El pasillo de urgencias estaba casi vacío. Solo se oía el zumbido constante de los fluorescentes, el pitido lejano de algún monitor y el roce de las zapatillas de las enfermeras que iban y venía, agitadas. El ambiente olía a alcohol, a café recalentado y al aroma a desinfectante barato característico de los hospitales. Las paredes eran de un verde pálido un tanto descolorido, con cárteles de “no fumar” y “silencio” colocados en ciertas zonas específicas. Una máquina expendedora, al fondo, parpadeaba con una luz azul cada cinco segundos. Afuera ya era de noche y las ventanas dejaban entrar una tenue luz amarilla que hacía que todo adentro se viera más triste de lo normal.
Valery permanecía sentada en una rígida silla de aluminio, con las manos y algunas partes del cuerpo todavía temblando. Tenía la cara y los brazos cubiertos de raspones, el cabello revuelto y la ropa sucia y pegajosa por el sudor. Cada vez que intentaba cerrar los ojos veía la misma imagen: su coche cayendo e incrustándose en el árbol, lo difícil que había sido arrancarse el cinturón, el momento en que Santi había llegado a rescatarla y cómo el montón de lata se llevó al muchacho en su interior al fondo del abismo. Recordaba el espantoso ruido del metal retorciéndose, el olor a gasolina y sangre penetrando su nariz y su propio grito cuando lo vio explotar con el coche. Desde entonces no había parado de temblar.
Una enfermera le había ofrecido una manta térmica y un té de tilo, pero no había sido suficiente. Bastaba con escuchar el rechinar de la puerta corrediza, entre la sala de emergencia y el interior del hospital, para estremecerse. Valery no sabía si habían pasado diez minutos o una hora; el tiempo se le volvió borroso de golpe.
—¡Valery!
Su madre fue la primera en acercarse corriendo, con el rostro pálido y los ojos hinchados de llorar. La chica se levantó de inmediato al oírla y se precipitó hacia ella rompiendo en llanto también. Ambas mujeres se abrazaron como si no lo hubieran hecho en años, tan fuerte que a Valery le dolió el hombro lesionado. Un recordatorio desagradable de que aquella fue la única herida de consideración que se llevó de aquel trágico accidente.
A diferencia de Santi, a quien habían arrastrado en la camilla con el cuerpo cubierto de moretones, sangre y huesos expuestos.
—¡Mi niña! ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¡Dios mío, casi nos matas del susto!
Valery tragó saliva mezclada con un poquito de sangre.
—¡Mami, estoy bien! —contestó, ignorando los dolores.
Richard Hartmann llegó un segundo después. No tuvo ni la mínima intención de abrazarla. Solo la tomó de los hombros y la giró un poco hacia la luz del pasillo, evaluándola como si fuera un objeto dañado.
—¿En qué diablos estabas pensando, Valery? —preguntó con voz firme, cargada de enojo contenido.
Ella bajó la mirada, avergonzada.
—Papá, no ahora…
—No, ¡sí ahora! —respondió él, sin levantar la voz, pero tensando la mandíbula—. ¿Crees que puedo llegar aquí, ver a tu madre llorando, enterarme de que te acabas de volcar en un barranco, y, simplemente quedarme callado?
Victoria intervino.
—Richard, por favor, cálmate…
—¡No me digas que me calme! —replicó él, sin mirarla—. Esto es exactamente lo que pasa cuando alguien actúa impulsivamente, mujer. Valery, ¡pudiste morir!
Valery respiró hondo, apretando inconscientemente el brazo de su madre con fuerza.
—Yo… necesitaba pensar.
—¿Pensar en qué?
En ese preciso momento apareció Theo por el pasillo. Llevaba una camisa azul y pantalón de tela a juego, que seguramente había elegido para presentarse a la ya cancelada cena de esa noche. Lo vio acercarse con aquel aire de niño rico mimado: alto, perfectamente peinado y de expresión serena. Fue la primera vez que agradeció que interrumpiera una conversación familiar.
—¿En qué puedes huir cada vez que algo no te gusta? —prosiguió Richard sin apenas prestarle atención a Theo—. ¿O que puedes poner tu vida en riesgo para evitar tener una conversación adulta? —su tono subió un poco más—. ¿Sabes cuánta gente ha muerto en ese tramo de carretera? ¿Sabes lo irresponsable que fue manejar así?
Valery apretó los labios, conteniendo las lágrimas. Theo sintió el imperioso deseo de intervenir y defender a su amada, pero conocía a la perfección el temperamento de Richard Hartmann. Más le valía no llevarle la contraria en un momento tan crítico como ese.
—No sabía que las curvas eran tan cerradas. No conocía el camino —dijo, casi susurrando.
—Eso lo hace peor —soltó él.
—Richard, no es momento de buscar culpables —añadió Victoria, acercando la cabeza de su hija hacia su hombro, para consolarla.
Richard Hartmann miró con seriedad a su esposa, pero ella le supo llevar el ritmo.
—Esta conversación la terminaremos en casa —sentenció.
El hombre se giró en franca intención de marcharse, pero antes de caminar se detuvo un instante.
—Me alegra que estés viva, Valery. Aunque no lo creas.
Richard abandonó la sala de urgencias dejando detrás de él un aura de silencio y pesadumbre. Valery sintió una punzada en el pecho, una mezcla de alivio y resentimiento que no supo identificar.
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Editado: 09.02.2026