60 veces por minuto

Prólogo

Poco más de un año después:

 

Ni siquiera llevo una semana trabajando y ya he tenido que pedir que me sustituyan en el supermercado. ¿La excusa que me había inventado? Que mi abuela, la cual había fallecido cuando yo tenía cinco años, había muerto. Y todo era porque la verdadera razón no pensaba compartirla con el mundo, ni con nadie. La realidad era que tenía que ir a la cárcel a ver a mi padre, a mi maldito padre a quien le habían dado una paliza de muerte y estaba en verdadero peligro de recibir otra. Increíble ¿verdad? Si hace unos años me hubiesen dicho que iría a verle, habría acabado llorando, incluso haciéndome pis en los pantalones de tanto reírme.

No era demasiado agradable esa idea en mi mente, ir a verle era algo de lo más impensable para mí, pero la vida da muchas vueltas. Y allí estaba yo, sentada en mi coche, mentalizándome para salir de mi lugar seguro para encontrarme con un hombre que, con tan sólo mirarle, hacía que me entrasen ganas de vomitar. Pero eso no quitaba que fuese mi padre; lo único que me quedaba, él era todo lo que tenía, aunque él también era la razón de que eso fuese cierto.

Puse el seguro a mi auto haciendo que las luces parpadeasen brevemente y comencé a caminar sintiendo los nervios invadir a cada paso mi cuerpo. Primero mi respiración acelerada, la boca entreabierta en busca de aire, mis manos algo sudorosas y finalmente el rechistar de mis dientes fueron las señales de mi inseguridad frente a la idea de encontrarme con el engendro del demonio cara a cara. Jamás había estado tan nerviosa en mi vida y no era para menos.

 

 

(...)

 

 

Tras unos minutos esperando, sentada sin nada más que hacer que tratar de controlar mis nervios, la puerta por la que salían los presos se abrió haciéndome mirar en esa dirección, el lugar en el que estaba mi padre, o lo que podía ser de él después de que estuviese recubierto por un montón de moratones y cortes en el rostro.

Un guardia le quitó las esposas indicándole a dónde debía dirigirse y justo en ese momento, nuestras miradas se encontraron. Inmediatamente reconocí al hombre que me había criado, al hombre que me enseñó a montar en bicicleta, el que me enseñó leer, pero también a la persona que era ahora y al hombre que me había arrebatado lo más preciado que jamás había tenido y tendré en lo que me queda de vida.

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral al pensar en aquello mientras luchaba por no devolver lo que había cenado la noche anterior. Oía sus pasos acercarse cada vez más al lugar donde me encontraba, mis nervios a flor de piel me hacían estar alerta a todo, pero había algo que me tranquilizaba, una pared acristalada que me separaba de él, me separaba de la persona que ahora era y no del hombre que había sido. 
Una sonrisa fría y totalmente fingida se espació en sus labios haciendo, si era posible, aún más incómoda y difícil la situación.

Dado que no podíamos oírnos ni comunicarnos por el obstáculo que teníamos frente a nosotros, descolgamos un teléfono que teníamos ambos a cada lado del cristal.

Oí un largo e incomprensible suspiro de su parte.


—Hola Abril —me saludó de forma seca, incluso para él, mientras que mi mente se distraía fijándose en cada herida de su rostro analizando los daños. Lucía horrible y se debía de sentir mucho peor, lo que me hacía sentir ligeramente mala persona, pero no me desagradaba del todo puesto que era lo menos que se merecía tras destrozar a mi familia.

 

Hubo tantas veces que me sentí culpable por sus actos, me había arrebatado tanto tiempo y llanto, que llegó un momento en el que no podía echar más culpas a mi espalda y me di cuenta de quién era el verdadero responsable. Él me hizo la persona más insegura de este planeta, algo que tan sólo pude ir reparando años después de que él estuviese encerrado. Me lo arrebató todo, así que no, no me sentía tan mal al verle con unos moretones.


—Hola, Javier —dije en respuesta atreviéndome, después de mucho tiempo, a mirarle fijamente a los ojos. Era el primer cara a cara que teníamos en tres años, aunque si por mi fuese, no le hubiese ido a ver en lo que me quedaba de vida.

 

Una media sonrisa, de lo más siniestra, se dibujó en sus labios al escucharme, sin embargo, me mantuve implacable, prohibiéndome que cualquier mueca le delatase mi estado de ánimo, mucho menos el daño que me hacía verle.


—Hubo una época en la que me llamabas papá, pequeña —dijo, haciendo imposible que mis ojos disimulasen la sorpresa al escucharle.



Maria Rihers

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Editado: 18.05.2018

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