Sección 1: El peso de lo sencillo
El silencio que siguió al apagón de la música no trajo paz; al contrario, hizo que el sonido del mundo exterior se volviera nítido y amenazante. Génesis sentía que el vacío dejado por el rap ahora era llenado por el eco de sus propios pensamientos. Las palabras de Ashley sobre los puntos fallados bajo el aro daban vueltas en su cabeza como un reproche constante.
En la teoría, un tiro debajo del aro era la jugada básica, la que se practica hasta el cansancio porque es "imposible" de fallar. Pero en la práctica, con el asfalto ardiendo y cuatro pares de ojos masculinos observando cada uno de sus errores desde la grada, ese metro de distancia hasta la red parecía una milla de obstáculos.
—Ashley… —susurró Génesis, apretando el balón entre sus manos sudorosas—. No sé exactamente cómo hacer. Siento que cuando estoy ahí abajo, mis manos no me pertenecen. Se vuelven de piedra.
Ashley la miró, abriendo la boca para soltar uno de sus habituales comentarios de "tú puedes", pero se detuvo al ver la honestidad brutal en los ojos de su amiga. Entendió que para Génesis, lo "sencillo" era lo más difícil porque requería una calma que ella no tenía.
—Solo respira —respondió Ashley, bajando el tono—. No pienses en quién mira. Piensa en el tablero. El cuadro blanco, Gen… Génesis. Solo apunta al cuadro blanco.
Génesis asintió, aunque el terror seguía ahí, enraizado en su pecho. Sin embargo, algo estaba cambiando. A pesar de que la presencia de Carlos, Mateo y los otros dos jóvenes en la gradería la hacía sentir como si estuviera caminando sobre cristales rotos, no dio un paso atrás. Había una chispa de terquedad brotando de su miedo. No quería perder. No quería que Astrid y Johanna se fueran a casa pensando que eran superiores.
Se ubicaron en sus posiciones. Astrid, al ver la expresión tensa pero decidida de Génesis, soltó una pequeña risa de suficiencia.
—¿Listas para que terminemos con esto? —preguntó la capitana rival, poniéndose en defensa.
Génesis no respondió con palabras. Se colocó en la línea de tres puntos y pidió el balón. Al recibirlo, sintió la mirada de Mateo desde la grada; podía jurar que sentía el peso de esa observación en sus hombros. Su respiración era errática, pero sus pies se plantaron firmes. Por primera vez en el encuentro, no evitó estar en el centro.
Estaba aterrada, sí. Sentía que en cualquier momento sus piernas colapsarían por la ansiedad social que la consumía. Pero el deseo de demostrarse a sí misma —y quizás a Ashley— que podía encestar a pesar de la invasión masculina, fue más fuerte. El balón rebotó contra el suelo en un primer driblin seco y potente. Era el inicio del fin, y Génesis estaba decidida a que el camino hacia el aro, por muy difícil que fuera, valiera cada segundo de angustia.
Sección 2: El eco de un rebote
El calor de 30 grados golpeaba el asfalto, creando una bruma invisible que hacía que el aire pesara en los pulmones. Génesis sentía el sudor deslizándose por su nuca, pero su agarre sobre el balón de 510 gramos era firme. Frente a ella, Johanna se movía como una sombra; su marcaje era asfixiante, con los brazos extendidos y una intensidad en la mirada que buscaba quebrar la voluntad de la chica de cabello negro.
—¿Qué pasa? —provocó Johanna, desplazándose lateralmente para bloquear cualquier ángulo de visión hacia Ashley—. ¿Te bloqueaste?
Génesis no respondió. Sus ojos se movieron rápidamente, analizando el espacio. Por un segundo, el ruido de los jóvenes en la grada pareció desvanecerse. Con un movimiento seco de hombros, Génesis realizó una finta hacia la derecha, tan convincente que Johanna volcó todo su peso hacia ese lado. En un parpadeo, Génesis cambió la dirección, dejando a su marca atrás, y se elevó en un tiro en suspensión.
El balón voló en una parábola que parecía perfecta. El tiempo pareció ralentizarse. Sin embargo, al llegar al aro, el cuero golpeó con fuerza el hierro, rebotó dos veces sobre el borde y finalmente salió despedido hacia un costado con un sonido metálico que resonó en toda la plaza.
En ese instante, el mundo de Génesis se detuvo. El sonido de ese rebote específico activó un resorte en su memoria.
De repente, ya no estaba en medio de un partido hostil. En su mente, la cancha estaba vacía y el silencio era absoluto. Se vio a sí misma, semanas atrás, realizando exactamente el mismo movimiento, con el mismo fallo y el mismo eco metálico. Y allí, sentado en la periferia de su visión, estaba Gerald. Lo recordó con una claridad dolorosa: él, con su libro de bolsillo, levantando la vista justo en el momento del fallo. Recordó cómo se había sentido observada, no con juicio, sino con esa presencia silenciosa que siempre la descolocaba.
El calor del sol se mezcló con un rubor intenso que le encendió las mejillas. Se puso roja de inmediato, sintiendo que el recuerdo de Gerald invadía un espacio donde no debería estar.
—¡Génesis! ¡Reacciona! —el grito de Ashley la trajo de vuelta al presente—. ¡Atrás, a defender!
Génesis sacudió la cabeza, tratando de disipar la imagen de Gerald y su libro. Sus manos temblaron levemente mientras recuperaba su posición. Johanna ya estaba subiendo el balón, aprovechando su distracción.
Ashley se le acercó un segundo mientras hacían la transición defensiva, dándole un pequeño toque en el brazo para centrarla.
—Estuvo cerca, de verdad —le dijo Ashley, con la respiración entrecortada pero el tono firme—. Pero escúchame: no te apresures a lanzar así desde fuera. Si rompes la marca como lo hiciste recién, ¡avanza! Tienes la velocidad para entrar hasta la cocina. No les regales el balón con tiros largos si puedes asegurar debajo del aro.
Génesis asintió mecánicamente, apretando los dientes. El recuerdo de Gerald la había dejado vulnerable, recordándole que incluso en su soledad, la mirada de un hombre podía alterar su equilibrio. Pero el marcador seguía en contra y el sudor en su frente le recordaba que el desafío actual era real y urgente