La humedad de Buenos Aires no era solo un fenómeno climático aquella noche; era una entidad densa que se filtraba por las grietas del viejo loft en San Telmo, pegándose a las paredes como un sudario invisible.
Tras la partida furiosa de Luke, el silencio que quedó no fue un vacío, sino un peso físico que amenazaba con aplastar la esfera de luz que Castiel mantenía levitando en el centro de la estancia. Aquel orbe, que alguna vez pulsó con la alegría del amor recién descubierto, ahora emitía un resplandor errático, una luz azulada y temblorosa que proyectaba sombras alargadas y deformes sobre los rostros de sus dueños.
Castiel permaneció de pie, con la mirada perdida en la puerta de madera noble que aún vibraba por el portazo de Luke. Sus manos, forjadas para sostener espadas de fuego en las cortes celestiales, temblaban levemente a sus costados. Se sentía un impostor.
El eco de las palabras de Dios sobre la necesidad de borrar la mente de Luke resonaba en su conciencia como una campana fúnebre. ¿Cómo podía él, un ángel que había aprendido el sabor agridulce de la humanidad, ser el verdugo de la memoria de un joven que, aunque fuera el hijo de Lucifer, había sido su responsabilidad y su mayor afecto?
A su lado, Tamara no se movía. La Oscuridad primordial era una mancha de vacío absoluto contra el ventanal que mostraba las luces mortecinas de la costanera. Sus ojos, dos abismos que habían visto el nacimiento y la muerte de soles, estaban fijos en el horizonte, donde el Río de la Plata se confundía con la negrura del cielo.
—Es una lástima que esto tuviera que ser así —murmuró Castiel finalmente, y su voz sonó como el crujido de un pergamino antiguo.
—Cada vez que intentamos protegerlo, solo logramos que el abismo entre nosotros se ensanche.
Tamara se giró con una lentitud felina. Su mano rozó el brazo del ángel, un contacto que en otro momento habría sido un bálsamo de calidez, pero que ahora se sentía como el toque del hielo sobre una herida abierta.
—Fue necesario, Castiel —respondió ella, y su voz fluyó como un susurro gélido que parecía absorber el escaso calor de la habitación—. La verdad es insoportable para él, pero su felicidad momentánea con esa mortal no puede poner en riesgo la existencia misma. El equilibrio no conoce la piedad, solo la supervivencia.
Castiel asintió, aunque el dolor en su gracia era casi insoportable. Recordó el sacrificio del hijo que acababan de "olvidar" por orden divina para asegurar que Rubby siguiera existiendo. Era una espiral de renuncias. Cada vez que amaban, el universo les exigía una parte de su alma como pago.
Pasó un tiempo en aquel ambiente sombrío. La noche se cerró sobre la ciudad, y el loft se convirtió en un mausoleo de recuerdos prohibidos. Fue entonces cuando Tamara, cuyos sentidos estaban afinados a la disonancia del universo, percibió una perturbación en el éter. No era una llegada celestial, sino un rastro de energía humana cargado de una determinación suicida.
—Alguien viene —dijo ella, y sus ojos se entrecerraron.
—¿Luke? —preguntó Castiel con un asomo de esperanza que murió al instante.
—No es solo él. Hay una presencia... muy humana.
La aprensión de Castiel aumentó hasta volverse una presión física en su garganta. ¿Acaso Luke había cometido la locura de traer a Aurora a aquel lugar sagrado y peligroso? Unos minutos después, el golpe en la puerta confirmó sus temores. No fue un llamado angelical, sino un impacto firme, terrenal, cargado de la urgencia de alguien que no tiene nada que perder.
Castiel abrió la puerta y el aire de la noche entró de golpe, trayendo consigo el aroma de los jazmines y el olor a tormenta inminente. Allí estaban. Luke mantenía una expresión desafiante, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, pero sus ojos denotaban una mezcla de furia y una vulnerabilidad que le partió el corazón al ángel. A su lado, Aurora se veía pequeña, casi frágil en aquel entorno de entidades divinas, pero sostenía la mano de Luke con una resolución que sorprendió incluso a Tamara.
—Podemos hablar adentro —dijo Castiel, retrocediendo para dejarlos pasar, aunque por dentro sentía que estaba invitando a la tragedia a sentarse a su mesa.
Entraron en el loft. Aurora miró a su alrededor con una mezcla de curiosidad y un pavor instintivo. Sus ojos se posaron en la esfera de luz que flotaba en el centro de la habitación, detectando que aquello no era una lámpara, sino algo que desafiaba las leyes de la física que ella conocía. Luke la guio hacia el centro de la estancia, sin soltar su mano ni un segundo, como si ella fuera su único vínculo con la realidad.
—Hemos venido a hablar —sentenció Luke, y su voz resonó en las paredes del loft con una autoridad que recordaba, dolorosamente, a la de su padre biológico—. Y esta vez, ella estará aquí. Para que entiendan, de una vez por todas, lo que significa para mí.
Tamara, que permanecía inmóvil junto al diván, finalmente habló. Su voz no era hostil, sino de una neutralidad aterradora.
—Entendemos lo que significa para ti, Luke —dijo ella—. Es precisamente por eso que esta conversación es inevitable. Porque su amor por ella te ha cegado ante la magnitud de lo que eres y del peligro que atraes.
—¡No hay nada que hablar! —replicó Luke, su voz subiendo de tono hasta casi un grito—. Aurora y yo estamos juntos. Y no van a cambiar eso con sus discursos sobre el destino o el equilibrio.
Aurora, sintiendo que la temperatura del loft bajaba drásticamente ante la sola presencia de Tamara, apretó la mano de Luke.
—Luke, tal vez deberíamos escucharlos... —susurró ella, pero él la interrumpió con un gesto brusco de desesperación.
—¡No hay nada que entender, Aurora! —espetó Luke, volviéndose hacia ella—. Siempre es la misma historia. "Por el bien mayor", "por la supervivencia". Pero nunca es por mi bien. Nunca es por lo que yo deseo.
Castiel dio un paso adelante, intentando que su luz fuera lo más reconfortante posible para la mortal, aunque sabía que el mensaje que debía entregar era un veneno.
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Editado: 12.05.2026