Era una mañana de sábado, gris y pesada de finales de otoño. Santi había salido de su casa poco después de las nueve, con una mochila vieja al hombro y una linterna que tomó prestado de la caja de herramientas de su padre. Su madre no tenía idea del plan, así que le mintió diciéndole que iba a su sesión de entrenamiento en el club de fútbol del colegio. Le dio permiso de quedarse con sus amigos hasta las once, tiempo suficiente para meterse a explorar y regresar.
El camino hasta el barranco era conocido: bajaba por el sendero de tierra que serpenteaba entre pinos, cruzaba el riachuelo por las piedras planas y subía por la ladera opuesta hasta la grieta oculta entre rocas. Llovía desde la madrugada, una lluvia fina que se había convertido en tormenta durante la noche. El suelo estaba embarrado, pero las botas de suela alta le permitían a Santi moverse con facilidad sin resbalar. Sabía que la cueva era suya y nadie más la conocía, así que no podía detenerse a pesar de la inclemencia del clima.
Entró agachado por la boca estrecha, encendió la linterna y avanzó por el pasadizo. El aire dentro era frío y húmedo, olía a musgo y a piedra mojada. Caminó unos metros hasta el fondo, donde el techo se abría en una pequeña cámara. Se sentó en una roca plana, sacó un bocadillo de jamón, un termo con limonada helada y comió. Mientras lo hacía, recordó que la cueva era su lugar favorito. Allí podía pasar horas enteras jugando, sin que nadie le juzgara o le preguntara algo.
Pero esa mañana la lluvia no paró. Al principio fue un rumor lejano, un goteo constante y normal que solía caer desde las pequeñas grietas en el techo. Sin embargo, en un momento indeterminado, se convirtió en un chorro. Santi levantó la vista y vio el agua entrando como un hilo grueso, marrón por el barro. Se puso de pie de un salto. El chorro creció rápidamente. En segundos el agua le llegó a las rodillas. Intentó escapar, pero la corriente en forma de remolino lo inmovilizó.
Prefirió no gritar. Nadie lo escucharía. El pánico le subió por la garganta como bilis, pero lo tuvo que tragar. Miró alrededor buscando algo para tapar la grieta. Lodo. Había lodo por todas partes, pegajoso y gris. Se agachó, lo agarró con las manos temblando, y lo amasó. Las palmas le dolían por el frío. Entonces lo empujó contra la grieta como una especie de tapón.
En principio el lodo logró contener el flujo, pero segundos después la masa se fracturó por el peso y la presión, y cedió. El agua continuó entrando sin piedad. Le llegó a la cintura. Al pecho. Al cuello. Sintió el corazón golpeteando contra sus costillas, frenético. Probó el líquido con sabor a barro y hierba descompuesta.
Pegó su rostro contra la pared superior, respirando por la nariz con dificultad. El agua estaba a pocos milímetros de inundar toda la cueva y se mecía contra su barbilla como una especie de animal vivo.
Santi, inocentemente, no lo había previsto.
Existía un alto riesgo de quedar atrapado si permanecía demasiado tiempo dentro y sucedía un accidente fortuito como este.
Su vida había llegado a su fin de forma traumática.
«Papá. Mamá. Los amo».
De pronto…
Abrió súbitamente los ojos.
El mundo entero caló en sus pupilas a borbotones.
La extrema blancura fue lo primero. No una luz concreta, sino una sensación amplia, como si todo alrededor hubiera sido perfectamente lavado hasta borrar cualquier rastro de forma y color.
Le costó entender dónde estaba o cómo había llegado hasta allí. El aire le pareció frío y pesado, entrando a sus pulmones con dificultad. Cada respiración era lenta y torpe, como si tuviera que recordarle al cuerpo cómo debía hacerlo.
Santi parpadeó una vez, los ojos pesándole una tonelada.
Beep, beep, beep…
Entonces percibió los sonidos. Pitidos rítmicos, constantes, que no parecían venir de un mismo lugar. Escuchó un zumbido grave, casi imperceptible, mezclado con otros ruidos más agudos. Un tic, tac que marcaba el tiempo por él. No sabía lo que era, pero lo entendía.
Intentó mover la cabeza a un costado y lo único que consiguió fue un gesto mínimo: el cuello le respondió con una rigidez ajena, como si no le perteneciera del todo. Había peso sobre su cuerpo. No dolor exactamente, sino una presión difusa, repartida en el pecho, en los brazos y en el abdomen. Sintió cosas pegadas a su piel: cintas, parches y tubos. Uno le rozaba la nariz: un tubo fino y plástico, que le proveía de aire. Otro más grueso en la garganta, que le raspaba cada vez que intentaba tragar. Aquel aire olía a desinfectante y alcohol.
Parpadeó de nuevo. El cuerpo no dejaba de pesar. Sin embargo, la imagen se fue ordenando de a poco: el techo impecablemente blanco, una lámpara apagada de un conjunto de tres, la esquina de una cortina gris. No era una habitación de hotel barato, pensó primero, a pesar de que se le parecía. El pitido de lo que supuso era una máquina, al costado derecho de la cama, le quitaba aquel encanto y marcaba un ritmo que no era el de su pulso.
Trató de mover los dedos. Con esfuerzo logró presionar levemente la base del meñique contra la sábana. Le resultó esperanzador, porque al menos una pequeña parte funcionaba. Cuando se concentró en los brazos, los sintió lejanos. Una inquietud sombría empezó a instalarse en su pecho entonces, no como pánico, sino como una pregunta sin sentido inicial.
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Editado: 11.01.2026