A 95 centímetros del suelo

Capítulo 8: Valery

El lunes amaneció con una luz tibia, indecisa, como si el día no terminara de convencerse de existir. Un gris plomizo que hacía que todo pareciera más frío de lo que ya era. Fuera, el jardín tenía esa quietud de diciembre: los árboles desnudos, la escarcha cubriendo el césped como una capa de sal fina, la piscina infinita tapada y olvidada. No llovía, pero el cielo amenazaba con hacerlo en cualquier momento, cargado de nubes bajas que parecían presionar contra el techo de la casa.

Valery llevaba varios minutos sentada frente a una taza de café que ya no humeaba. La cocina estaba en silencio, interrumpido apenas por el tic nervioso del reloj y el sonido lejano de la ciudad despertando. Todo seguía su curso normal y, sin embargo, para ella, nada lo hacía.

Removió el café sin beberlo. El sabor amargo parecía anticipado, inevitable. No había dormido bien. De hecho, no había dormido casi nada desde la noche del sábado.

El sábado.

Recordó con precisión el instante en que le avisaron que Santiago había despertado. El cómo salió del campus como un rayo, dejando a Emily y Clark con excusas torpes y tomando un taxi para llegar rápido al hospital, con la esperanza y el miedo peleando dentro de ella.

A través del pequeño cristal rectangular de la puerta de la habitación 412, lo vio. Santi estaba despierto, con los ojos abiertos, mirando el techo. Tenía la cara pálida, tubos en la nariz, el pelo revuelto… pero estaba vivo. Despierto. Respirando sin ayuda.

Valery no supo cuánto tiempo estuvo ahí, observándolo como si mirar fuera una forma de pedir perdón sin palabras. No tocó la puerta. No dijo su nombre. Se limitó a mirarlo cuidadosamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperlo… o delatarla. Tenía miedo de que él la mirara, la reconociera y recordara el fatal accidente. Miedo de que la culpa se viera en sus ojos. Miedo de que le preguntara «¿por qué?» o, peor aún, que le dijera «por tu culpa». Miedo de que su voz, cuando la oyera, se rompiera al pronunciar su nombre.

Memorizó cada detalle: la forma en que Santi fruncía el ceño cuando intentaba mover la cabeza, el movimiento lento de su pecho al respirar, la mano derecha que apretaba la sábana como si buscara algo a lo que aferrarse.

Al final se fue sin entrar. Volvió a casa en silencio, con las lágrimas cayendo, resbaladizas, sobre su ropa.

Ahora, dos días después, el café seguía frío entre sus manos. Lo miró como si pudiera encontrar respuestas en el fondo de la taza.

Era hoy…

Hoy no podía seguir escondiéndose detrás del vidrio, ni del silencio, ni de la culpa que se le había instalado en el pecho como una segunda respiración.

Hoy sí se había prometido encararlo.

Aunque no sabía muy bien qué iba a decir.

Quizá un «lo siento» parecería demasiado pequeño. O un «gracias» demasiado fuera de lugar. O un «oye, es mi culpa», demasiado crudo.

Lo cierto es que tenía que decir algo. Debía mirarlo directamente a los ojos y dejar que él decidiera si la odiaba o no.

Se levantó, dejó la taza en el fregadero con el café entero y subió a cambiarse. Se puso un jersey grueso de lana y pantalones de chándal. Zapatillas deportivas grises, en conjunto. Se recogió el cabello en una coleta desordenada y decidió no maquillarse, así quizás él no pudiera reconocerla. No quería parecer la hija de Richard Hartmann.

Salió de casa sin desayunar. El frío de la mañana se le impregnó en los huesos, lo que la obligó a encogerse mientras esperaba el taxi en la entrada principal. Miró el reloj de pulsera: eran las 8:30. El trayecto al hospital le tomaría alrededor de treinta minutos.

Ya en el edifico, percibió que el vestíbulo desprendía el mismo olor a desinfectante de siempre. El suelo de linóleo brillaba bajo las luces fluorescentes. La sala de espera estaba más concurrida de lo cotidiano: personas conversando en voz baja, enfermeras cruzándose con pasos apurados, el murmullo constante de vidas que ignoraban la suya…

Valery se acercó al mostrador de recepción general y preguntó por el doctor Dice. Una simpática mujer de mediana edad que tecleaba en el ordenador le respondió con tono natural:

—En la mañana atiende en su propio consultorio.

Entonces hizo la segunda pregunta.

—Busco la habitación de Santiago Navarro. Vengo de visita. Fue el mismísimo doctor Norman Dice quién me concedió autorización.

La mujer revisó la pantalla frente a ella y tecleó con rapidez.

—Habitación 412 —respondió sin levantar demasiado la vista—. Cuarta planta.

—412, entiendo. Muchas gracias.

Valery se giró con prisa y caminó directo a los ascensores. Pulsó el botón y esperó, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Una mujer muy joven que cargaba un niño de meses en brazos la recibió con un saludo de buenos días al abrirse la puerta. Valery correspondió apática, mientras pulsaba la tecla que la conduciría al cuarto piso. Miró su reflejo en el espejo de la pared posterior y casi no se reconoció: las noches de mal sueño, el estrés postraumático y la presión de su familia por querer casarla con Theo le habían puesto años encima. Se notaba en las arrugas, las marcas de expresión y las ojeras.




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