Tras ese encuentro incómodo en la habitación, todos empezaron a acomodar sus cosas en los muebles de la habitación, Kaelen se ofreció inmediatamente a ayudarme con mis cosas , me acompaño a su vestidor y hizo un espacio entre sus cosas para poder acomodar mis cosas en el vestidor de Kaelen y poco a poco me empezó a ayudar a ordenar mis cosas En el vestidor . Tras terminar de poner todas mis cosas en orden en el vestidor de Kaelen, el se dirigío a ayudar a los otros chicos y yo fui a mi lugar seguro con Daishi el cual estaba acompañando sus libros y ropa en un pequeño mueble de madera , me senté en el suelo y empezamos a desempolvar todos su libros y acomodar mientras platicábamos y reíamos de cómo habíamos terminado en esta situación, a ambos nos daba alegría tenernos los dos.El aire allí dentro sabía a ceniza y hollín. Las paredes de piedra negra, grabadas con runas antiguas que anulaban nuestro poder, se elevaban hacia un techo altísimo que se perdía en las sombras. A pesar de ser una habitación enorme, un salón cavernoso de proporciones monumentales, el espacio se sintió extrañamente restrictivo para contenernos. Era apenas el primer día de aislamiento y nos estábamos adaptando al lugar; toda la academia había entrado en el mismo protocolo de prevención. El olor a azufre flotaba en el ambiente mientras nos instalábamos, marcando el inicio de un largo periodo de observación.A lo largo del ala izquierda del salón, esparcidos para mantener la distancia recomendada, los siete que gobernaban las debilidades del hombre intentaban mantener la formalidad mientras acomodaban sus pertenencias en los camastros de paja. El primero de ellos, el más arrogante, sacudió el polvo de su túnica con parsimonia y se sentó con la espalda recta en una esquina remota, manteniendo una postura impecable para demostrar que el encierro no afectaba su dignidad. Otro organizó en silencio sus pertenencias más valiosas alrededor de su litera; acomodó con recelo los cuencos de agua limpia que nos habían asignado, mirándonos de reojo a través de la enorme distancia de la sala para asegurarse de que nadie tocara sus cosas en este nuevo espacio. Un tercero caminó de un lado a otro midiendo el inmenso perímetro, examinando los pilares de roca con los nudillos para evaluar la estructura de nuestra nueva estancia.Lejos de ellos, cerca de la pesada puerta de hierro fundido que resguardaba la única salida, el mestizo oriental—el heredero de aquel temible general del este—descargó sus bártulos con una lentitud ceremonial. Aprovechó la amplitud del lugar para ganar privacidad e intentó mantener una postura marcial estricta, tal como dictaban las costumbres de su línea de sangre. Su respiración pausada resonó con un sutil eco en el techo abovedado mientras se acomodaba en el suelo para iniciar su meditación diaria. Su disciplina se mantuvo intacta en esas primeras horas, utilizando la concentración para sobrellevar la monotonía del aislamiento preventivo.Y luego estaba yo.La hija de Lucifer camine con paso firme por el centro de la gran habitación, supervisando el orden de nuestro confinamiento. La sangre del mismísimo Rey del Infierno corría por mis venas, otorgándome una autoridad natural que se imponía en toda la habitación. Los observé fijamente a cada uno desde la distancia, mostrando una expresión serena y distante que denotaba su responsabilidad en esta situación. Yo fui quien organizó la distribución de los suministros que habían llegado hace unos momentos por debajo de la puerta y les asignó los cuadrantes correspondientes para asegurar que se cumplieran las normas de la academia. Me convirtió en la encargada de mantener el control en ese primer día, y sus ojos delataron que estaba decidida a mantener la paz en el grupo, sin importar el tiempo que debiéramos permanecer resguardados.
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Editado: 27.08.2026