Sección 1: Un eco en el aire
El trayecto en taxi hasta la casa de Génesis se hizo en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a encender la radio ni a cruzar palabra. Al llegar a la elegante fachada de la casa, las cuatro chicas bajaron arrastrando los pies, con una atmósfera de derrota pesando sobre sus hombros.
Diana tocó el timbre. Apenas unos segundos después, la puerta se abrió, revelando a Miranda. La mujer, que llevaba ropa cómoda de fin de semana, lucía una sonrisa de bienvenida que se borró en el milisegundo en que vio el rostro de su hija. Génesis tenía los ojos hinchados, la mirada clavada en el suelo y una postura completamente encorvada, como si quisiera hacerse invisible.
El instinto maternal de Miranda se activó de golpe. No hizo preguntas en la puerta. Se hizo a un lado y, con un gesto suave pero urgente, indicó a las amigas que entraran.
—Pasen, chicas. Vengan a la sala —pidió Miranda con voz serena, cerrando la puerta a sus espaldas para dejar el mundo exterior afuera.
Se sentaron en los amplios sillones de la sala de estar. Génesis se acurrucó en una esquina, abrazando un cojín contra su pecho como si fuera su balón de baloncesto. Miranda se sentó a su lado, pasándole un brazo protector por los hombros, y miró al trío de amigas esperando una explicación.
Sharon, frotándose las manos con nerviosismo, fue la primera en romper el silencio. Con lujo de detalles, relató el desastre en la librería, el grito de la cajera, la huida de Génesis, el choque con el oficinista grosero y, finalmente, la intervención de Gerald.
Al escuchar el relato, Diana no pudo soportarlo más. Se cubrió el rostro con ambas manos y dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Fue mi culpa, señora Miranda —confesó Diana, con la voz quebrada por la culpa—. Yo la obligué. Yo la empujé hacia ese pasillo cuando ella claramente no estaba lista. Pensé que... no sé, pensé que sería como en las películas, que él sonreíría y todo sería fácil. Fui una estúpida.
—No eres estúpida, Diana —la interrumpió Miranda con un tono comprensivo, apretando suavemente el hombro de Génesis—. Actuaste como una amiga que quería ayudar, pero subestimaste lo difícil que es esto para ella.
El silencio volvió a instalarse en la sala, pesado y reflexivo. Ashley, que se había mantenido de brazos cruzados, escaneó el rostro de Génesis. Había algo en la actitud de su amiga que no encajaba. Génesis no estaba simplemente asustada; parecía estar librando una batalla interna.
—Génesis, mírame —pidió Ashley, adoptando un tono firme, casi analítico—. Todo este drama por un chico que apenas conoces y que, para rematar, fue bastante áspero contigo hoy. Así que te voy a hacer la pregunta que todas estamos pensando: ¿Ese chico te gusta?
La pregunta cayó como una bomba en el centro de la mesa de centro. Miranda guardó silencio, observando a su hija con atención. Si la respuesta era negativa, el problema estaba resuelto: no había ninguna razón lógica para volver a la Calle 25 ni acercarse a ese muchacho nunca más.
Génesis apretó el cojín con más fuerza. Sus mejillas se tiñeron de un leve rosa, pero esta vez no era por pánico social, sino por la honestidad que estaba a punto de soltar.
—No lo sé... —murmuró Génesis, alzando la vista lentamente—. No sé si me gusta de esa forma. Apenas sé su nombre. Pero... cuando estábamos ahí afuera... él me ofreció su mano para ayudarme a levantarme. Y yo... lo ignoré por completo.
—¡Porque estabas colapsando! —saltó Diana a la defensiva—. ¡Y porque él fue un insensible cinco segundos antes!
—Pero se disculpó, Diana —rebatió Génesis, y por primera vez en todo el día, su voz sonó firme—. Se disculpó y extendió su mano. Y yo no quiero... no quiero dejar su mano en el aire. Siento que le debo una respuesta. Una disculpa por huir. Siento que dejé algo incompleto.
Ashley soltó un bufido de incredulidad y se recostó contra el respaldo del sillón.
—¿Es una broma? Génesis, no le debes absolutamente nada —sentenció Ashley con dureza, moviendo la cabeza—. El tipo nos habló como si fuéramos un estorbo en la acera. No pretendas ser la mártir aquí. Él no se merece que te mortifiques ni que vayas a pedirle perdón después de cómo te trató. No merece esa cortesía.
Génesis bajó la mirada hacia el cojín. El contraste era abrumador. Sus amigas, su escudo protector, le gritaban que cerrara la puerta y se alejara de ese chico. Pero en su interior, la imagen de Gerald con la mano extendida, pidiendo un perdón genuino, se repetía en bucle, exigiéndole a Génesis un acto de valentía que ni ella misma sabía si poseía.
Sección 2: El eco de la frustración
El motor de la Harley-Davidson se apagó frente a la casa de Gerald, pero el silencio que siguió no trajo consigo ninguna paz.
Al abrir la puerta principal, una bofetada de aire viciado lo recibió de inmediato. El interior de la casa estaba sumido en la penumbra y el desorden. Había ropa tirada sobre los muebles del pasillo y un olor dulce, denso y rancio flotaba en el ambiente; olía a humo, pero definitivamente no era tabaco. Era el rastro inconfundible de las sustancias que consumía su hermano.
Gerald cerró la puerta a sus espaldas, sintiendo cómo la pesadez del lugar se le instalaba en los hombros. Caminó por el pasillo esquivando un par de zapatos tirados y entró directamente a su habitación. Sin encender la luz, se quitó la chaqueta azul oscura y la arrojó sin cuidado sobre el cobertor de su cama.
Se dejó caer en la silla de escritorio frente a su computadora portátil apagada. Apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió los ojos con el antebrazo, inclinando la cabeza hacia adelante.
A pesar del caos evidente y asfixiante que lo rodeaba en su propia casa, su mente no estaba allí. Su única visión en la oscuridad de su antebrazo era la de ese "yo interior", ese chico estoico y controlado que, apenas unas horas antes, se había dejado envenenar por la frustración de vivir en una familia disfuncional. Se odiaba a sí mismo en ese momento. Se dio cuenta, con un nudo en la garganta, de que había usado a Génesis y a sus amigas como un saco de boxeo emocional, descargando en ellas la dureza y la intolerancia que en realidad sentía hacia su madre y su hermano.