Todo se veía muy bien.
El día comenzó cuando mi mamá me despertó. Creo que tuve suerte, ya que me levanté a la primera; no quería arruinarle sus vacaciones. Siempre vamos a la misma cabaña en Manhattan, lo cual me emociona mucho, porque vamos a disfrutar sin que el trabajo se interponga en nuestro tiempo juntos.
Empecé a guardar toda mi ropa y, al terminar, llevé mi maleta a la entrada de la casa.
—¿Papá? Dejé mi maleta en la puerta, ¿puedes meterla en el carro? —le grité desde la sala.
No respondió.
Fruncí el ceño.
—¿Papá?
Nada.
—Qué raro… —murmuré.
Me acerqué a la puerta para salir yo misma, pero justo cuando iba a abrirla…
se abrió sola.
Di un pequeño salto.
Ahí estaba él.
—Con que aquí estabas, papá.
—¿Pasó algo? ¿Por qué me buscabas? —me dijo mientras cerraba la puerta del carro.
—Nada, solo quería ver si podías meter mi maleta. Creo que me pasé un poco y está pesada.
—¿En serio? Déjame ver.
Intentó levantarla, forcejeó un poco y gruñó del esfuerzo.
—Sí, está algo pesada —afirmó, con una voz… extrañamente plana.
Luego, como si nada, la levantó sin problema y la subió al carro.
Parpadeé.
—En serio necesito empezar a hacer pesas… estoy muy ñanga —dije, intentando ignorarlo.
Él se rió.
Un segundo después de lo normal.
—Está bien, Julia, solo tienes 15 años. No puedes cargarte el mundo a esa edad.
Esa frase se me quedó dando vueltas más de lo que debería.
—Dylan, ¿ya metiste todo al carro? —preguntó mi mamá desde dentro.
—Marisa, ¿crees que estaría aquí adentro contigo si no lo hubiera hecho? —respondió papá, caminando hacia ella.
Sus pasos… no hacían ruido.
—No empiecen, por favor… ¿ya podemos irnos? —dije, ansiosa.
—Está bien, ya vamos. ¿No les falta nada?
—Estamos bien, Marisa. No nos falta nada —respondió papá, cerrando la cajuela.
Demasiado seguro.
Como si lo supiera.
…
Ya en el carro, iba muy emocionada. Esta vez me habían dejado opinar sobre a qué lugares podríamos ir. Todos estábamos riendo con los malos chistes de mi papá, comimos algunos refrigerios y escuchábamos música.
Todo era perfecto.
Demasiado perfecto.
Salimos de la ciudad rumbo a la carretera. No había tráfico. Pasamos todos los semáforos en verde.
Todos.
Sin detenernos ni una sola vez.
—Wow… eso sí que es suerte —dije.
Nadie respondió.
Miré por la ventana.
Los mismos edificios.
Otra vez.
Parpadeé.
Ya no estaban.
—Nada podía salir mal… —murmuré.
Pero entonces, ¿qué rayos estaba pasando?
Un golpe seco.
Mi cuerpo fue arrojado contra la puerta. Dolor en la cabeza. En las costillas. El sonido del metal retorciéndose llenó todo.
—¡¡¡Mierda, Julia!!! —gritó mi papá.
Pero su voz…
se cortó.
Como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe.
—¡Papá! —grité.
Miré a mi mamá.
Borroso.
Todo borroso.
Un llanto débil.
Lejano.
Como si no estuviera ahí.
Como si viniera de otro lugar.
Mis ojos comenzaron a cerrarse.
El dolor desapareció.
Demasiado rápido.
Antes de quedarme dormida por completo, alcancé a ver la pantalla del carro.
La hora.
9:11.
Y por un segundo…
tuve la sensación de que ya la había visto antes.
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Editado: 30.04.2026