El día había empezado con la promesa de un sol ardiente. El cielo estaba perfectamente limpio cuando salió de la casa, pero a medida que avanzaba la mañana, las nubes se habían acumulado provenientes del oeste, gruesas y grises, como una manta pesada que tapaba el sol sin dejar caer ni una gota. No llovía, pero el frío se había instalado de repente, cortante.
Valery caminaba por el campus con el abrigo de algodón abrochado hasta el cuello. Cruzó la plaza con la cabeza baja, el cabello recogido en una coleta que se movía con las pequeñas ráfagas de viento helado. El abrigo que llevaba era una prenda larga, combinada con vaqueros oscuros y un par de botas de tela que mantenían sus pies calentitos. Como el hombro no le dolía tanto esta mañana, decidió no utilizar el cabestrillo, aunque debía tener cuidado con los movimientos bruscos, los choques fortuitos con otras personas o los saludos efusivos.
—Ey, ahí estás… —dijo una voz conocida, alegre, que rompió el murmullo general—. Pensé que te había olvidado de que existíamos.
En la entrada a la facultad, junto al estanque poco profundo donde flotaban hojas secas, vio a Emily. Estaba sentada en uno de los bancos de hormigón pulido, con las piernas cruzadas y el móvil en la mano. Llevaba un abrigo camel largo, bufanda de lana beige y botas de tacón bajo. Cuando levantó la vista y la vio acercarse, su rostro se iluminó.
—He estado un poco… liada.
Emily se levantó del banco y le dio un abrazo rápido, con cuidado de no apretar el hombro lesionado. Valery ya le había contado todo por WhatsApp.
—¿Cómo está eso? ¿Duele todavía?
—Un poco —admitió Valery—. Nada grave, según el médico.
Emily era muy guapa, de esas bellezas naturales que no necesitan esfuerzo. Morena, de piel cálida, con el cabello lleno de rizos definidos que caían libres sobre sus hombros. Tenía la misma estatura que Valery, pero su presencia era distinta: más despreocupada, más ligera.
—Claro… —añadió Emily, arqueando una ceja—. «Nada grave» siempre significa que sí es grave, pero que no quieres hablar de eso.
Valery sonrió apenas, una sonrisa cansada.
—De verdad, Emy. Es solo una lesión tonta.
—¿Lesión tonta? ¿Y jugando baloncesto? Definitivamente parece que el deporte te odia, amiga.
Valery apartó la mirada un minuto, fingiendo interés en el estanque y en los alrededores de la facultad de Derecho. Todo ahí era moderno, casi minimalista. Edificios de vidrio y hormigón se alzaban alrededor de la plaza, con grandes ventanales que reflejaban el cielo opaco. Los pasillos elevados conectaban las aulas como puentes flotantes y varias bancas de metal se disponían en fila junto al vidrio, ofreciendo a los estudiantes una vista panorámica digna de una atracción turística.
—Creo que estoy maldita…
—Pues vaya mierda de maldición —bromeó Emily—. Estás loca, que es otra cosa. Y aún así, mírate, estás más guapa que nunca y sigues teniendo un hombro que parece que lo han puesto a propósito para que te veas vulnerable y sexy. ¿Qué más quieres?
Valery soltó una risa corta, una autentica después de muchos días.
—¡Idiota!
Emily puso los ojos en blanco, pero con cariño, y le dio un codazo suave en el brazo bueno.
—Lo que te persigue es el estrés, Hartmann. Y quizás un poco de culpa, pero eso se quita hablando o gritando en un concierto —añadió con media sonrisa—. Además, sigues entera. Y eso ya es ganancia.
Valery la miró de reojo, negando con la cabeza, divertida.
—Venga, loca —prosiguió Emily—. Vamos adentro antes de que te congeles y me eches la culpa a mí. Luego me cuentas todo, con lujo de detalle…
Emily tiró a Valery por la cintura, pero antes de dar el primer paso, ella se detuvo. Echó otro vistazo al campus, como buscando a alguien. Algunos estudiantes charlaban en grupos pequeños, otros caminaban con carpetas bajo el brazo, absortos en sus teléfonos.
—¿Y Clark? —preguntó Valery, curiosa—. Se propuso que esta vez sería puntual.
—¡¿Clark?! —exclamó Emily, alargando el nombre—. Ese sigue en su cama, seguro. Apostaría dinero a que apagó la alarma tres veces.
—El día que llegue a la hora exacta, algo raro va a pasar.
—El fin del mundo… —añadió Emily, divertida—. Ya lo conoces: dice que piensa mejor cuando llega tarde. Yo digo que es un perezoso de manual.
Valery sonrió, aunque el gesto fue fugaz. Miró su reloj de pulsera y luego a la puerta acristalada de la facultad.
—Venga, vamos a la biblioteca antes de que nos congelemos aquí.
El vestíbulo cálido las recibió con un contraste inmediato: el aire acondicionado suave, el olor a café de la máquina del fondo y el murmullo bajo de los estudiantes que entraban y salían. El murmullo exterior quedó atrás, sustituido por el sonido apagado de pasos sobre alfombra y el tecleo distante de algún estudiante aplicado.
—Me gusta venir aquí —dijo Emily en voz baja. Eran las reglas del lugar—. Nadie te juzga si no haces nada productivo.
Había muchas personas esa mañana, a pesar de que era sábado. En varias zonas Valery observó grupos de chicos estudiando, inclinados sobre libros, con los auriculares puestos. Uno de ellos escribía furioso con un bolígrafo, como si alguna tarea importante le fuera a consumir la vida. Cerca de las ventanas estaban los más relajados, aquellos a los que no les importaba pasarse las horas viendo videos divertidos en YouTube o caídas épicas en Tiktok. Uno que otro se tapaba la boca para no reírse demasiado alto y de vez en cuando a alguien se le escapaba una carcajada. No faltaba el aguafiestas que se ofendía y los mandaba a callar con un rotundo y extenso: shhhhhhh.
#167 en Joven Adulto
#3386 en Novela romántica
accidente peligro amor humor, amor dolor decepcion celos aventura, capacidades especiales
Editado: 11.01.2026