A 95 centímetros del suelo

Capítulo 2: Santiago

Apenas terminó su trabajo, Santi guardó la podadora eléctrica en la caja de herramientas y se quitó los guantes. Se sacudió las hojas que habían quedado atrapadas en su camiseta y se limpió el rastro de sudor de la cara con el reverso de la tela. El sol de la tarde empezaba a caer, pero aun calentaba lo suficiente como para que la ropa siga pegada a su cuerpo. Había pasado las últimas cuatro horas arreglando el jardín de los Arensburg y los resultados saltaban a la vista: el césped a ras de piso, los setos perfectamente recortados y las flores podadas cubiertas de nueva tierra y abono. Aunque la casa de los Arensburg era grande, no tenía comparación con muchas de las mansiones que había tenido la oportunidad de conocer durante los años que se había dedicado al oficio de jardinero leñador.

—Santi, antes de que te vayas… ¿te gustaría tomar un café? Acabo de preparar uno —exclamó la señora Arensburg, invitándolo a pasar con un movimiento de la mano.

—Perfecto, Clara. Enseguida voy.

Santi llevaba trabajando para la familia desde hace dos años. Desde un principio le sorprendió lo fácil que fue conectar con ellos y lo bien que lo trataban, por lo que decidieron contratarlo. Cada tres semanas Santi tenía la “obligación” de visitarlos con pretexto del empleo. Fue una de las mejores cosas que le había pasado últimamente.

—Vamos, pasa —le dijo la mujer cuando él se acercó a la puerta, tímido—. Debes estar agotado.

Liam Arensburg los esperaba dentro. Estaba sentado a un costado de la chimenea, calentándose las manos. A pesar de que afuera el sol sofocaba el ambiente, el interior de la casa se mostraba un tanto frío. Su rostro dibujó una sonrisa sincera apenas vio a Santi acomodarse.

—Si alguna vez necesitas que te acerquemos a casa, solo tienes que decírnoslo —ofreció—. No tienes por qué caminar.

—Le agradezco, Liam, de verdad, pero para mí, caminar es una especie de terapia —contestó el joven acomodándose en la mesa.

—Eres un buen chico, Santi. Y trabajador. No necesitas terapias.

—Tienes suficiente con arreglar nuestro jardín —interrumpió Clara haciéndose presente con una humeante jarra de café.

—Intento hacer lo que puedo…

Liam se acercó a la mesa con paso renqueante y extrajo un pequeño sobre de uno de los bolsillos de su chaqueta de seda. Contenía el pago por los servicios ofrecidos por Santi. Se lo acercó con un aire cargado de complicidad, guiñándole un ojo.

—Aquí tienes lo de hoy.

—Gracias señor Arensburg.

Theo tomó con cuidado el sobre, como si no quisiera que el papel se desvaneciera.

—Eres un artista con esa máquina podadora, muchacho —exclamó Clara sirviéndole una taza, acompañado de una porción de pastel de limón—. Deberías cobrar más. Hay mucha gente en este pueblo que aprecia la forma en que ejerces tu trabajo.

—Cobro lo justo y necesario —contestó el joven dando un primer bocado al delicioso pastel—. Sabe delicioso, Clara. Muchas gracias.

—¡Disfrútalo, cariño!

—Y qué hay de las muchachas, jovencito. ¿Al fin sales con alguien? —preguntó Liam desviando por completo el tema de conversación, agarrándolo desprevenido. Tuvo que toser disimuladamente para no atragantarse con la tarta.

—Nada serio, Liam. Entre el trabajo y el bosque, no tengo tiempo para pensar en esas cosas.

—Eres joven todavía. Ya tendrás oportunidad.

—¿Y sabes?, las chicas del pueblo hablan bien de ti —añadió Clara.

Santi sonrió avergonzado, mirando fijamente su café.

—Gracias por sus cumplidos. Pero estoy bien así.

Clara le dio una palmada suave en el hombro.

—Eres demasiado bueno para estar solo, cariño. Algún día llegará la indicada, ya lo verás.

Santi asintió con la mirada, terminando su café y su tarta. Sabía que no tenía nada que contestar al respecto. Al contrario, cayó en la cuenta de que ya era hora de marcharse. El camino a casa le tomaba al menos treinta minutos caminando y quería llegar antes de que la oscuridad y la lluvia lo devoraran todo.

—Gracias por el tentempié, Clara. Estaba delicioso —dijo el chico, levantándose—. Ahora si me disculpan, paso a retirarme.

Clara también se puso de pie y le dio un abrazo rápido.

—Cuídate mucho, cariño. Cuando quieras, puedes venir de visita.

Henrik le estrechó la mano con fuerza.

—Buen trabajo, como siempre. Nos vemos en tres semanas.

—Muchas gracias. Qué tengan una buena tarde.

Theo recogió sus herramientas del jardín, las guardó en su caja y las cargó al hombro, despidiéndose con la mano de los Arensburg. Eran las seis de la tarde. El cielo todavía estaba claro, pero las sombras de los árboles empezaban a alargarse. Recorrió con parsimonia el camino de grava que lo llevaba a la entrada principal y, antes de abrir la puerta, escuchó unas voces que provenían de la calle.

Se detuvo y se escondió tras un arbusto de hortensias que él mismo había podado esa mañana para mirar disimuladamente de quien se trataba. En la acera, a unos cien metros, había un grupo de seis jóvenes: tres chicos y tres chicas, todos más o menos de su edad, que se habían bajado de dos enormes camionetas para tomarse fotos.




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