Sección 1: El peso de una puerta
El metal del tirador de la puerta de cristal estaba helado, pero la palma de la mano de Génesis sudaba a mares. Se quedó allí, paralizada en la acera del boulevard, con los dedos aferrados al manillar sin atreverse a empujar. A través del reflejo del cristal, podía ver el ajetreo de San José a sus espaldas, pero su mente estaba atrapada en el interior de esa librería.
Cerró los ojos un instante. Su respiración era superficial y rápida. Empezó a preguntarse si todo esto era una especie de broma cósmica. La ciudad era inmensa, había docenas de lugares a los que podían haber entrado, pero el destino parecía haber orquestado este cruce con una precisión milimétrica. Era como si el universo la hubiera acorralado intencionalmente, empujándola al centro del escenario y exigiéndole que, por una vez en su vida, actuara sin su armadura deportiva.
Se humedeció los labios resecos y apretó la mandíbula. Trató de invocar la misma determinación que usaba en los últimos segundos de un partido apretado.
—Es solo un hombre... —susurró para sí misma, con un hilo de voz que apenas compitió con el ruido del tráfico—. Es. Solo. Un. Hombre.
Tomó una bocanada de aire tan profunda que le dolió un poco el pecho y, finalmente, empujó la pesada puerta de cristal.
La campanilla de bronce sobre el marco emitió un tintineo suave y educado. El aroma a papel impreso, madera vieja y café la recibió de inmediato, envolviéndola en una atmósfera que debería haberla calmado. Sus ojos, oscuros y alerta, escanearon el lugar.
A su izquierda, un par de pasillos más allá de la zona de peligro donde se encontraba Gerald, vio a Ashley y a Sharon. Estaban de pie frente al estante de papelería fina; Sharon examinaba concentrada un par de organizadores de escritorio, mientras Ashley le comentaba algo con una sonrisa relajada, ajenas al drama que se desarrollaba en la entrada.
Fue un reflejo condicionado. Su instinto de supervivencia social tomó el control absoluto de su cuerpo. La promesa que le había hecho a Diana apenas unos segundos atrás se evaporó frente al terror puro de la interacción. Sus pies, pesados como plomo, giraron automáticamente hacia la izquierda. Caminó hacia sus amigas, sintiendo que un alivio inmenso le aflojaba el nudo del estómago con cada paso que la alejaba de la sección de poesía.
"Quizás el destino no quiere que esto pase hoy", pensó Génesis, tratando de justificar su propia cobardía. "Quizás el universo me está dando una salida. Si no me ha visto, no cuenta. Lo posponemos".
Estaba a solo tres metros de alcanzar el refugio seguro que representaban Ashley y Sharon, cuando la puerta de la librería se abrió de golpe a sus espaldas. La campanilla no tintineó de forma educada esta vez; repicó con urgencia.
Diana entró como un torbellino. No había rastro de paciencia en su rostro. Desde la acera, había visto a través del cristal exactamente lo que su amiga estaba haciendo: huir. Y Diana no estaba dispuesta a permitirlo.
Con pasos rápidos y silenciosos sobre la alfombra de la tienda, acortó la distancia antes de que Génesis pudiera siquiera decir "hola" a las otras dos. Dos manos firmes y decididas se posaron de golpe sobre los hombros de Génesis, deteniéndola en seco.
Génesis dio un pequeño respingo. Al girar la cabeza, se encontró con la mirada fiera e implacable de Diana.
—Ah, no. Ni se te ocurra, cobarde —le susurró Diana al oído, con un tono bajo pero cargado de autoridad, apretando ligeramente su agarre.
Para Génesis, el destino podía querer posponer las cosas todo lo que quisiera, pero Diana tenía sus propios planes y claramente creía que ella misma era el destino encarnado. Con una fuerza sorprendente y una fluidez casi coreográfica, Diana hizo pivotar a Génesis sobre sus talones. La giró ciento ochenta grados completos, obligándola a darle la espalda al refugio de Ashley y Sharon, y dejándola alineada milimétricamente hacia el pasillo donde la figura de Gerald, con su chaqueta azul oscura y su libro abierto, seguía inmersa en la lectura.
—Camina —le ordenó Diana en un susurro cortante, dándole un empujoncito en la espalda alta para romper su inercia—. Y no te atrevas a mirar atrás.
Génesis tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía en la garganta. La retirada había sido cortada. Solo quedaba avanzar.
Sección 2: El plan infalible está en marcha
El empujón de Diana dejó a Génesis a la deriva en medio del pasillo central, avanzando con la gracia y la velocidad de un robot al que se le está acabando la batería.
A sus espaldas, Ashley y Sharon, que acababan de llegar a la fila de la caja con los artículos de papelería, miraron a Diana con el ceño fruncido y una clara expresión de confusión. Diana, sacudiéndose las manos como si acabara de hacer el trabajo pesado, recobró su compostura de inmediato, se coló en la fila junto a ellas y se inclinó hacia adelante.
—Es él —susurró Diana, con los ojos brillando de pura intriga, señalando discretamente con la barbilla hacia el pasillo de poesía—. El chico del libro de bolsillo de la plaza. Está justo ahí. Acabo de lanzarla al ruedo.
Ashley ahogó un grito de emoción llevándose ambas manos a la boca, mientras los ojos de Sharon se abrían de par en par. Al instante, las tres se olvidaron por completo de dónde estaban. Se agruparon hombro con hombro, inclinándose ligeramente hacia el pasillo como si estuvieran en la primera fila de una obra de teatro, expectantes y conteniendo la respiración para ver cada torpe y milimétrico paso de Génesis.
El silencio de la librería era tan denso que casi se podía cortar con tijeras, interrumpido únicamente por el leve sonido de las hojas pasando.
—¿Desea pagar con efectivo o tarjeta? —se escuchó la voz monótona de la chica de la caja.
Sharon era la siguiente en la fila y sus artículos ya estaban escaneados sobre el mostrador, pero su mente estaba a diez metros de distancia. Ni ella, ni Ashley, ni Diana apartaban la vista de la espalda de Génesis, quien parecía estar negociando con sus propios pies para dar el siguiente paso.