Sección 1: Un hogar a medida
La luz del sábado por la mañana entraba a raudales por la ventana de la cocina, iluminando el vapor que subía de las tazas de café recién hecho. Génesis estaba frente a la estufa, dándole la vuelta a un par de panqueques con una espátula, moviéndose con la misma precisión que usaba en la cancha.
A sus espaldas, el sonido de pasos ligeros y una risa infantil inundaron la habitación.
—¡Ataque de cosquillas a la cocinera! —anunció una voz cantarina y llena de energía.
Génesis apenas tuvo tiempo de apagar el fuego antes de sentir unas manos aferrándose a su cintura y a Lucía riendo a carcajadas. Se giró con una sonrisa amplia y atrapó a su hermanita, pero su mirada se dirigió inmediatamente a la mujer que acababa de entrar a la cocina.
Miranda, su madre, se apoyó en el marco de la puerta con una taza en la mano. A sus cuarenta y cinco años, Miranda era un misterio biológico para cualquiera que no la conociera. Tenía la piel radiante, una figura atlética y una energía arrolladora que fácilmente le restaba veinte años de encima. Cualquiera que la viera en la calle juraría que era una estudiante universitaria o, a lo mucho, la hermana mayor de Génesis.
Génesis la observó en silencio por un segundo. Sabía, con absoluta claridad, que no compartían ni una sola gota de sangre. Sus rasgos físicos eran el agua y el aceite: mientras Génesis tenía un semblante más duro, cejas pobladas y una complexión forjada a base de puro deporte, Miranda era todo delicadeza, con facciones suaves y una elegancia natural.
Pero esa falta de parecido jamás le había importado. Al contrario. Cada vez que Génesis miraba a Miranda, su pecho se llenaba de un agradecimiento profundo y silencioso. Sabía perfectamente que Miranda la había adoptado cuando era muy pequeña, y años después había hecho lo mismo con Lucía.
El motivo de su madre siempre fue transparente en casa: su atracción romántica era hacia las mujeres. Miranda siempre soñó con ser madre, pero se negó rotundamente a que la sociedad le impusiera la necesidad de tener a un hombre a su lado para lograrlo. Así que construyó su propia familia bajo sus propias reglas. Creó un santuario de amor, enviando a Génesis a las mejores escuelas y colegios exclusivos para señoritas, blindándola del mundo exterior y dándole un techo, salud y una devoción incondicional.
—Huele delicioso, mi amor —dijo Miranda, acercándose para darle un beso sonoro en la mejilla a Génesis, sacándola de sus pensamientos—. ¿Cómo amaneciste? Ayer llegaste muy callada después de salir con las chicas.
Génesis sirvió los panqueques en tres platos y los llevó a la pequeña mesa del desayunador.
—Amanecí bien, mamá, gracias —respondió Génesis, sentándose frente a ella, mientras le pasaba el jarabe a Lucía—. La película estuvo buena. Solo... terminé un poco cansada. Había mucha gente en el centro.
Miranda la miró por encima del borde de su taza de café. Sus ojos, siempre observadores, captaron la tensión en los hombros de su hija.
—Génesis, te conozco desde que dabas tus primeros pasos —murmuró Miranda con un tono suave y comprensivo—. Sé que el cambio al colegio mixto te tiene los nervios de punta. Y salir ayer te lo recordó, ¿verdad?
Génesis bajó la mirada hacia su plato y jugó con el tenedor. Estaba rodeada de amor en esa cocina, pero de pronto, la ironía de su situación la golpeó con fuerza. El inmenso amor con el que Miranda había construido ese "mundo de cristal" libre de hombres era exactamente la razón por la que ahora ella se sentía como un pez fuera del agua. No odiaba a su madre por ello; se odiaba a sí misma por no saber adaptarse.
—Mamá... —comenzó Génesis, buscando las palabras exactas, cuidando de no sonar malagradecida—. Yo... yo te agradezco todo lo que has hecho por nosotras. Todos los días. De verdad. Pero... tú elegiste no tener que lidiar con ellos. Yo... yo no tengo esa opción ahora. No sé cómo hablarles. No sé cómo mirarlos sin sentir que estoy haciendo algo mal o que me van a juzgar.
Miranda dejó la taza sobre la mesa con suavidad. Su expresión se volvió reflexiva, asimilando el peso de las palabras de su hija. Extendió la mano por encima de la mesa y cubrió la mano de Génesis, dándole un apretón firme y cálido.
—Lo sé, mi niña. Sé que te he protegido demasiado en nuestro pequeño nido —confesó Miranda, con una sonrisa nostálgica—. Pero eres fuerte. Más fuerte de lo que crees. Solo necesitas encontrar tu propio ritmo para dejar entrar al resto del mundo.
Génesis asintió en silencio. En su mente, sin poder evitarlo, la imagen del chico de los lentes leyendo en la banca volvió a aparecer. Su propio ritmo. Quizás, de alguna forma extraña, ya había empezado a buscarlo.
Sección 2: Recomendación profesional
El silencio en la cocina solo era interrumpido por el leve tintineo de los cubiertos de Lucía, quien devoraba sus panqueques feliz y ajena a la tensión en la mesa.
Miranda retiró su mano lentamente, envolviendo de nuevo su taza de café con ambas palmas para sentir el calor. Su mirada, siempre segura, adquirió un matiz de disculpa.
—Génesis, necesito confesarte algo sobre acudir a la universidad —comenzó Miranda, midiendo sus palabras con cuidado—. Quiero que sepas que no fue una decisión que tomé a la ligera, ni un capricho para complicarte la vida. De hecho... fue una indicación directa de mi amiga Silvia.
Génesis levantó la vista de su plato, frunciendo el ceño con confusión.
—¿Silvia? ¿Tu amiga la psicóloga? —preguntó, sintiendo que un pequeño nudo se formaba en su estómago—. ¿Estuvieron hablando de mí?
—Estuve pidiéndole un consejo como madre —aclaró Miranda, con una voz suave pero firme—. Silvia me hizo ver la realidad de lo que yo misma había construido. Me dijo que mantenerte en ese colegio de señoritas solo empeoraron las cosas para tu futuro.
Génesis dejó el tenedor sobre la mesa, apoyando las manos en su regazo. La palabra "futuro" siempre le sonaba inmensa y aterradora.