Hospital Psiquiátrico
Años antes del secuesto
Hora: 04:16 P.M.
Amaia
Había algo extraño en la manera en la que las personas describían un lugar antes de conocerlo.
Para algunos, un hospital psiquiátrico era una prisión disfrazada de institución médica. Un edificio lleno de personas peligrosas encerradas detrás de puertas metálicas, esperando una oportunidad para escapar y hacerle daño a alguien. Para otros, era un lugar de desesperanza; un sitio donde las familias dejaban a aquellos que ya no podían comprender y donde los pacientes se convertían únicamente en diagnósticos escritos sobre una hoja de papel.
Yo nunca lo vi de esa manera.
Al menos, no al principio.
Para mí, era un lugar lleno de historias incompletas. Cada habitación guardaba una vida que había tomado un camino diferente al esperado. Cada paciente tenía una razón detrás de sus acciones, incluso aquellos cuyas acciones parecían imposibles de justificar. Desde que decidí estudiar psiquiatría, siempre había tenido esa necesidad casi irracional de comprender aquello que los demás rechazaban.
La mente humana siempre me había parecido el lugar más peligroso y fascinante del mundo.
Un cuerpo podía mostrar heridas visibles, pero la mente era capaz de esconderlas durante años hasta convertirlas en algo completamente diferente.
Quizás por eso acepté trabajar allí.
O quizás porque, en el fondo, siempre había sentido curiosidad por las cosas que provocaban miedo en los demás.
El problema con la curiosidad era que muchas veces olvidábamos que algunas puertas, una vez abiertas, no podían cerrarse con facilidad.
Y la puerta de Damien Ferrer era una de ellas.
El sonido de mis tacones resonaba suavemente sobre el suelo blanco del pasillo mientras avanzaba hacia mi oficina con una taza de café entre las manos y una carpeta llena de documentos apoyada contra mi pecho. El hospital ya llevaba varias horas despierto. Las enfermeras intercambiaban información sobre los pacientes del turno nocturno, los médicos revisaban expedientes y algunos internos caminaban con esa expresión agotada de quienes todavía no habían terminado de acostumbrarse a la realidad de trabajar en un lugar como aquel.
Era curioso.
Afuera, el mundo seguía funcionando con normalidad. Las personas salían a trabajar, llevaban a sus hijos al colegio, discutían por problemas insignificantes y se quejaban del tráfico.
Mientras tanto, dentro de aquellas paredes, algunas personas luchaban contra sus propios pensamientos.
Me detuve frente a la máquina de café cuando escuché mi nombre.
—Doctora López.
Giré ligeramente la cabeza y encontré a uno de los médicos del turno de mañana observándome con una expresión divertida.
—Buenos días.
—¿Otra sesión con Ferrer?
La pregunta llegó acompañada de una sonrisa incómoda y no me sorprendió.
Desde que acepté ese caso, Damien Ferrer se había convertido en una especie de leyenda dentro del hospital.
Todo un tema de conversación.
—Sí —respondí mientras tomaba otro sorbo de café.
El médico soltó un suspiro.
—Nunca entenderé cómo puedes entrar ahí dentro con tanta tranquilidad.
Bajé la mirada hacia la carpeta que llevaba conmigo. En la portada aparecía su nombre.
Damien Ferrer.
Dos palabras capaces de cambiar completamente la expresión de cualquier persona que las leyera.
—Es un paciente, no un monstruo.
La frase salió de mi boca antes de que pudiera pensarlo.
Él me observó durante unos segundos.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Todos los que han intentado verlo de esa manera terminan olvidando lo que hizo.
Guardó silencio antes de continuar.
—Amaia, no estoy diciendo que no sea una persona porque lo es, pero también es alguien extremadamente peligroso. No confundas comprenderlo con justificarlo.
Sus palabras permanecieron conmigo incluso después de que se marchara porque esa era precisamente la línea que intentaba no cruzar.
Comprender. No justificar.
Analizar. No acercarme demasiado.
Ayudar. No involucrarme.
Eran reglas sencillas o al menos en teoría.
Esta ala del hospital siempre parecía pertenecer a otro mundo.
Los pasillos eran más silenciosos. Las puertas eran más gruesas. La cantidad de personal de seguridad aumentaba considerablemente e incluso las conversaciones entre los trabajadores eran diferentes; menos despreocupadas y más cuidadosas.
Allí estaban los pacientes considerados de mayor riesgo.
Personas que habían cometido actos que la mayoría de la sociedad no podía comprender.
Personas como Damien.
Entregué mi identificación al primer guardia y esperé pacientemente mientras realizaban el protocolo habitual. Mi bolso fue revisado al igual que mis pertenencias y un rato despues mi acceso fue confirmado.
Nada podía entrar o salir sin autorización, mucho menos cuando se trataba de él.
Mientras esperaba frente a la última puerta de seguridad, observé mi reflejo en el pequeño cristal de la pared.
Seguía viéndome igual.
El mismo cabello recogido, la misma bata blanca, la misma expresión tranquila que había aprendido a mantener durante años de formación. Pero sabía que, cada vez que atravesaba aquella puerta, algo dentro de mí cambiaba ligeramente.
Porque Damien Ferrer no era como los demás pacientes y no porque fuera más violento o porque fuera más inteligente sino porque tenía una habilidad inquietante para hacer sentir a las personas que él siempre estaba un paso adelante.
La puerta finalmente se abrió y caminé hasta la habitación siete.
Respiré profundamente antes de entrar y lo encontré exactamente donde esperaba.
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Editado: 12.07.2026