Sección 1: Un previo ruidoso
El aire en la cancha se sentía cargado, con la electricidad estática de la tormenta que Gerald llevaba dentro y la ansiedad galopante de Génesis. Antes de comenzar, las chicas se movieron hacia un rincón para calentar. Génesis sentía sus músculos tensos, no solo por la inactividad de los últimos días, sino por la mirada invasiva de los chicos que empezaban a rodear el perímetro como buitres esperando la caída.
Con un movimiento decidido pero cargado de nervios, Génesis se llevó las manos al borde de su sudadera gris y se la quitó de un tirón. Debajo, llevaba una camiseta deportiva ajustada que revelaba su figura atlética.
Al instante, una ráfaga de silbidos de lobo y comentarios groseros inundó el lugar. —¡Vaya, parece que la calladita escondía un buen cuerpo! —gritó uno de ellos, provocando una oleada de risas baratas.
Gerald, sentado en la banca, endureció la mandíbula. No apartó la vista de los chicos, y en sus ojos se encendió un brillo de arrogancia fría, una advertencia silenciosa pero palpable. Se puso en pie lentamente, sin decir una palabra, pero su sola presencia y el gesto de desprecio que lanzó hacia los acosadores fue suficiente para que algunos bajaran el tono por pura incomodidad.
Astrid, quien hasta ese momento se sentía la dueña absoluta de las miradas, notó el cambio de clima. Johanna, sin embargo, soltó una carcajada cínica, disfrutando del caos. —Ya vieron, Astrid, parece que hasta el chico de la banca tiene sus favoritos —dijo Johanna, lanzándole una mirada punzante a su compañera—. Mejor concéntrate, que estas dos no se van a humillar solas.
De repente, una voz más grave desde el fondo de la grada gritó: —¡A mí me gusta más la rubia! ¡La otra es pura fachada!
La frase golpeó el ambiente. Astrid se tensó visiblemente; sus mejillas se tiñeron de una mezcla de vergüenza y rabia. No le gustaba ser el centro de una comparación barata, y menos cuando ella creía tener el control total. Su seguridad, que antes era inquebrantable, empezó a fisurarse.
Mientras tanto, Génesis intentaba ignorar el ruido, pero sus manos no le obedecían. El sonido del balón contra el cemento era errático. Su mano derecha, aunque sana, se sentía ajena; la fluidez que solía ser su mayor orgullo se le escapaba entre los dedos.
Ashley, al notar el desajuste, se acercó a ella. Como excompañera, conocía cada micro expresión de su amiga. Sabía que esto era un campo minado emocional. —Gen, mírame —susurró Ashley, interceptando el balón para obligarla a detenerse—. Olvida a esos imbéciles. Olvida a Astrid, olvida el comentario del tipo. Solo somos tú, yo y el aro. No fuerces la mano, deja que el cuerpo recuerde solo.
Génesis asintió, aunque el corazón le golpeaba las costillas con una rapidez alarmante. Sus ojos se desviaron por un instante hacia la banca. Gerald seguía allí, vigilante, con esa mirada solemne que pesaba más que cualquier silbido. La presión de no fallar ante él, sumada al escrutinio constante de los chicos, estaba haciendo estragos en su concentración.
—Tranquila... —se repitió Génesis, cerrando los ojos para intentar aislarse del ruido—. Solo juega.
Astrid y Johanna se posicionaron en el centro, con sonrisas que ya no lucían tan relajadas como al principio. El juego estaba por empezar, y la atmósfera, viciada por la tensión y el orgullo, amenazaba con estallar al menor contacto.
Sección 2: El primer golpe
Las cuatro se colocaron en el centro de la cancha, formando un cuadrilátero de tensión pura. Johanna, cuya estatura le otorgaba una ventaja física imponente, se cruzó de brazos, observando a Génesis con un brillo de rencor apenas contenido. No había olvidado la semana anterior; recordaba la humillación de aquel drible que la dejó plantada, viendo cómo el balón se escapaba mientras su orgullo se hacía pedazos frente a todos.
Astrid, por su parte, seguía irritada por los comentarios de la grada. Se giró hacia los chicos que aún gritaban tonterías y, con un ademán cortante, alzó la voz: —¡Oigan, bajen esa música! —ordenó, su tono dejando claro que no aceptaba réplicas—. Si quieren ver un partido, guarden silencio. Esto no es un circo.
La música bajó bruscamente hasta convertirse en un zumbido de fondo. Ashley, sorprendida por el gesto, miró a Astrid y, con un movimiento rápido, extendió la mano. —Gracias —dijo Ashley, con una seriedad que compartía un atisbo de respeto profesional—. Vamos a jugar limpio. Astrid le devolvió el choque de manos con un asentimiento breve, un gesto de fair play que, aunque cargado de rivalidad, establecía las reglas del juego.
Génesis lanzó la moneda al aire. Cayó en el cemento y rodó hasta detenerse: les tocaba a ellas.
El silbido inicial no existió, solo el sonido seco de las suelas de goma chirriando contra el suelo. Ashley tomó el balón, sintiendo la textura gastada del cuero entre sus dedos. Astrid se le pegó como una sombra, bloqueándole cualquier carril de pase con una agilidad felina. Ashley comenzó a botar, su cuerpo balanceándose con ritmo, mientras Génesis corría por la banda, intentando encontrar un hueco.
"Concéntrate", se decía Génesis a sí misma, pero el eco de los insultos anteriores le golpeaba la nuca como un martillo. Fachada, mudita. La ansiedad subía por su columna vertebral, intentando entumecer sus reflejos. Johanna la marcaba a corta distancia, respirándole en el cuello, usando su altura para intimidarla y cerrarle cualquier línea de visión.
—¿Qué pasa, Génesis? —susurró Johanna mientras se desplazaban, con una sonrisa burlona—. ¿Estás pensando en lo que dijeron los chicos o en cómo te voy a quitar ese balón? No te servirá de nada hoy.
Génesis no respondió. Su mirada estaba fija en Ashley. En un instante, Ashley hizo un amago rápido hacia la derecha, una finta que hizo que Astrid cargara su peso en la pierna equivocada. En ese milisegundo de indecisión, Ashley aprovechó el espacio y aceleró hacia el lado izquierdo de la cancha.