A 95 centímetros del suelo

Capítulo 1: Valery

La casa estaba más silenciosa de lo habitual. A pesar de que por los enormes ventanales se filtraba una luz brillante y cegadora, y de que desde la cocina le llegaba un delicioso aroma a carne asada, había una tensión suspendida en el aire que ahogaba a Valery, como si toda la riqueza que la rodeaba fuera apenas un decorado frágil que estaba a punto de derrumbarse.

Abajo, en el salón principal, su madre, Victoria, estaba organizando una cena. Podía oír el tintineo de los platos y las instrucciones que le daba al personal de la casa. Se imaginó a su padre sentado en el sillón de la chimenea, ojeando el teléfono, concentrado en los movimientos de la empresa que dirigía y les permitía llevar la vida de lujo que tanto presumían.

Valery bajó las escaleras con desgana, sabiendo que la conversación no podía posponerse más. Durante el desayuno, su madre ya le había soltado la bomba, y la sola idea de tener que discutirlo por enésima vez, la mareó. Entró al salón y encontró a Victoria ajustando las flores en la mesa. Lucía, como siempre, impecable, con su pelo recogido en una caracola y un collar de perlas adornando su fina garganta. El traje de gala oscuro se veía perfectamente planchado y los zapatos de tacón relucientes.

—Llegas justo a tiempo —dijo Victoria girando hacia ella con una sonrisa fingida, de esas que decían “escucha y obedece”—. Ayúdame con esto. Quiero que todo esté perfecto para esta noche.

Richard Hartmann, su padre, permanecía sentado tal como Valery lo había imaginado: al lado de la chimenea, con el móvil prendido de una mano y una copa de vino en la otra. Apenas se inmutó al sentir su presencia en la sala. Ni siquiera se volteó para saludarla.

—Mamá, ya te dije que no quiero cenar con Theo.

—No comiences con tus berrinches, cariño —respondió la mujer, colocando un último clavel en el jarrón del centro de la mesa—. Recuerda que esto no es solo una “cena”. El futuro de la familia está en juego por las decisiones que tomemos más adelante.

Valery suspiró, muy molesta, como si esa discusión no se hubiera repetido miles de veces durante la semana.

—¿Y qué pasa con lo que yo quiero mamá? Me tratas como si fuera una mercancía que debe entregarse al mejor postor.

Victoria negó con la cabeza, intentando mantener la compostura.

—Tu padre y yo hemos trabajado duro para llegar aquí —le explicó.

Valery se cruzó de brazos, indiferente al comentario de su madre.

—Y Theo… es un gran partido. Viene de buena familia. Es muy inteligente y educado. Juntos podrían llevar la empresa al siguiente nivel.

—Mamá, ¿es que acaso no entiendes? No estoy enamorada de él.

—El amor viene después, cariño. Míranos a tu padre y a mí. En un principio nos casamos por conveniencia, pero con el paso del tiempo él y yo nos hemos llevado… —la mujer hizo una pequeña pausa para encontrar la palabra correcta—… bien.

Valery sintió un nudo en el estómago. Sabía que sus padres en el fondo se querían, pero también recordó todas las noches cuando ella lloraba en silencio después de escuchar una fuerte discusión.

No quería eso para ella.

—Pero no estamos en tus tiempos mamá. Es mi mundo el que está pendiendo de un hilo ahora. Quiero elegir a alguien por mí misma, no que ustedes me lo impongan. Lo siento.

Richard Hartmann, quien hasta ese momento había preferido dejar a su mujer razonar con su hija, perdió la paciencia. Guardó su teléfono en el bolsillo de la chaqueta y se llevó un sorbo de vino a la boca.

—Esto no es una opción, Valery —sentenció.

El corazón de la joven comenzó a latir a mil por hora. Nadie, ni en la casa ni en el negocio, se atrevía a llevarle la contraria a Richard.

—¿Ustedes creen que eso es vida? ¿Conformarse? ¿Esperar a que algún día, con suerte, aparezca el amor? No gracias.

Richard frunció el ceño, como si la conversación fuese una reunión de negocios que debía resolverse rápido.

—La vida no es una película romántica, Valery. Es una experiencia dura. Sin dinero, sin conexiones, no llegarás lejos. Es ser prácticos.

—¿Prácticos?

Victoria se acercó a su hija y la tomó por las manos, en un gesto que intentaba ser delicado, pero que en realidad transmitía desesperación.

—No entiendes como funciona el mundo real, cariño. No todo se puede dejar al azar. Tu padre y yo nos hemos esforzado durante años para darte una vida cómoda, sin complicaciones. Y la alianza con los Brennan forma parte de asegurar ese futuro.

La joven apretó los labios intentando creer que, de alguna manera, lo que decía su madre tenía razón. Sin embargo, su corazón rebelde le dictaba lo contrario.

—Mi futuro es mío —sentenció Valery—. Y no voy a entregarme en matrimonio con Theo.

—No vas a poner en riesgo todo lo que hemos construido, Valery, por tus caprichos. La decisión esta tomada. Tendrás que aceptarlo, lo quieras o no. Esta noche se anunciará el compromiso. ¡He dicho!

Y terminando la copa de vino de un largo trago, Richard se retiró de la sala, enfurecido.

La joven dio un paso atrás, asustada, sintiendo un fuerte dolor en el pecho. El corazón le golpeaba las costillas como si quisiese escapar.




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