6) Good bye

CAPÍTULO CUATRO: AURORA

La noche en San Telmo no se retiró con amabilidad, sino que fue arrastrada por un alba grisácea que parecía cargar con el peso de todas las advertencias divinas que Luke aún no conocía, pero que ya sentía como una presión constante tras sus ojos. Tras aquel beso desesperado que selló su pacto de amor con Aurora, el mundo no se volvió más brillante; al contrario, las sombras en las esquinas de los edificios antiguos parecieron cobrar una densidad nueva, una malevolencia que observaba al hijo de Lucifer con un hambre ancestral. Luke no pudo dormir esa noche; cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Rubby aparecía entrecortado por estática, como una señal de radio que se perdía en la inmensidad del vacío cósmico, recordándole que su memoria era un territorio en disputa.

A la mañana siguiente, la escena se trasladó a una pequeña y acogedora cafetería en Palermo Soho, un refugio de madera gastada y aroma a grano recién molido que intentaba desesperadamente ocultar la tormenta que se gestaba en el éter. Luke observó a Aurora a través del vapor de sus tazas. Ella reía, un sonido ligero y melodioso que para él era más embriagador que cualquier promesa de redención celestial. Sin embargo, bajo la mesa, las manos de Luke temblaban levemente. No era solo el frío del amanecer porteño lo que lo perturbaba, sino la sensación de que su propia esencia —esa mezcla prohibida de linaje infernal y la gracia protectora con la que Tamara y Castiel lo habían envuelto— estaba siendo reclamada por fuerzas que él no podía controlar.

—Parece que estuvieras en otro planeta —le dijo Aurora, con sus ojos avellana brillando con esa curiosidad insaciable que a la vez lo salvaba y lo condenaba.

Ella estiró la mano y rozó sus nudillos, un contacto que en Luke provocó una punzada de dolor agudo en la base del cráneo, una advertencia de que el "borrado" solicitado por el Destino estaba empezando a filtrarse en la realidad.

—Estoy aquí, te lo prometo —mintió él, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado todo desde que te conocí.

La conversación fluyó con una normalidad engañosa. Hablaron de anécdotas triviales, como aquel perro callejero astuto que Aurora había visto esa mañana, pero en la mente de Luke, cada palabra era un tesoro que intentaba enterrar profundamente para que nadie pudiera robárselo.

Él sabía, aunque no comprendiera el "cómo", que su padre biológico, Lucifer, había escapado de su prisión y que su mera existencia era ahora una grieta por donde el caos comenzaba a supurar hacia Buenos Aires.

El drama se intensificó cuando el sol alcanzó su cenit. Luke se recostó en su silla, sintiendo que el tiempo se volvía espeso, como miel derramada. Sabía que no podía seguir ocultando la intensidad de lo que sentía, especialmente cuando sentía que las tijeras de la eternidad estaban listas para cortar su hilo.

—Aurora —comenzó Luke, y su voz adquirió una gravedad que hizo que el murmullo de la cafetería pareciera desvanecerse en un vacío distante—. Sé que lo que hemos construido es especial. Desde el primer día, algo cambió para mí. No era solo una atracción, era una necesidad de anclarme a algo real.

Aurora dejó de jugar con su taza y lo observó con una ternura que a Luke le desgarró el alma. Él no era un humano, y amarla significaba poner una diana sobre su cabeza. Su linaje como hijo del Diablo lo convertía en una aberración, pero en ese momento, rodeado por el sol de Palermo, solo quería ser el chico que ella creía que era.

—Estoy completamente enamorado de ti —declaró finalmente, y las palabras cayeron con el peso de una sentencia definitiva—. Pero quiero que seamos un "nosotros" oficial. Quiero que seas mi novia, que enfrentemos lo que venga juntos, aunque sea una locura.

El silencio que siguió fue cargado, casi insoportable. En planos superiores, Dios y el Destino observaban cómo este nuevo vínculo complicaba aún más el mapa estelar de las almas. La respuesta de Aurora fue un "sí" radiante que inundó a Luke de una alegría tan pura que casi le quitó el aliento, un triunfo efímero en medio de una trama que ya había decidido su final.

Sin embargo, la felicidad fue interrumpida por una vibración súbita en el aire. No fue un terremoto físico, sino un choque de voluntades. Luke sintió una mirada pesada sobre él; no era la de un extraño, sino la de sus protectores.

Tamara y Castiel, desde la distancia, acababan de percibir la formalización de este romance. Para ellos, la unión de Luke con una mortal no era una historia de amor, sino una vulnerabilidad catastrófica. La desaprobación de la Oscuridad y el Ángel vibró en la mente de Luke como una campana fúnebre, marcando el inicio de un conflicto familiar que amenazaba con ser tan sangriento como cualquier guerra entre el cielo y el infierno.

El dolor no comenzó en sus sienes, sino en el centro mismo de su alma, como si un hilo de seda incandescente estuviera siendo arrancado lentamente de un tejido demasiado frágil. Luke se detuvo en seco en medio de la calle Defensa, en el corazón de San Telmo, ignorando el flujo de turistas y bohemios que lo esquivaban con impaciencia.

El aire de Buenos Aires, cargado de humedad y del olor a café rancio de los bares antiguos, se volvió súbitamente irrespirable. Por un segundo, el cielo no fue azul profundo, sino una red de conexiones doradas y negras que vibraban con una frecuencia dolorosa. Él no era un humano común, y en momentos como ese, su herencia maldita se lo recordaba con la fuerza de un latigazo.

No era hijo de la Luz ni de la Oscuridad primordial, aunque Tamara y Castiel lo hubieran protegido bajo sus alas como si su sangre corriera por sus venas. Luke era el hijo de Lucifer, una "aberración" nacida del caos y la venganza, un ser que, según el Destino, nunca debió haber caminado sobre la tierra. Pero allí estaba, sintiendo cómo el recuerdo de Rubby, la hija biológica de sus protectores, quemaba en su subconsciente como una brasa que se negaba a morir.




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