El sonido llegó antes que la conciencia.
Un pitido suave y constante… demasiado constante.
Luego, un leve zumbido, como si el mundo hablara desde el otro lado de una pared gruesa.
Fruncí el ceño sin abrir los ojos.
Intenté mover la mano, pero algo me tiró hacia abajo.
Pesadez.
Dolor.
Abrí los ojos a medias.
Todo era blanco… demasiado blanco.
Un techo limpio.
Una lámpara inmóvil.
Un reloj.
9:11.
Parpadeé.
El número no cambió.
—¿Julia? —La voz me resultó temblorosa, urgente… pero también extrañamente lejana. Era mi mamá.
Giré la cabeza con esfuerzo. Una punzada en la sien.
Estaba conectada a cosas: cables, una vía en el brazo, un tubo en la nariz.
—¿Qué…? —mi voz salió seca, débil.
—Estás bien, mi amor. Tuvimos un accidente, pero ya pasó. Estamos aquí —dijo, acariciándome la frente.
Sus manos temblaban.
Pero su voz… no tanto.
“Accidente.”
La palabra rebotó en mi cabeza.
El coche.
El golpe.
El ruido.
El reloj.
Cerré los ojos un segundo.
El pecho se me apretó.
—¿Cuánto tiempo llevo dormida? —pregunté.
Mi mamá dudó.
Fue solo un segundo.
Pero lo noté.
—Tres días —respondió finalmente.
Tres días.
Asentí lento.
—¿Y papá?
Silencio.
Muy breve.
—Está bien, mi amor. Solo fue a ver lo del seguro médico.
Algo en esa respuesta no encajó.
Demasiado… preparada.
Como si ya la hubiera dicho antes.
La puerta sonó.
Papá entró.
Sonriendo.
—Cariño, ¿estás bien? ¿Te duele algo?
Lo miré.
Se veía bien.
Rasguños leves.
Nada grave.
Demasiado bien.
—Estoy bien… —respondí—. ¿Y ustedes?
—Estamos bien —dijeron casi al mismo tiempo.
Me quedé callada.
Algo no me gustó de eso.
—Al parecer tuviste una conmoción —continuó mi mamá—, pero tan pronto como el doctor lo autorice, nos vamos.
Nos vamos.
La frase sonó rara en mi cabeza.
Como si no perteneciera a ese lugar.
—A eso venía —dijo mi papá—. El doctor dijo que, en cuanto despertaras, te revisaría.
—Pues ya desperté —dije—. Tráelo. Me quiero ir.
—Lo sé, lo sé… ya voy —respondió, saliendo del cuarto.
Cerró la puerta.
Demasiado suave.
El pitido volvió a ser lo único que se escuchaba.
Miré el monitor.
La línea subía y bajaba.
Regular.
Perfecta.
Demasiado perfecta.
—¿Mamá…? —susurré.
—¿Sí?
—¿Siempre suena así?
—¿Así cómo?
—El monitor… —dije.
Ella miró la pantalla.
—Sí… es normal.
Pero no parecía segura.
Volví a mirar el reloj.
9:11.
Otra vez.
—¿Mamá… qué hora es?
—Las nueve con once —respondió sin pensarlo.
Fruncí el ceño.
—¿No ha cambiado?
—Claro que sí —respondió rápido—. Acabas de despertar.
No dije nada.
Pero lo seguí mirando.
No se movía.
—Julia —dijo ella, más seria—. Descansa.
Asentí lentamente.
Pero no cerré los ojos.
Algo no estaba bien.
Y por primera vez…
no supe si quería volver a dormir.
#2310 en Thriller
#850 en Suspenso
tiempo fantasia realidad, atrapadoseneltiempo, vida cotidiana con recursos cotidianos
Editado: 30.04.2026