510 gramos de afonía

Capítulo 7: Desafios

Sección 1: El precio de la cancha

El aire alrededor de Génesis se volvió denso, casi sólido. El joven de la gorra seguía allí, invadiendo ese radio de seguridad que ella tanto se esforzaba por mantener. El olor a cigarrillo y sudor del chico se mezclaba con el aroma rancio que ella ya asociaba al peligro.

—Escucha bien, niñita —soltó el joven con una sonrisa ladeada, mientras la chica a su lado se cruzaba de brazos con desprecio—. La cancha ahora nos pertenece. Si tanto la quieren, van a tener que quitárnosla.

Ashley, cuyo cuerpo estaba tenso como un resorte, dio un paso al frente, interponiéndose parcialmente entre el tipo y Génesis. Sus dedos se cerraron en puños.

—¿De qué están hablando? —reclamó Ashley con la voz cargada de indignación—. La cancha es lo suficientemente grande. Hay espacio de sobra para que se muevan a un lado y nos dejen un aro. No tienen por qué adueñarse de todo el lugar.

—Nos gusta el centro. Y nos gusta nuestra música —respondió la chica del grupo, señalando con la barbilla el altavoz que escupía ritmos repetitivos y vulgares.

El ruido golpeaba los oídos de Génesis como martillazos físicos. El volumen era tan alto que sentía la vibración en el pecho, aumentando su taquicardia. Sus manos, que aún sostenían el balón de 510 gramos, empezaron a sudar frío. El pánico social estaba ganando terreno; la presencia masculina tan cerca y la actitud territorial del grupo la hacían sentir pequeña, una presa acorralada contra el muro de contención.

—Bájenle a esa cosa —espetó Ashley, señalando el parlante—. Es molesto y no deja concentrarse.

Una de las chicas del grupo, que estaba sentada sobre la base del aro, soltó una carcajada seca y saltó al suelo. Se acercó con paso lento, evaluando a las chicas que acababan de llegar.

—Míralas, si parecen muñequitas —se burló la recién llegada—. Las canchas no son para novatas que vienen a jugar con sus mamis. Si no aguantan el ambiente, lárguense a su jardín.

El rostro de Ashley pasó de la palidez del asombro a un rojo encendido de pura ira. El insulto a sus habilidades y la actitud prepotente del grupo terminaron de romper su paciencia.

—¿Novatas? —rugió Ashley, dando un paso intimidante hacia la chica—. Al menos nosotras venimos a usar la cancha para lo que es. Esto es un espacio deportivo, no un lugar para venir a hacer las cosas ilícitas que están haciendo ustedes.

El grupo de jóvenes se quedó en silencio un segundo, solo para estallar en una risa colectiva y burlona que resonó en toda la Calle 25. No tenían miedo; se sentían dueños de la situación, esperando simplemente que la presión fuera suficiente para que las dos chicas se retiraran humilladas.

Génesis tiró suavemente de la camiseta de Ashley. Sus ojos estaban fijos en el suelo, evitando cualquier contacto visual con los hombres del grupo. Su garganta estaba cerrada; quería suplicarle a su amiga que se fueran, que no valía la pena.

Pero Ashley, cegada por la rabia y el deseo de defender el honor de ambas, soltó lo primero que le dictó su orgullo, sin detenerse a pensar en la fragilidad de la chica que tenía al lado.

—¿Saben qué? Si están tan seguros de que somos unas "novatas", vamos a demostrarlo —desafió Ashley, señalando a la chica de la mirada desafiante y a otra de sus compañeras—. Un dos contra dos. Ustedes dos contra nosotras. Si ganamos, apagan su basura de música y nos dejan la mitad de la cancha.

Génesis sintió que el mundo se detenía. El balón estuvo a punto de resbalar de sus manos. Ashley acababa de proponer un enfrentamiento directo, bajo la mirada de esos hombres que la aterrorizaban, convirtiendo su refugio en un campo de batalla donde todos los ojos estarían puestos en ella.

Sección 2: El muro invisible

Génesis sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. No era solo el estruendo del rap y la música urbana que retumbaba en las paredes de la plaza, ni el sol de las vacaciones que empezaba a calentar el asfalto; era la decisión unilateral de su amiga lo que la estaba asfixiando.

—¡Ashley! —exclamó Génesis, y su voz, aunque quebrada, salió con una urgencia que rara vez mostraba—. ¿Qué acabas de hacer? ¿En qué estás pensando?

Génesis se giró hacia ella, ignorando por un segundo a los extraños. Su piel, pálida por el terror, estaba cubierta por una fina capa de sudor frío que hacía que su camiseta común se pegara a su espalda. Sus manos temblaban tanto que el balón de 510 gramos parecía pesar una tonelada, amenazando con caer al suelo en cualquier momento.

Ashley la tomó de los hombros, con los ojos encendidos por una confianza ciega.

—Es nuestra oportunidad, Geni —le dijo Ashley, apretando sus brazos con firmeza—. Has practicado meses para esto. Ese dribbling que tienes... nadie aquí puede pararlo. Vamos a demostrarles que no somos unas niñas que solo vienen a pasear. ¡Es el momento de mostrar todo lo que has aprendido!

—¡No entiendes! —Génesis soltó el aire en un jadeo, retrocediendo un paso para zafarse del agarre—. No se trata de si sé jugar o no... es que...

Génesis no pudo terminar la frase. Sus ojos se desviaron instintivamente hacia los cuatro jóvenes varones del grupo. Uno de ellos la miraba con una mueca de burla mientras se cruzaba de brazos, y otro se rascaba la nuca con indiferencia. Para cualquier otra persona, eran solo tipos en una cancha; para Génesis, eran presencias masivas, ojos que la juzgaban, muros de testosterona que hacían que su mente se pusiera en blanco. No podía concentrarse en un pase si sentía que ellos estaban dentro de su radio de visión.

Ashley finalmente pareció notar el temblor en las rodillas de su amiga y el brillo de pánico en su mirada. La comprensión la golpeó, pero su orgullo era demasiado grande como para retractarse del desafío frente a todo el barrio.

—Está bien, lo entiendo —murmuró Ashley, aunque en realidad solo entendía la superficie del problema—. No quieres que estén cerca.




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