6) Good bye

CAPÍTULO TRECE: LA VISIÓN DEL FUTURO PERDIDO

El peso de la decisión de renunciar a su segundo hijo se asentó sobre los hombros de Castiel con la contundencia de una sentencia de muerte dictada en los tribunales del Séptimo Cielo. En el loft de San Telmo, el aire se había vuelto una sustancia densa, una bruma de melancolía que parecía apagar incluso el brillo de la esfera de éter que el Ángel del Señor mantenía levitando en el centro de la estancia.

Las lágrimas que habían surcado el rostro de Castiel se secaron, dejando tras de sí un rastro de sal y de una resolución pétrea que lo hacía parecer más una estatua de mármol que un ser de carne y hueso. A su lado, Tamara, la encarnación de la Oscuridad, permanecía como un ancla en medio de la tormenta; su mano, fresca y firme, seguía posada sobre la mejilla de su ángel, compartiendo un dolor que trascendía los límites de lo humano y lo divino.

Ambos sabían que la decisión era el único camino posible para proteger la existencia de Rubby y evitar que el tapiz de la realidad se desintegrara bajo el peso de una nueva paradoja híbrida. Sin embargo, aceptar la lógica no significaba silenciar el lamento de la vida que ya empezaba a latir en el vientre de la Oscuridad.

—Tenemos que irnos de aquí, Castiel —susurró Tamara, y su voz fue un bálsamo suave, una invitación a buscar un refugio donde el ruido de Buenos Aires no pudiera alcanzarlos.

El loft, con sus paredes impregnadas del eco de la revelación de Dios y la amarga purga de la esperanza, se había vuelto un lugar asfixiante.

Castiel asintió, con la mirada aún perdida en la luz moribunda de su propia gracia.

—Sí. Lejos del ruido. Lejos de este recordatorio constante de lo que no puede ser —respondió él, envolviendo a Tamara en sus brazos en un abrazo que era, a la vez, una súplica y un juramento.

En un parpadeo de luz blanca y pura, la realidad del loft se disolvió. No hubo un desplazamiento físico, sino una trascendencia de las dimensiones. Se materializaron en el santuario personal de Castiel, un refugio que el ángel había tejido con los hilos de su propia gracia y sus recuerdos más antiguos, ubicado en los confines mismos de la existencia.

Allí, el tiempo no transcurría según las leyes de la Tierra; el espacio era una vasta catedral sin muros, donde las paredes parecían compuestas de nebulosas fluctuantes que emitían una luz tenue y reconfortante. El silencio era absoluto, un vacío sagrado que solo era interrumpido por la vibración casi imperceptible de sus propias esencias de Luz y Oscuridad fusionándose en aquel rincón olvidado del cosmos.

Tamara observó el lugar con una curiosidad melancólica. Su esencia de Oscuridad se mezcló con la luz ambiental, creando una armonía visual de sombras plateadas. Comprendió de inmediato que este era el sitio donde Castiel se retiraba a meditar sobre las órdenes de su Padre y a procesar las heridas de su larga servidumbre.

Castiel la soltó lentamente, pero sus manos buscaron las de ella, entrelazando sus dedos con una fuerza desesperada. Sus ojos, azules como el corazón de una estrella moribunda, se clavaron en los abismos insondables de Tamara.

—Hay algo que quiero mostrarte —dijo Castiel, y su voz portaba una solemnidad que Tamara reconoció como el preludio de un sacrificio ritual—. Una visión. Un futuro que pudo haber sido. Un futuro que, por el bien de todo lo que amamos, estamos obligados a asesinar en nuestra propia memoria.

Tamara no respondió; no era necesario. Sabía que Castiel necesitaba este acto de luto metafísico para poder aceptar la inminente renuncia. Ella se permitió ser la espectadora de la mayor de las tentaciones: la visión de una felicidad prohibida.

Castiel cerró los ojos y proyectó su voluntad hacia el vacío del santuario. Dejó que su gracia fluyera hacia afuera, tejiendo la luz y la sombra como si fueran hilos de seda. Las nebulosas etéreas comenzaron a condensarse, cobrando formas vibrantes que flotaban en el aire como hologramas de una realidad alternativa. No eran meras ilusiones, sino proyecciones de una probabilidad real, un futuro que se ramificaba desde su presente y que latía con una belleza que dolía.

La primera imagen que emergió de la bruma estelar fue la de un bebé. Era pequeño y estaba envuelto en una luz suave que parecía danzar en perfecta sintonía con las sombras que lo rodeaban. Castiel sintió una punzada de agonía en el núcleo de su ser al ver que el niño poseía sus propios ojos —de un azul cósmico— pero mantenía la quietud y la profundidad imperturbable de Tamara. Era un híbrido, una paradoja viviente que, en la visión, dormía plácidamente, con sus pequeños dedos aferrados a un fragmento de luz pura mientras Tamara lo acunaba con una ternura que el mundo real nunca conocería.

La visión avanzó con la fluidez de un río. El bebé creció ante sus ojos. Pronto fue un niño pequeño de cabello castaño oscuro, idéntico al de su madre, que corría riendo por campos de flores etéreas dentro del santuario. Su risa era una melodía que llenaba el vacío del cosmos con una alegría que Castiel nunca había sentido en los coros celestiales. La visión mostraba a Castiel levantando al niño en vilo, susurrándole palabras de amor y devoción, libre de las cadenas de su Padre y de las amenazas de Lucifer.

Vieron escenas de una vida familiar idílica. El niño aprendía a usar sus dones, canalizando la gracia de Castiel para crear pequeñas auroras boreales y abrazando las sombras de Tamara para encontrar descanso en el vacío. Los tres exploraban los confines de universos desconocidos, moviéndose como una unidad inquebrantable, un faro de armonía en la vastedad de la existencia. En una de las escenas más desgarradoras, el niño aparecía sentado entre sus padres, con la cabeza apoyada en el regazo de Tamara mientras Castiel le leía cuentos sobre la creación de las estrellas, una escena de paz y "normalidad" que el Ángel del Señor había anhelado durante eones.

La presencia de este nuevo hijo era un bálsamo, un centro que los unía de una manera que ni siquiera Rubby había logrado debido a las constantes guerras que rodearon su nacimiento. El niño creció hasta ser un joven sabio y poderoso, una amalgama perfecta de Luz y Oscuridad, capaz de navegar entre los extremos sin que el universo se quebrara a su paso. La felicidad en los rostros de Castiel y Tamara en esa visión era tan absoluta que resultaba casi insoportable de contemplar.




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