A 30,000 Pies de tu Amor

1. El código del cielo

​El zumbido constante de los motores del Airbus A350 era la banda sonora de la vida de Camila Rivas. A 30,000 pies de altura, el mundo no era más que un mapa pixelado de luces parpadeantes dispersas sobre un abismo de negrura absoluta. Para los pasajeros en clase ejecutiva, esa era la magia de viajar, el silencio, la exclusividad, la sensación de estar suspendidos en un limbo donde el tiempo no existía. Para Camila, sin embargo, el avión no era un lugar de maravillas; era su oficina, su dormitorio intermitente y, en ocasiones, su refugio.

​Camila se deslizó por el pasillo central, el uniforme azul marino perfectamente ajustado a su figura, cada movimiento calculado para emanar una elegancia profesional que ocultaba su cansancio. Tenía veintiocho años, pero su mirada, cansada de ver amaneceres en distintas zonas horarias, parecía pertenecer a alguien mucho mayor. Había aprendido, tras siete años en el aire, que las sonrisas en este oficio no eran más que un accesorio necesario, como el pañuelo de seda anudado al cuello.

​Se detuvo en la fila 4. Un ejecutivo de mediana edad, con el rostro iluminado por la luz azulada de su tablet, la llamó con un gesto vago. Camila se inclinó, manteniendo la distancia reglamentaria, sintiendo el aire seco y reciclado de la cabina acariciarle la piel.

​—¿Alguna otra cosa, señor? —preguntó con esa voz melódica y ensayada que siempre lograba calmar incluso al viajero más impaciente.

​El hombre levantó la vista. Tenía ojos solitarios, el tipo de mirada de quien viaja demasiado y vive poco. Intentó sostener la mirada de Camila un segundo más de lo necesario, buscando una conexión, una chispa de complicidad. Camila lo notó al instante. Había visto esa misma expresión en cientos de rostros en rutas que conectaban Madrid, Dubái, Nueva York y Buenos Aires.

​—Solo un poco más de vino, por favor —respondió él, bajando la voz —Y tal vez... un poco de conversación. No puedo dormir.

​Camila sonrió, una curva suave que no llegaba a sus ojos.

​—El vino vendrá en un minuto, señor. En cuanto a la conversación, temo que el código del cielo es claro, estamos aquí para garantizar su descanso, no para interrumpirlo.

​Se retiró con una gracia felina, regresando a la galley, la cocina del avión, con un suspiro apenas audible. Allí, la soledad era más densa. Mientras servía la copa de malbec en un cristal que parecía frágil ante la vibración del fuselaje, se observó en el pequeño espejo sobre la cafetera.

​Somos pájaros de paso, no hacemos nidos, pensó, repitiendo el mantra que se había tatuado en el alma años atrás. El amor, en su mundo, era una turbulencia pasajera. Había tenido sus intentos, claro. Pilotos, otros auxiliares, pasajeros encantadores que prometían cartas y reencuentros. Pero todos terminaban igual, con una maleta cerrada, un adiós apresurado en una terminal y la fría realidad de que, al día siguiente, ella estaría en otro continente, a miles de kilómetros de cualquier promesa.

​El amor era una maleta abierta y una vida que nunca terminaba de instalarse. Y ella, por su propia cordura, había dejado de intentar anclarse.

​Terminó de preparar la bandeja y regresó a la cabina principal. La iluminación estaba atenuada, bañando el interior en tonos ámbar y violeta. El silencio era casi absoluto, roto solo por la respiración pausada de los pasajeros dormidos. Camila caminó lentamente, asegurándose de que cada manta estuviera bien colocada. Pasó junto a la butaca 4G, donde el hombre del vino ahora miraba por la ventanilla, su reflejo mezclándose con las estrellas que brillaban con una intensidad fría allá afuera.

​El erotismo de la altura era una fuerza extraña. Quizás era la falta de oxígeno, la proximidad forzada en espacios reducidos o el hecho de que, allá arriba, las reglas de la sociedad parecían disolverse en la estratosfera. Camila sentía cómo la presión de la cabina no solo afectaba sus oídos, sino también su piel. Su piel se sentía más sensible, como si el roce del uniforme fuera un recordatorio constante de que estaba viva.

​Se dirigió a la parte trasera, donde su compañera, Lucía, revisaba los manifiestos de vuelo.

​—Ese de la 4G te estaba devorando con la mirada —comentó Lucía, sin levantar la vista de sus papeles —Ten cuidado, Cami, que esos ejecutivos aburridos son peligrosos.

​—No es peligroso, es solo un hombre que no sabe qué hacer con su tiempo —respondió Camila, sentándose en el pequeño asiento plegable —Todos son iguales. Buscan un puerto donde descansar la cabeza, pero olvidan que nosotros somos solo el mar. El mar nunca se detiene.

​Lucía se rio, un sonido breve que se perdió en el rugido constante de las turbinas.

​—Te estás volviendo cínica.

​—No, solo realista. El amor es un lujo de quienes tienen raíces. Yo tengo una casa alquilada que parece un hotel y una maleta que nunca termino de desempacar. ¿Cómo voy a construir algo aquí?

​Camila cerró los ojos por un momento, dejando que el ritmo del avión la meciera. Su mente, sin embargo, no descansaba. Recordó la última vez que permitió que alguien se acercara demasiado. Había sido hace seis meses, en una escala en París. Un encuentro breve, intenso, una noche de piel contra piel en una habitación de hotel cuya vista a la Torre Eiffel era lo único que recordaba con claridad. Recordaba el calor de sus manos, la desesperación del deseo que nace sabiendo que tiene fecha de caducidad. Recordaba cómo, al despertar, él ya se había ido, dejando solo el rastro de su colonia sobre la almohada.

​Fue entonces cuando decidió que no valía la pena. La intensidad de ese encuentro, el placer salvaje de entregarse a alguien sabiendo que nunca volverías a verlo, era adictivo, sí. Pero la caída posterior, el vacío de regresar a la cabina y encontrarse sola, era demasiado dolorosa.

​Se levantó y caminó hacia la parte delantera, donde la cabina de mando permanecía cerrada. Sabía que allí estaba la tripulación de refuerzo. A menudo se preguntaba qué pasaba por la mente de los pilotos. ¿Sentirían ellos esa misma desconexión? ¿O acaso el control de la aeronave les daba una sensación de poder que ella, como azafata, nunca tendría?




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