510 gramos de afonía

Capítulo 14: Malos entendidos

Sección 1: Ansiedad matutina

La luz de finales de noviembre se colaba con fuerza por la ventana de Génesis, una claridad fría y limpia que recordaba que el año estaba llegando a su fin. No había clases, no había horarios escolares, pero para ella, la rutina de ir a la cancha se había convertido en un campo de batalla psicológico. Necesitaba recuperar ese espacio, pero el miedo a encontrarse con aquellos tipos de hace unos días la obligaba a cambiar sus planes. Eran las diez y media de la mañana, una hora decente para un día libre, pero para ella el tiempo se sentía como un recurso que se agotaba.

Génesis sostenía el teléfono con impaciencia mientras paseaba por su cuarto. Marcó el número de Ashley. Nada. Un tono, dos, tres... el buzón de voz saltó con una frialdad mecánica. Génesis resopló, frustrada. Volvió a marcar. El silencio al otro lado se sentía como una afrenta personal.

«Si no contesta ahora, llamaré a Diana o a Sharon», pensó, apretando la mandíbula. No era solo por la compañía; era por seguridad, por necesidad de control. Al tercer intento, el tono cambió.

—¿Hola? —la voz de Ashley llegó a través del auricular, sonando algo entrecortada.

—¿Por qué tardaste tanto? —soltó Génesis, sin ocultar su molestia—. Necesito ir a la cancha, pero quiero ir temprano, Ash. No quiero ni pensar en cruzarme con esa gente otra vez.

—Perdona, Gen —respondió Ashley rápidamente—. Estaba en la ducha, no escuché las primeras llamadas.

Génesis aceptó la excusa sin darle más vueltas, aunque, en realidad, el ambiente en la casa de Ashley era muy distinto. Minutos antes, Ashley estaba sentada frente a su escritorio, con el teléfono en la mano, paralizada. Tenía el chat de Gerald abierto. Había escrito y borrado tres veces una frase simple: "¿Estás despierto?". Su corazón latía con una cadencia errática, analizando cada palabra de la última interacción que tuvieron en la cafetería, tratando de buscar un significado oculto, una señal que confirmara que él también sentía esa chispa. Estaba tan absorta en su propio laberinto mental que casi ignora las llamadas de su mejor amiga.

—Está bien —dijo Génesis, suavizando el tono al notar el nerviosismo de Ashley—. Entonces, ¿puedes estar lista? Si salimos ya, llegaremos cuando todavía no hay casi nadie.

—Sí, dame quince minutos —respondió Ashley, sintiendo un alivio físico por tener una distracción que la sacara de su obsesión—. Iré directo a tu casa.

—Me parece perfecto —Génesis sintió una oleada de alivio; al menos una parte de su plan estaba bajo control—. Oye, Ashley... antes de que vengas, tengo una pregunta importante para ti.

El ambiente en la habitación de Génesis se cargó de repente. La mención de "pregunta importante" hizo que Ashley, al otro lado de la línea, se tensara, temiendo que la conversación derivara hacia lo que había confesado la noche anterior.

—Dime... ¿qué pasa? —respondió Ashley, con los nudillos blancos de tanto apretar el teléfono.

—Solo quería saber... —Génesis dudó un instante, eligiendo sus palabras con cuidado—. ¿Cómo te sientes realmente después de lo que hablamos anoche? ¿Estás segura de que quieres ir hoy? Porque, si esto te está incomodando, podemos cambiar los planes.

Ashley soltó un suspiro largo, mirando su propio reflejo en el espejo, intentando recomponer la máscara de la "mejor amiga incondicional".

—Estoy bien, Gen. De verdad —mintió con una convicción que rozaba el desespero—. Necesito salir, igual que tú. Nos vemos allá.

Génesis colgó el teléfono, pero la duda persistía. Se quedó mirando el aparato unos segundos más, sintiendo que, aunque habían acordado ir temprano, la cancha ya no iba a ser el mismo lugar de siempre.

Sección 2: La huida silenciosa

Mientras Génesis y Ashley terminaban de coordinar su salida, a varios kilómetros de allí, la atmósfera en casa de Gerald era radicalmente distinta, era un campo de minas emocional, pero no de sollozos, sino de una tiranía silenciosa que finalmente había estallado. Su madre estaba parada en el umbral de la cocina, con los brazos cruzados y esa expresión de dureza que no dejaba lugar a la réplica.

—No te vas a ir, Gerald. Ese bulto se queda ahí —sentenció ella. Su voz no era un ruego, era una orden, cargada de una autoridad que pesaba como plomo.

—Ya terminé de empacar, mamá. No es una petición —respondió él, sin dejar de meter los últimos libros en la caja.

—¡Es tu obligación! —exclamó ella, y esta vez su voz atravesó las paredes del apartamento, filtrándose por los pasillos del edificio—. Tú eres el hombre de esta casa. Tú debes proveer, tú debes ocuparte de tu hermano, tú debes asegurar que no nos falte nada. ¿A dónde crees que vas? ¿A abandonar a tu propia sangre? Eso es una cobardía.

El volumen de su voz fue subiendo, volviéndose estridente. Los vecinos empezaron a murmurar; se escuchó el golpe seco de alguien cerrando una puerta de golpe en el pasillo, un gesto de desaprobación ante el espectáculo. Gerald sintió cómo la incomodidad del ambiente se le pegaba a la piel, pero su respuesta fue un susurro gélido que cortó el aire.

—No soy un activo de tu contabilidad, mamá. Y mucho menos voy a cargar con una responsabilidad que tú decidiste abandonar cuando dejaste de ser madre para convertirte en una auditora de mi vida —dijo Gerald, enderezándose y mirándola a los ojos con una calma que pareció enfurecerla más.

—¡Me debes gratitud! ¡Me debes respeto! —chilló ella, ignorando los golpes de los vecinos en la pared que pedían silencio. La escena era grotesca; la incomodidad era absoluta, una tensión que hacía que el aire en el apartamento se sintiera espeso, casi tóxico.

—No te debo nada que no haya pagado ya con mi libertad —concluyó él.

Se colgó el bulto al hombro, ignorando los insultos finales y el sonido de los platos siendo arrojados contra la puerta cerrada tras él. Salió al pasillo, sintiendo las miradas de los vecinos asomados. Se marchó sin mirar atrás, dejando atrás aquel "deber" que durante años había intentado encadenarlo.




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