6) Good bye

CAPÍTULO DOCE: LA LÓGICA DEL SACRIFICIO

El loft de San Telmo no solo se sumió en un silencio gélido; se convirtió en una cripta donde el tiempo mismo parecía haberse detenido, asfixiado por el peso de una verdad que no cabía en las dimensiones finitas de la comprensión humana.

El aire, que momentos antes vibraba con la electricidad de una confesión romántica y la promesa de un futuro, ahora se sentía como mercurio líquido en los pulmones de Castiel. Cada inhalación le recordaba que era un ser forjado para la eternidad, pero su corazón, ese órgano metafísico que había aprendido a latir por amor a la Oscuridad, se contraía con una agonía que ningún demonio del foso podría haber diseñado.

La esfera de luz que Castiel había creado, aquel orbe que segundos antes bailaba con la euforia de una nueva vida, comenzó a languidecer. Su brillo dorado, que solía ser un faro de esperanza y devoción, se transformó en un resplandor tenue y mortecino, proyectando sombras alargadas y distorsionadas sobre las paredes de ladrillo visto y los muebles de madera noble.

Era el reflejo exacto de la psique del Ángel del Señor: una supernova que se colapsaba sobre sí misma, dejando tras de sí un agujero negro de desesperación. Las lágrimas, esas perlas de gracia líquida tan raras en un guerrero celestial, se acumularon en sus ojos azules, cristalizando la devastadora paradoja que acababa de caer sobre él. La noticia del embarazo de Tamara, que en cualquier otro rincón de la creación habría sido el milagro supremo, se revelaba ahora como una condena de muerte envuelta en pañales de seda.

Tamara permanecía inmóvil, observándolo con una fijeza que trascendía los eones. En sus ojos, pozos de nada primordial donde las estrellas aún no habían nacido, no había rastro de la sorpresa que consumía a Castiel. Había una melancolía tan profunda que parecía absorber la escasa luz que quedaba en la estancia. Ella había sentido la verdad desde el primer instante en que esa chispa de vida —una amalgama imposible de luz angelical y vacío absoluto— comenzó a tejerse en su interior. Los hilos del Destino, las advertencias resonantes de su hermano, Dios, y la creciente fragilidad de la estructura universal confluían en un solo punto doloroso: su alegría por este nuevo ser era un lujo que el universo simplemente no podía permitirse.

Con una lentitud felina y solemne, Tamara se acercó a Castiel. El Ángel del Señor ni siquiera se movió; estaba petrificado por la imagen mental de un niño que nunca llegaría a conocer, un hijo cuya existencia era, por definición, un acto de guerra contra la realidad. Tamara extendió su mano y la posó sobre la mejilla de Castiel. Su toque, habitualmente frío como el espacio exterior pero reconfortante para él, se sintió en ese momento como un ancla en medio de un naufragio cósmico.

—Lo sé, Castiel —susurró ella, y su voz no fue un sonido, sino un eco que vibró directamente en la gracia del ángel, cargado de una comprensión que no necesitaba palabras—. Lo sé. La alegría fue... breve. Tan breve como el parpadeo de una estrella que muere antes de nacer.

Castiel parpadeó, y las lágrimas finalmente rodaron por su rostro, trazando surcos de fuego sobre su piel humana. Su voz, cuando logró articular palabra, fue un jadeo roto, el lamento de un ser que había servido al Orden durante eones solo para descubrir que el Orden era su enemigo más implacable.

—No lo entiendo, Tamara. ¿Cómo podemos... cómo podemos siquiera considerar esto? —preguntó él, y en su mirada había una súplica de clemencia dirigida a un Cielo que sabía que estaba en silencio—. Es un hijo. Es nuestro hijo. La prueba física de que lo que sentimos no es un error, sino una nueva forma de creación.

Tamara sostuvo su mirada, y por un instante, la máscara de la Oscuridad se agrietó para revelar una tristeza infinita.

—Es la inevitable consecuencia de nuestro amor, Castiel —respondió ella, y cada palabra caía con el peso de una losa funeraria—. Nuestra unión desafía las leyes primordiales sobre las que se asienta el todo. La Luz y la Oscuridad no deben mezclarse de esta manera sin que el universo exija un pago equivalente. Rubby ya fue una anomalía. Una hermosa, radiante y terrible anomalía, sí. Pero la presencia de otro ser nacido de nuestra unión... en este preciso momento, con la balanza tan precaria, con Lucifer libre y tejiendo su propio caos desde las sombras de Los Ángeles... es simplemente impensable.

Castiel cerró los ojos con fuerza, intentando bloquear la lógica de Tamara, pero las palabras de ella eran como dagas de obsidiana que se clavaban en su razón. Ella no hablaba desde el despecho o la falta de afecto; hablaba desde la esencia misma de la supervivencia.

—Piensa en lo que ha dicho el Padre, Castiel —continuó ella, su voz adquiriendo un matiz de pesar que él rara vez había escuchado—. Las disonancias aumentan. La existencia misma se desgarra por las costuras. La memoria de Luke, el hijo de Lucifer, ha de ser borrada porque su solo recuerdo de Rubby es un punto focal de inestabilidad que atrae la entropía. ¿Qué crees que le haría al tapiz de la realidad la existencia de otro híbrido, otro nudo de contradicciones, en medio de este caos?

Castiel se apartó de ella un paso, tambaleándose como si hubiera recibido un golpe físico. La imagen de la felicidad que había proyectado en su mente minutos antes —una familia, una vida de paz en Buenos Aires, lejos de las trompetas del juicio— se desvanecía como arena entre sus dedos.

—Pero, ¿por qué? ¿Por qué esta vida si no es para ser vivida? —preguntó Castiel, y su lamento resonó en los rincones más oscuros del loft—. Si el universo está tan desequilibrado, ¿no es acaso una señal de que las viejas leyes ya no sirven? ¿No podría ser este niño el anuncio de una nueva era donde la Luz y la Oscuridad puedan coexistir de una forma que nunca antes imaginamos?

Tamara negó con la cabeza, su silueta recortada contra la luz tenue del ocaso porteño que se filtraba por el ventanal.




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