A 95 centímetros del suelo

Capítulo 4: Valery

El despertador ni siquiera llegó a sonar. Lo había puesto a las nueve, pero a las siete y cuarto ya estaba con los ojos abiertos, mirando el techo como solía hacerlo cuando era niña: buscando arañas, telarañas o algún tipo de insecto que haya quedado atrapado en ellas. Lo único que encontró fue unas manchas oscuras rodeando las esquinas: moho, de seguro. El resto, un lienzo blanco impecable.

Había tenido un sueño lleno de interrupciones, de imágenes difusas sobre el accidente y la caída. De Santi pidiendo ayuda mientras su ser era engullido por un abismo de angustia y oscuridad.

La casa estaba en silencio. A esa hora sus padres debían estar en el comedor tomando el desayuno. Como los empleados llegaban a las ocho, todavía no se escuchaba el ruido de los electrodomésticos, las herramientas de mano o las máquinas eléctricas para cuidar el jardín.

Valery comprendió que lo mejor era levantarse. Por más que había intentado forzar a su mente para descansar un poco más, el cuerpo le pedía estar en movimiento. Todo el cuerpo a excepción de su hombro lesionado. Hombro que le recordó durante las dos últimas noches que ella era un simple ser humano de carne y hueso, no de metal. Por eso tenía una cita a media mañana con un fisioterapeuta muy cercano a la familia, para evaluar el estado del golpe.

Se levantó, estiró el brazo sano para quitarse la pereza y se dirigió hacia las ventanas para abrir las cortinas. La brillante luz del sol se deslizó a través de las paredes con una velocidad asombrosa y llenó de claridad y calor su habitación. Quedó ciega durante unos segundos, pero luego el efecto desapareció y recuperó su vista.

Se acercó al tocador tambaleando un poco y en el espejo se observó de cuerpo entero. La misma Valery Hartmann de siempre: sus grandes ojos color miel, el cabello rubio natural y liso cayendo hasta media espalda, aquellas pestañas largas sin necesidad de utilizar máscara y carnosos labios que casi nunca tenía que pintarlos. Bajo el conjunto de dormir aun resaltaba su cuerpo de portada: vientre plano, cintura estrecha, piernas largas, piel tersa y perfecta. A pesar de las ojeras, las pequeñas heridas que conservaba de los rasguños y una finísima capa de grasa acumulada durante la noche, Valery seguía viéndose hermosa de una forma que a veces le molestaba. Una belleza que ella no había pedido, pero que, por genética, obligatoriamente tuvo que heredar.

Belleza que también tenía un precio.

Precio que se reflejaba en el cajón de maquillaje que abrió: esponjas, correctores y pintalabios de diseñador. Bases, cremas y coloretes para las mejillas, de lujo. Máscaras, pestañas postizas y uñas acrílicas. Había una pequeña fortuna en un espacio de menos de un metro cuadrado.

Tras el ritual automático, el maquillaje borró las cicatrices de golpe, devolviéndole su apariencia habitual y fresca. Su rostro era armonioso por naturaleza: pómulos altos, labios definidos, nariz respingada.

Todo sin necesidad de recurrir a cirugías o tratamientos costosos.

Por eso era la envidia de muchas mujeres que conocía.

—Valery, cariño, ¿ya estás despierta?

Valery parpadeó saliendo de golpe de sus pensamientos. No había escuchado los pasos de su madre acercándose, así que tardó un ratito en responder. Sintió que tenía la voz atrapada entre la garganta y el pecho, por lo que decidió cerrar los ojos y respirar hondo.

—Cariño… —repitió Victoria, esta vez más bajito todavía.

—Sí, mamá… estoy despierta —alcanzó a decir finalmente, aunque sonó como un hilo de voz que no sabía mantener su propio peso.

Victoria asomó medio cuerpo por la puerta entreabierta. Llevaba un traje color marfil perfectamente ajustado y pulcro. Bajo la chaqueta asomaba una blusa de seda azul pálido que combinaba con los lujosos pendientes que siempre solía utilizar en ocasiones especiales. Traía el cabello recogido en un moño bajo, resaltando lo delicado y juvenil de su rostro.

—Solo pasaba para recordarte que Richard y yo tenemos reunión de accionistas en la compañía, como cada jueves —aclaró—. Regreso en la noche. ¿Seguro que estarás bien sin nosotros?

Valery asintió mientras guardaba los coloretes.

—Sí mamá, no te preocupes.

—Perfecto —respondió la mujer suavizando apenas su expresión.

—¿Qué hay de Theo? Dijiste que me acompañaría al fisio.

—Theo ya está en la sala, cariño. Acaba de desayunar con nosotros.

La muchacha cerró el cajón de maquillaje con un golpe seco.

—Valery, prométeme que vas a tratar bien a Theo. Realmente ha estado preocupado por ti estos días.

Un fugaz remolino se formó en la habitación cuando la joven soltó el mega suspiro, ese que solo le salía cuando el peso del mundo parecía anclado justo debajo del esternón.

—Tranquila, mamá. Te lo prometo.

Victoria esbozó una media sonrisa por primera vez en la mañana, permitiéndose un instante de ligereza antes del martirio de la junta.

—Y mira tú… a los tiempos que te maquillas de verdad. —Señaló el tocador con una risa pícara—. Ya era hora de que le des uso a todos esos productos que compras.

Valery rodó los ojos y negó con la cabeza, pero agradeció el toque de humor que su madre impregnó sutilmente en el comentario.




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