72 horas: Bajo tu poder

Extra 2

25 de diciembre de 2020

Dos años después del secuestro

Hora: 02:20 P.M

Amaia

Nunca pensé que mi vida terminaría así.

Hubo un tiempo en el que creía que mi futuro estaba escrito entre las paredes blancas de un hospital, entre expedientes médicos, diagnósticos y conversaciones donde intentaba comprender la mente de otros mientras ignoraba por completo la mía. Pensaba que mi mayor problema sería encontrar un equilibrio entre mi carrera y la vida que mis padres esperaban de mí.

Nunca imaginé que terminaría escondida en una isla perdida del océano Pacífico, lejos del mundo que conocía, lejos de las leyes que alguna vez juré respetar, viviendo junto al hombre que todos llamaban monstruo.

La ironía era que, después de tantos años intentando entender la oscuridad humana, terminé enamorándome de ella.

El sonido de las olas golpeando contra la orilla todas las mañanas era lo único capaz de calmar mi mente. La isla tenía esa capacidad extraña de hacerte olvidar que el mundo seguía girando más allá del horizonte. Aquí no existían titulares, cámaras ni agentes del FBI buscándonos día y noche.

Solo existíamos nosotros.

Y, aun así, la presencia de Damien era un recordatorio constante de que la tranquilidad que teníamos había sido construida sobre secretos, sangre y miedo.

Abrí los ojos lentamente al sentir su mirada sobre mí.

No necesitaba verlo para saber que estaba ahí. Después de tantos años, había aprendido sus silencios, sus pasos, la manera en la que su respiración cambiaba cuando algo lo preocupaba.

—¿Vas a seguir observándome toda la mañana? —pregunté, sin apartar la vista del espejo de mi tocador.

Damien podía ser impulsivo, peligroso e impredecible para cualquiera que estuviera afuera de estas paredes, pero conmigo podía quedarse en silencio durante minutos enteros simplemente observándome como si todavía no pudiera creer que seguía ahí.

—Sí —respondió finalmente.

Sonreí ligeramente.

Seguía siendo él.

Seguía teniendo esa intensidad en los ojos que podía hacer sentir a cualquiera como una presa atrapada. Seguía existiendo algo salvaje en él, algo que jamás desaparecería por completo.

Pero también estaba el hombre que preparaba mi café exactamente como me gustaba porque recordaba cada pequeño detalle. El hombre que podía memorizar mis gestos mejor que mis propias amigas. El hombre que revisaba personalmente cada parte de la isla porque su mayor miedo no era perder su libertad.

Era perderme a mí.

—A veces me pregunto si eres consciente de lo extraño que eres —murmuré.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—A veces me pregunto si eres consciente de lo extraño que es que sigas aquí.

La respuesta me dejó sin palabras porque tenía razón.

Había miles de razones por las que debería haberme ido. Miles de razones por las que mi mente racional debía haber gritado que estaba cometiendo el mayor error de mi vida.

Pero había una parte de mí que entendía algo que nadie más comprendería.

Damien no era bueno y nunca lo sería.

No era una historia donde el monstruo se convertía mágicamente en príncipe. No era una fantasía donde el pasado desaparecía porque alguien lo amaba suficiente.

Damien seguía cargando con sus demonios.

La diferencia era que ahora ya no estaba solo con ellos.

—Feliz Navidad —susurré.

Su expresión cambió ligeramente.

Era algo que todavía me sorprendía. Había momentos en los que parecía no saber qué hacer con ciertas muestras de cariño como si toda su vida hubiera aprendido a sobrevivir, pero nunca a recibir amor.

—No recuerdo muchas navidades felices —admitió.

Me acerqué lentamente a él.

—Entonces tendremos nuevas.

Sus ojos encontraron los míos y durante unos segundos desapareció todo lo demás.

No el pasado. No las consecuencias. No los errores.

Solo nosotros.

La seguridad en la isla era algo que jamás desaparecía.

Aunque pareciera un paraíso, Damien nunca olvidaba quién era ni quiénes eran nuestros enemigos. Había cámaras escondidas entre la vegetación, hombres vigilando los alrededores y sistemas de emergencia que yo ni siquiera entendía completamente.

Al principio me parecía exagerado, ahora sabía que era su manera de proteger aquello que consideraba suyo.

A mí.

A nuestra vida.

A nuestra pequeña burbuja lejos del mundo.

Durante los primeros meses pensé que vivir escondidos sería una tortura. Creí que extrañaría demasiado mi antigua vida, mi trabajo, las calles llenas de personas, la sensación de pertenecer a algún lugar, pero la verdad era más complicada.

Extrañaba partes de mi antiguo mundo.

No a la persona que era porque esa Amaia había muerto el día que abrió la puerta de aquella habitación del hospital y conoció a Damien Ferrer.

La nueva Amaia sabía cosas que antes desconocía.

Sabía que la calma podía encontrarse en medio del caos. Que una persona podía ser muchas cosas al mismo tiempo. Que alguien podía ser terrible para el mundo y aun así convertirse en un refugio para una sola persona.

Esa tarde, mientras Damien estaba revisando algunos asuntos con sus hombres, preparé su regalo.

No era algo costoso ya que nunca había sido alguien impresionada por los lujos. Podíamos tener cualquier cosa en aquella isla, pero los objetos nunca habían significado demasiado para mí.

Lo importante era el significado.

Tomé la pequeña caja entre mis manos y sentí un extraño nerviosismo recorrerme.

Nunca había estado tan asustada por entregar un regalo.

Quizás porque sabía que aquello no era simplemente una caja.

Cuando Damien entró a la habitación, llevaba esa expresión seria que siempre utilizaba cuando estaba resolviendo problemas, pero desapareció al verme.




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