Sección 1: Aquí vamos de nuevo
El sol de la tarde bañaba la acera, creando un contraste vibrante entre la luz y las sombras de los edificios. Génesis caminaba a paso lento, con las manos profundamente enterradas en los bolsillos de su sudadera, tratando de hacerse lo más pequeña posible. Ashley, a su lado, vibraba con una energía opuesta, observando cada escaparate con entusiasmo.
De pronto, Ashley se detuvo en seco frente a un pequeño puesto de helados, uno de esos lugares con toldos a rayas que desprendían un aroma dulce y nostálgico.
—¡Es hora de un respiro! —exclamó Ashley, girándose hacia ella con una sonrisa amplia—. Yo quiero uno de almendras. ¿Tú qué vas a pedir, ciela?
Génesis sintió que su mente se quedaba en blanco. El simple hecho de tener que decidir un sabor bajo la presión de la mirada del heladero le provocó un nudo en el estómago. Mientras intentaba descifrar la lista de sabores, una pareja joven se colocó justo detrás de ellas en la fila. La chica se recargó ligeramente sobre el hombro de su novio, quien, con un tono despreocupado, comentó:
—¡Mira, hay de varios sabores! ¿Cuál quieres?
Génesis se quedó helada. La voz del chico, aunque no iba dirigida a ella, rompió su burbuja. Se sintió expuesta, como si el simple hecho de estar en la fila la obligara a ser evaluada. Su garganta se cerró; el sonido de su propia voz le pareció, de repente, una intrusión que no podía permitirse. El silencio de Génesis se prolongó demasiado para el gusto de Ashley.
—Bueno, mamita, apúrate a decidir —dijo Ashley, lanzándole una mirada rápida—. Nos van a ganar el turno.
Al ver que Génesis seguía muda, con la vista clavada en sus propios zapatos, Ashley soltó un suspiro impaciente y pidió dos de almendras por ambas, zanjando la situación antes de que la espera se hiciera eterna.
Continuaron caminando, pero el ambiente se había enrarecido. Génesis guardaba un silencio sepulcral que empezaba a incomodar incluso a Ashley. Esta última, tras varios metros de caminata, no pudo contenerse.
—Oye, Génesis, es increíble —soltó Ashley, deteniéndose y girándose hacia ella—. No puedo creer que, incluso cuando no te hablan a ti, te quedes paralizada.
Génesis alzó la vista, obligándose a sostenerle la mirada. Sus mejillas ardían en un tono carmesí que no pasaba desapercibido. Por un momento, el orgullo de Génesis chocó con su inseguridad, hasta que una pregunta, genuina y cargada de una vulnerabilidad que Ashley no esperaba, rompió el hielo:
—Oye... ¿crees que soy bonita?
Ashley parpadeó, tomándole un segundo procesar la interrogante. Rodó los ojos, aunque su expresión se suavizó al ver el brillo vidrioso en los ojos de su amiga.
—¿Ya vas a empezar? Te hemos dicho en varias ocasiones que sí —respondió Ashley, tratando de restarle importancia—. ¿A qué viene esa pregunta ahora?
—Sí, lo sé —respondió Génesis, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Pero eso me lo dicen porque son mis amigas. Realmente quisiera saber si ante los hombres... si ante alguien desconocido, soy bonita.
Ashley se quedó en silencio, comprendiendo de golpe que Génesis no buscaba un cumplido, sino una validación de su lugar en el mundo exterior. Sin decir una palabra más, Ashley comenzó a caminar hacia el parque cercano. Génesis la siguió, dejándose llevar por la inercia, abandonando las calles estrechas y transitadas por un entorno mucho más abierto.
El parque estaba vivo: personas paseando perros de todas las razas, niños corriendo entre los árboles y parejas sentadas en los bancos. Era una normalidad que, por primera vez, no le resultaba del todo ajena. Ashley se detuvo junto a un árbol, a punto de soltar una respuesta reconfortante, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, el estruendo de un tono de llamada interrumpió el momento. El celular de Ashley comenzó a vibrar con una urgencia eléctrica, un sonido que, en medio de la tranquilidad del parque, sonaba casi a una señal de emergencia.
Ashley miró la pantalla, y su rostro cambió en un instante.
Sección 2: "Ay, no puede ser"
La expresión de Ashley se transmutó en un segundo. La chispa vivaz que siempre iluminaba sus ojos fue reemplazada por una sombra de preocupación intensa. La pantalla de su teléfono mostraba una ráfaga de notificaciones: diez llamadas perdidas y una cascada de mensajes que hacían que el dispositivo vibrara con una insistencia casi histérica. Todos provenían de Sharon.
Antes de que el segundo tono terminara de sonar, Ashley deslizó el dedo y se llevó el teléfono a la oreja.
—¡Ash! No puede ser... —la voz de Sharon al otro lado de la línea era un hilo apenas audible, un eco quebrado, desgarrado por una angustia que se filtraba a través del altavoz. —¿Dónde estás?
Ashley soltó un suspiro largo, su frustración acumulada por el día ganándole por un instante a la empatía.
—Por Dios, ¿cuántas veces me dirán "Ash" hoy? —masculló, rodando los ojos con una mezcla de fastidio y desconcierto—. Estoy en el parque, cerca de la parada de buses. Estoy con Génesis, ven y cuéntanos de una vez.
Génesis, que estaba a pocos pasos, observaba la escena con una mezcla de sorpresa y creciente inquietud. La tensión en la mandíbula de Ashley y la desesperación en la voz de Sharon, que incluso desde su posición pudo escuchar como un zumbido alarmado, le revolvieron el estómago.
—No se vayan, ¡espérenme ahí! —ordenó Sharon antes de cortar la comunicación con un sonido seco.
Génesis miró a su amiga, con los ojos muy abiertos, buscando alguna pista en su rostro. La tranquilidad del atardecer que minutos antes parecía un refugio, ahora se sentía como una antesala de algo desconocido.
—Ahorita viene —dijo Ashley, guardando el teléfono en su bolso con movimientos bruscos, casi violentos—. Busquemos una banca y esperémosla.
Caminaron hacia un asiento de madera desgastada bajo un roble añoso. Génesis se sentó con cautela, manteniendo la espalda rígida, mientras observaba cómo el sol comenzaba a teñir el horizonte de tonos naranjas y púrpuras. El atardecer, que debía haber sido el telón de fondo para esa conversación pendiente sobre su belleza y su confianza, se convirtió en una espera cargada de estática emocional.