6) Good bye

CAPÍTULO TRES: LA PENUMBRA

No fue un estallido de luz lo que anunció su llegada, sino una ausencia repentina de todo lo que Tamara y Castiel conocían como realidad. El eco de la confesión de amor de Castiel aún vibraba en las paredes del loft, una declaración absoluta que había dejado al ángel de rodillas y a la Oscuridad con el corazón suspendido en un hilo de incredulidad y esperanza. Pero, en un parpadeo, el aire de Buenos Aires, que hasta hacía un segundo traía el aroma de los jazmines y el rumor del tráfico nocturno, se volvió estático, denso como el plomo y frío como el vacío entre las galaxias. La esfera de luz que Castiel había regalado a Tamara, aquel pequeño sol que latía con el ritmo de su devoción, se apagó de golpe, sumiendo la estancia en una penumbra que no era física, sino espiritual.

Tamara sintió el cambio antes de verlo. No fue un miedo humano, sino un reconocimiento ancestral que recorrió su esencia primordial. Se puso en pie con una lentitud deliberada, sus ojos de abismo fijos en el centro del loft, donde los átomos mismos parecían estar siendo reescritos por una voluntad superior. Castiel, aún vulnerable por la entrega de su alma, intentó levantarse, pero una fuerza invisible, cargada de una autoridad que no admitía réplica, lo mantuvo anclado al suelo. Entonces, la luz regresó, pero no desde las ventanas ni de las lámparas, sino desde el tejido mismo de la existencia.

Dios no entró por la puerta. Él simplemente estuvo allí, manifestándose como si siempre hubiera ocupado ese espacio y ellos fueran los intrusos en una realidad que Él mismo había tejido con hilos de eternidad. Su forma no era sólida, sino una coalescencia de luz blanca y pura que palpitaba con la melodía silenciosa de la creación, una sinfonía que en ese momento sonaba cargada de una disonancia profunda y melancólica. Su rostro, aunque carecía de rasgos humanos definidos, reflejaba una tristeza tan vasta que hizo que los cimientos del edificio crujieran bajo el peso de su pesar.

—Hermana —dijo la voz, y el loft vibró con la frecuencia de una estrella naciendo—. Mi ángel fiel —añadió, dirigiendo su mirada hacia Castiel con una decepción que dolió más que cualquier espada de fuego.

Tamara no bajó la mirada. En su rostro se dibujó una mueca de desafío matizada por un cansancio milenario. Ella conocía esa voz mejor que nadie; era el eco de su propio origen, la otra cara de su moneda divina.

—Has tardado en venir a interrumpir, hermano —respondió ella, su voz cortando la pesadez del aire como una daga de obsidiana—. ¿No tenías universos más ordenados que atender? ¿O es que el Destino te ha contado finalmente lo que no querías oír?

Dios suspiró, y Castiel sintió que el peso del mundo se posaba sobre sus hombros. El Creador se acercó al ventanal, observando las luces de Buenos Aires, pero Sus ojos veían mucho más allá: veían las grietas que el Destino le había mostrado en el mapa estelar de las almas.

—He tenido "la conversación" con el Destino, Tamara —dijo Dios, dándoles la espalda, Su voz era un susurro que parecía viajar a través de los eones—. Y lo que me ha mostrado es el colapso. La unión de ustedes dos no es un idilio romántico; es una catástrofe metafísica que está deshilachando el tapiz de la realidad.

Castiel, haciendo un esfuerzo supremo, logró articular palabra, aunque su voz tembló por la intensidad de la presencia divina.

—Padre... no fue mi intención causar desequilibrio —murmuró el ángel, bajando la cabeza en un gesto de humildad que Tamara despreció internamente—. Solo he seguido lo que mi gracia me dictaba al estar cerca de ella. He aprendido a amar, tal como Tú nos enseñaste que era la fuerza más grande.

Dios se giró bruscamente, y por un momento, la luz que emanaba de Él se volvió cegadora, haciendo que los muebles del loft vibraran violentamente.

—¡Te envié a proteger, Castiel, no a poseer! —tronó la voz de Dios, y el cristal de las ventanas vibró hasta casi estallar—. Te di alas para elevarte sobre las pasiones mundanas, y has preferido arrastrarte en las complejidades de un sentimiento que no fue diseñado para los de tu clase. Tu amor es una anomalía, un virus en la sinfonía que yo mismo compuse.

Tamara dio un paso adelante, interponiéndose entre Dios y Castiel, su propia oscuridad expandiéndose como un manto protector que absorbía parte de la presión divina.

—No te atrevas a llamarlo virus —desafió ella, sus ojos brillando con una furia fría—. Es lo único real que ha surgido de este desastre que llamas equilibrio. Castiel ha visto en mí lo que tú siempre has temido mirar: que la Oscuridad también puede sentir, que la Nada puede ser llenada con algo más que tu voluntad.

Dios la miró con una mezcla de lástima e ira contenida. Extendió una mano etérea y, de repente, un mapa estelar comenzó a brillar en el centro de la habitación. No eran estrellas y galaxias físicas, sino una red de conexiones luminosas que unían a cada ser vivo. Tamara vio su propio hilo, una hebra de oscuridad profunda, entrelazada de forma caótica con el hilo dorado de Castiel. En el epicentro de esa unión, una luz vibrante representaba a Rubby, pero a su alrededor, grietas negras como venas en un cristal comenzaban a extenderse hacia todas las direcciones.

—Miren lo que han hecho —dijo Dios, Su voz ahora cargada de una solemnidad aterradora—. Cada vez que Castiel te toca, cada vez que tú cedes a la luz, una hebra de la existencia se deshilacha. La paradoja de Rubby ha dejado una cicatriz en el éter que no puede cerrar.

—Sacrificamos a un hijo por ella, Padre —le recordó Castiel, su voz llena de un dolor que el olvido no había podido borrar del todo de su esencia—. Aceptamos el sacrificio que nos impusiste. Borramos la memoria de lo que podría haber sido para salvar a nuestra primogénita. ¿No es suficiente precio?

Dios cerró sus ojos por un instante, y el loft pareció hundirse en un silencio sepulcral.

—La memoria es un pilar, Castiel —susurró Dios, y hubo una nota de pesar en Su tono que hizo que Tamara retrocediera un paso—. Al borrar ese recuerdo, crearon un vacío que está siendo llenado por una entropía que ni siquiera yo puedo controlar totalmente. El olvido que aceptaron fue una medicina que se convirtió en veneno. El Destino ha sido claro: las cosas no saldrán bien.




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