6) Good bye

CAPÍTULO CATORCE: LA SÚPLICA SILENTE

El santuario etéreo de Castiel, aquel refugio tejido con hilos de luz de estrellas y silencios milenarios, se había transformado en un crisol donde el dolor y la resignación se fundían en una sustancia densa, casi irrespirable. La visión del futuro perdido que habían presenciado minutos antes —aquel hijo de ojos cósmicos que nunca llegaría a ser— se había grabado a fuego en la esencia misma de Tamara y del Ángel del Señor. Ya no quedaba espacio para las dudas ni para los anhelos humanos de una vida normal; la lógica implacable del sacrificio se erguía ahora entre ellos como un monumento sombrío, un recordatorio de que, en la arquitectura del universo, su amor era una grieta que debía ser sellada con la renuncia más amarga.

Tamara, la Oscuridad primordial, permanecía de pie en el centro de aquella catedral sin muros, rodeada de nebulosas fluctuantes que emitían un resplandor plateado. En aquel lugar, donde el tiempo no fluía como en las calles de Buenos Aires, ella sintió, con una claridad que la desgarró por dentro, el pequeño latido en su interior.

Era un pulso rítmico, apenas perceptible, pero innegablemente presente; una chispa de vida que era la amalgama imposible de su vacío y la gracia de Castiel. Aquella promesa de existencia, que ya había aprendido que no vería la luz plena del día, latía con una inocencia que Tamara sintió como una acusación. La tristeza, una emoción que solía serle ajena y pesada, la envolvió por completo, recordándole que incluso la Nada puede sentir el peso de lo que se le arrebata.

Se separó suavemente de Castiel, quien seguía sumido en su propia tormenta de melancolía, con los ojos fijos en el espacio vacío donde la visión del niño corriendo por campos etéreos se había desvanecido. Tamara lo observó durante un segundo que pareció durar eones. Su corazón —en la medida en que una entidad primordial puede poseer uno— dolía por él. Sabía que esta pérdida era una mutilación mucho más profunda para Castiel, un ser forjado para la luz y la creación de vida, que, para ella, cuya naturaleza siempre había sido el final y el silencio.

—Castiel —susurró Tamara, y su voz fue una nota discordante en la quietud absoluta del santuario—. Debo hacerlo. Ahora.

Castiel parpadeó, sacudiéndose los restos de un sueño que ya era ceniza, y la miró con una expresión de dolorosa comprensión. Sus alas invisibles, cargadas de remordimiento, parecieron agacharse ante la inminencia del acto.

—¿Estás segura, Tamara? —preguntó él, y su voz fue un hilo roto—. No tiene que ser... No tiene que ser en este preciso instante.

—No hay otro momento —respondió ella con una firmeza que ocultaba la agonía que le recorría la esencia—. Cuanto más tiempo permanezca esta vida en mí, más fuerte se volverá su hilo en el tapiz. Se arraigará a mi propia existencia, y entonces la separación no será solo un sacrificio, sino una destrucción que nos llevará a todos con ella. El universo no puede esperar, Castiel. Lucifer, en su odio, no esperará.

Un escalofrío de resignación recorrió la gracia de Castiel. Sabía que ella tenía razón. La lógica fría y desapasionada que siempre había admirado en la Oscuridad era ahora la espada que cortaba directamente a través de su propio corazón angelical. Se quedó allí, como un testigo mudo, mientras Tamara se preparaba para el acto final de su breve maternidad.

Tamara cerró los ojos, concentrando toda su voluntad en el pequeño latido. Aquella vida era una paradoja viviente: una chispa que desafiaba las leyes primordiales de su hermano. No era una existencia que pudiera simplemente desvanecerse en el aire o ser ignorada; era una energía pura que necesitaba un camino de regreso, un retorno a la fuente original para no dejar una cicatriz de entropía en el éter.

Su mano se posó con una delicadeza infinita sobre su propio vientre. No fue un gesto de protección materna, sino de despedida solemne.

—Debo dejarlo ir —susurró Tamara, y por primera vez, sus palabras no iban dirigidas a Castiel ni a su hermano, sino a la pequeña vida que apenas comenzaba a formarse—. Por el bien de tu hermana Rubby. Por el bien de todo lo que respira.

Una lágrima, una rara perla de emoción pura y dolorosa, se deslizó por la mejilla de la Oscuridad. Brilló bajo la luz de las nebulosas antes de disolverse en el aire, evaporándose antes de tocar el suelo del santuario. Era la despedida de una madre, un acto de amor que trascendía su propia naturaleza de vacío absoluto.

Tamara levantó la vista hacia el espacio infinito y sin límites que la rodeaba. Elevó su esencia, expandiéndola más allá de las paredes de cristal del santuario, no en una súplica audible que los oídos humanos pudieran captar, sino en una resonancia de pura intención que atravesó las dimensiones hasta llegar al centro mismo de la creación. Fue un eco de su voz que, en realidad, era la misma voz de la arquitectura del cosmos.

—Hermano —resonó la llamada de Tamara en el éter, una súplica que solo el Creador, Dios, podía escuchar en toda su magnitud—. He tomado la decisión. Por el bien de la creación que tú mismo tejiste. Por el bien de Rubby.

La súplica era directa, despojada de cualquier artificio o adorno. Ella no pedía piedad para sí misma, ni una reconsideración del Destino que ya los había sentenciado. Tamara pedía una acción, una intervención divina que fuera el golpe de gracia para su propia esperanza.

—Este nuevo ser, esta vida que ha brotado del encuentro prohibido entre la Luz y la Oscuridad, no puede permanecer en el tapiz de la existencia —continuó la resonancia de Tamara, y sus palabras eran como dagas de luz en la mente de Castiel—. Su sola presencia aumentará la disonancia y alimentará un caos que tu creación no tiene la fuerza para soportar.

Para Castiel, escuchar a Tamara articular la misma lógica que él había intentado procesar era una tortura insoportable. Era ver la realidad desnuda, sin el velo del romanticismo con el que a veces intentaba protegerse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.