6) Good bye

CAPÍTULO QUINCE: LA CARICIA DEL OLVIDO

Tamara, la Oscuridad, mantenía su mano sobre su vientre, la súplica de su esencia resonando en el éter, una despedida silente a la vida que había comenzado a gestarse. Castiel, sumido en un abismo de dolor, la observaba, cada segundo de espera era una tortura.

De pronto, el silencio se rompió. No fue con una voz atronadora, ni con un destello cegador. En cambio, una onda de calidez infinita barrió el espacio, una caricia de la Luz que era familiar y a la vez sobrecogedora. No era una presencia física, sino una resonancia que llenaba el santuario, una confirmación de que Dios había escuchado.

La voz de Dios, omnipresente y omnisciente, se manifestó directamente en la conciencia de Castiel y Tamara, no con palabras, sino con un flujo de comprensión.

He escuchado tu súplica, Hermana.

Una profunda tristeza emanó de la presencia divina, una tristeza que parecía abarcar eones de creación y destrucción.

Y he sentido tu dolor, Ángel. Y el tuyo, Oscuridad. Vuestro amor ha creado una paradoja, sí. Pero también una conexión, una fuerza que no esperaba.

La esencia divina se cernió sobre Tamara, una luz suave envolviendo su forma, pero sin un toque físico.

Castiel sintió una punzada de alivio mezclada con una profunda melancolía.

La vida que ha comenzado en ti, Hermana, será reintegrada. Su energía volverá a la fuente, a la Luz de donde emana todo. Será un regreso pacífico, sin sufrimiento. Una quietud antes de la existencia plena.

Una ola de energía, suave como un susurro, se extendió desde Dios hacia Tamara. Castiel observó, con el corazón encogido, cómo la pequeña, casi imperceptible, luz dentro de Tamara comenzaba a atenuarse. No era una desaparición violenta, sino una disolución gradual, como si la energía de esa vida se diluyera lentamente, reintegrándose en la vasta esencia divina.

Tamara cerró los ojos, un suspiro apenas audible escapó de sus labios. Su mano se aferró a la de Castiel. La conexión, el pequeño latido, la promesa de esa vida, se desvanecía. Sentía la ausencia, el vacío que dejaba, pero también una extraña paz al saber que su hijo no sufriría. Era la despedida definitiva, un acto de amor incomprensiblemente doloroso.

La presencia de Dios se centró en Castiel, una ola de empatía.

Ángel. He visto tu corazón. Tu dolor es inmenso. Y el tuyo, Oscuridad. Por el sacrificio que han hecho, por la decisión de proteger el equilibrio, por el bien de su primera hija, Rubby... no los impondré el olvido esta vez.

La voz divina resonó con una promesa.

Este recuerdo, el de esta vida que se ha ido, no será borrado por mi mano. Lo conservaran. Este dolor será suyo. Esta elección será la suya. Recordarán el sacrificio que han hecho.

La revelación de Dios dejó a Castiel aturdido. ¿No borrar el recuerdo? La noticia fue un shock, una mezcla de alivio y una nueva capa de dolor. Recordarían. Recordarían esta pérdida, esta decisión, esta vida que se había ido. Era una carga inmensa, una que no esperaba.

La presencia de Dios comenzó a disiparse lentamente, la calidez se retiraba, y el santuario volvió a su silencio habitual. La luz de Castiel, que había parpadeado con la intensidad del dolor, ahora se mantuvo, una constante melancolía que teñía el espacio.

Castiel miró a Tamara, sus ojos llenos de una pregunta tácita. El recuerdo. Podrían conservarlo. Podrían recordar cada momento de la breve existencia de su segundo hijo, desde la concepción hasta la despedida.

La promesa de Dios era un regalo envuelto en dolor.

Tamara, sus ojos insondables, asintió lentamente. Ya había sentido la oferta, la comprensión de Dios.

—Podemos recordarlo, Castiel —susurró Tamara, su voz era un hilo tenue—. Cada momento. Cada alegría, cada promesa. Cada dolor.

Castiel se acercó a ella, sus manos se posaron en sus hombros, buscando su mirada. El dolor en su ser era casi insoportable. Recordarían el pequeño latido, la visión del futuro. Recordarían la alegría efímera y la desolación de la pérdida.

—Pero, Tamara —dijo Castiel, su voz se quebraba—. Si lo recordamos... este dolor no se irá. Esta pérdida no se irá. Nos perseguirá. Será una herida constante. ¿Cómo podremos sanar? ¿Cómo podremos... seguir?

Tamara cerró los ojos por un instante, y un suspiro profundo escapó de ella.

—Es el precio de nuestro amor, Castiel. El precio de la paradoja. Pero también, es la verdad. Y la verdad, aunque dolorosa, es mejor que una falsedad. O eso es lo que siempre he creído.

Sin embargo, en su esencia, Tamara sintió la magnitud de lo que significaría recordar. El dolor sería una sombra constante, un recordatorio perpetuo de lo que habían sacrificado. El universo necesitaba estabilidad. Y ellos, a pesar de la bendición de Dios, necesitaban también encontrar un camino hacia la paz.

Una decisión se formó en la mente de Tamara, una que iba más allá del don de Dios, una que era una elección de su propia voluntad. Miró a Castiel, sus ojos llenos de una resolución inquebrantable, pero también de una profunda compasión por el sufrimiento de su amado.

—Pero, Castiel —comenzó Tamara, su voz más firme—, aunque tengamos el derecho a recordar, ¿es lo correcto para nosotros? ¿Para Rubby? ¿Para nuestro futuro?

Castiel la miró, confuso.

—¿Qué quieres decir?

Tamara tomó las manos de Castiel, sus dedos entrelazados con los suyos.

—El Padre nos ha dado una elección. Ha reconocido nuestro sacrificio. Pero la carga de este recuerdo... será pesada. Será una sombra que podría impedirnos avanzar. Podría impedirnos concentrarnos en lo que realmente importa: proteger a Rubby. Y mantenernos a salvo el uno del otro —Su mirada se fijó en los ojos de Castiel, una súplica silenciosa—. Necesitamos estar fuertes. Necesitamos estar enfocados. Si este dolor nos persigue, si esta pérdida constante nos atormenta, ¿cómo podremos enfrentar a Lucifer? ¿Cómo podremos asegurar el futuro de Rubby? ¿Cómo podremos encontrar la paz, incluso en nuestra unión?




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