Cuando tenía nueve años, Valery tuvo un pajarito como mascota. Un gorrión que se había caído del nido durante una tormenta. Lo encontraron en el jardín con un ala rota y piando débilmente. Toda la familia se volcó a cuidarlo: Richard le compró una jaula pequeña y comida especial, su madre le cambiaba el agua y las semillas tres veces al día, y ella misma le ponía la férula de palitos que el veterinario les había enseñado a armar. Lo llamaron Piqui. Durante semanas la casa giró alrededor de ese pequeño bulto de plumas. Preguntaban cada día cómo estaba, celebraban cada movimiento del ala, sufrían con cada silencio. Hasta que una mañana lo encontraron quieto en el fondo de la jaula. Cuando Valery se enteró de su partida después de regresar de la escuela, rompió en llanto. No comió el almuerzo. Se encerró en su habitación. En la tarde, cuando encontró resignación en la idea de que Piqui se encontraba en el cielo de los pajaritos, la familia por fin pudo enterrarlo bajo el rosal del jardín trasero, y nadie habló durante el resto de la semana del difunto animal.
Pensó en Santi y la comparación le apretó el pecho.
Él también tenía algo roto que no se iba a arreglar después de todo. Él también dependía de otros para seguir vivo. Pero la diferencia era brutal: con Piqui, toda la casa había estado pendiente, hablando de él a todas horas, sufriendo en voz alta. Con Santi, desde el día del accidente, nadie en la familia había vuelto a mencionar su nombre. Ni una vez. Como si al no nombrarlo pudiera desaparecer el problema.
No es un pensamiento que debería tener un sábado en la madrugada, pensó. O, al menos, no el primero.
El despertador del teléfono vibró sobre la mesita de noche cuando marcó las cinco. Le siguió la voz de Homero Simpson invitándola a que se pusiera de pie: un audio random que había descargado de algún grupo de Telegram y que fue de su gusto. Era la enésima vez que abría los ojos antes de que sonara la alarma.
¡Buen trabajo Homero!, exclamó con ironía.
Se levantó despacio, con el hombro derecho ya casi sin cabestrillo. El alivio físico era real, aunque no podía decir lo mismo del espiritual.
¡Buenos días, universo!
Puso un pie sobre la alfombra para comprobar que tan baja estaba la temperatura. Se estremeció cuando la carne percibió el frío. Todos los sábados, a las cinco en punto, Valery se levantaba para correr dos kilómetros. Era una rutina que había aprendido de Richard desde muy pequeña: recorrer el sendero del bosque que empezaba detrás de la casa. Un momento perfecto para conectar con la naturaleza: la ciudad dormida, las calles vacías, el aire helado quemándole los pulmones. Nada de auriculares, nada de música. Solo sus pasos sobre la hierba y el ritmo de su respiración.
El silencio de la casa era absoluto. Sus padres dormían en el flanco opuesto. Encendió la tenue luz de la lámpara de noche y se quedó allí parada, contemplando la habitación como si fuera la primera vez: la cama enorme deshecha, el vestidor lleno de ropa que ya no le apetecía tocar, la ventana empañada por el aliento del invierno. Se dirigió al armario sintiendo el gélido suelo de roble crujiendo bajo sus pasos y sacó las mallas térmicas, una sudadera con capucha gris y las zapatillas de running con suela gruesa. Se vistió en silencio. Se recogió el cabello rubio en una coleta alta y bajó las escaleras con dirección a la cocina.
Preparó un vaso de agua tibia con limón. Lo bebió observando por la ventana el jardín trasero aún oscuro: el rocío helado brillando en las hojas de las hortensias, reflejando la poca luz que venía de las estrellas.
Le gustaban las estrellas. Desde niña había sentido una inocente y burda atracción por ellas. Tal vez porque eran lo único que parecía mantenerse intacto con el paso del tiempo. Solía quedarse mirándolas desde la ventana, inventando formas, pensando que cada punto de luz guardaba una historia que nadie más conocía. Le ofrecían una calma extraña, como si recordarle lo pequeña que era en relación con el basto universo hiciera que el peso de las cosas doliera un poco menos.
Respiró hondo.
El frío en la cocina era una presencia tangible, pero que se mantenía a raya gracias a las paredes. Se acentuó cuando abrió la puerta y recibió el latigazo de la brisa exterior en el rostro y las manos descubiertas. Al instante, se le congelaron la nariz y las mejillas, percibiendo en cada inhalación una especie de escarcha venenosa que le quemaba desde la garganta hasta los pulmones. Ese aire cortante fue un recordatorio de que todavía estaba despierta, presente, viva. Una excusa perfecta para reparar en lo cruel que podía ser la existencia.
El espacio trasero de la casa de los Hartmann era inmenso, más un pequeño parque privado que un jardín. Desde la terraza de piedra se extendía un césped perfectamente cortado que bajaba en suave pendiente hasta una línea de árboles altos, al fondo, que marcaban el límite entre el bosque privado de la familia y la propiedad vecina: casi dos hectáreas de pinos, robles y abedules que nadie más podía pisar. El sendero que iba recorrer era un camino largo, estrecho e irregular, pensado precisamente para ejercicios aeróbicos.
Valery comenzó con una caminata suave, para entrar en calor. Puso su reloj inteligente en modo entrenamiento, no por obsesión ni por disciplina extrema, sino por costumbre: le daba una sensación de control, de orden. Además de que le permitía revisar con frecuencia el estado de sus constantes vitales.
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Editado: 11.01.2026