a caminar hacia el centro comercial—. Pero la noche es joven, amiga. Hoy celebramos la libertad, las luces de Navidad... y que por fin tenemos tiempo para ir a conocer chicos sin pensar en exámenes.

El paso de Génesis se detuvo en seco, casi haciendo tropezar a Sharon. La sonrisa fluida se le borró del rostro en una fracción de segundo.

—¿Co... conocer chicos? —repitió, y el odiado tartamudeo asomó de inmediato—. P-pensé que solo... solo éramos nosotras. Una salida de chicas.

Ashley se giró, apoyando las manos en su cintura, con una sonrisa pícara.

—Ay, Gén. La película es solo la primera parte del plan. Después vamos a ir a la zona de las cafeterías. Los chicos del equipo de fútbol siempre van ahí los viernes. Es la oportunidad perfecta.

Génesis retrocedió un paso instintivo. Sus manos buscaron los bolsillos de su abrigo para esconderse. De pronto, la blusa color vino ya no se sentía elegante, sino como un letrero de neón que atraería miradas que ella no sabía cómo manejar.

—No... no, yo paso —negó con la cabeza, empezando a hiperventilar un poco—. Ustedes vayan. Yo... yo me regreso después del cine. No... no sé hacer eso.

—¡Ni se te ocurra! —la frenó Diana, poniéndose seria—. Génesis, escúchanos bien. Has estado metida en escuelas y colegios de mujeres toda tu vida. Pero el próximo año eso se acaba.

—Exacto —continuó Sharon, suavizando el tono pero manteniéndose firme—. Vas a entrar a la universidad. Vas a tener chicos sentados a tu lado, pidiéndote apuntes, haciéndote grupo para los trabajos... ¡y no vas a tener un balón de baloncesto para esconderte detrás de él!

—No... no me escondo —se defendió Génesis, bajando la mirada hacia sus botines.

—Gén, te paralizas —le recordó Ashley con cariño, acercándose para tomarle las manos—. Te pones roja, no hablas y sales huyendo. No queremos que la pases mal el otro año. Tienes que aprender a dialogar con ellos. Solo son chicos, no muerden. Hoy es la práctica perfecta. Hablas cinco minutos con cualquiera y listo, nosotras te rescatamos si te bloqueas.

Génesis se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi le dolió. La lógica de sus amigas era aplastante. Tenían toda la razón del mundo. El próximo año sería un campo de batalla social y ella no tenía ni una sola estrategia de defensa. Trató de formular una excusa, pero en su mente apareció fugazmente la imagen de un chico con lentes leyendo un libro de bolsillo, y de cómo le había costado tanto articular una simple oración frente a él.

Apretó los ojos, soltó un suspiro derrotado y asintió muy lentamente.

—Bien —susurró, con el estómago encogido—. Pero... pero si me... si me siento muy mal, me voy a casa.

—¡Esa es nuestra chica! —celebró Ashley, aplaudiendo—. Ahora andando, que la película está por empezar y tenemos una larga noche por delante.

Sección 2: Fuera de la zona de confort

El ambiente en el cine había sido exactamente lo que Génesis necesitaba. Rodeada de la oscuridad de la sala y sumergida en la trama de la película, se había reído a carcajadas junto a sus amigas, olvidando por un par de horas el peso de sus inseguridades. Al salir, la energía del grupo las llevó directamente a un Mac Ronald's cercano.

Se sentaron en una de las mesas del rincón, compartiendo papas fritas y conversando animadamente sobre lo que había sido el último año escolar. Sin embargo, entre las risas se coló un tono de nostalgia. Todas estaban un poco tristes al asimilar que la burbuja de su colegio de mujeres había llegado a su fin y que, el próximo año, ya no compartirían la misma clase todos los días.

—Las voy a extrañar muchísimo en los recesos —susurró Génesis, jugando con el sorbete de su refresco, sintiéndose inusualmente comunicativa en su espacio seguro—. De verdad quiero que pasemos más tiempo juntas en estas vacaciones. Podemos hacer lo que quieran... pero con una condición.

—A ver, dila —respondió Sharon, dándole un mordisco a su hamburguesa.

—Que no hayan chicos —pidió Génesis, alzando la mirada con una expresión casi suplicante—. Por favor. Solo nosotras cuatro.

Ashley estuvo a punto de soltar un bufido para rebatirle, pero no tuvo tiempo. Una sombra se proyectó sobre la mesa. Un chico alto, con una chaqueta de cuero y una sonrisa que destilaba un exceso de confianza que rozaba en la pedantería, se había acercado sin invitación. Se apoyó casualmente en el respaldo de una silla vacía y las repasó a las cuatro con la mirada.




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