A 95 centímetros del suelo

Capítulo 9: Valery

Al día siguiente, Valery acudió al consultorio del doctor Dice a eso de las once de la mañana, para comentarle lo que había sucedido con respecto a la visita de Santi y cómo reaccionó cuando la tuvo cerca.

Cinco minutos antes, estaba en la planta baja de una torre moderna de diez pisos. Un edificio compuesto de vidrio azul reflectante y acero pulido, uno de esos que imponían respeto incluso antes de cruzar la puerta. El vestíbulo era un espacio diáfano de mármol blanco italiano, con una fuente minimalista empotrada en el centro y sofás de cuero gris que parecían más caros y finos que los que su familia exhibía en casa. El aire olía a madera de cedro y a un toque floral, nada que ver con el aroma a desinfectante común del hospital donde yacía Santi. El estresante murmullo del exterior desapareció apenas se cerró la puerta automática.

—Buenos días. Bienvenida a la Plaza Torre Médica. ¿En qué puedo ayudarle?

Detrás de un mostrador curvo de madera lacada en negro, la recibió una señorita muy joven, no más de veinte años, que parecía sacada de una revista de moda: ojos azules grandes, intensos y enmarcados por pestañas largas; cabello rizado, rubio oscuro con mechas doradas que le caían en ondas perfectas hasta los hombros. Labios carnosos color rojo mate, piel impecable y un cuerpo que rozaba la perfección: alta y delgada, pero con curvas precisas, realzado por un traje sastre gris ajustado que parecía hecho a medida. La blusa blanca dejaba ver justo lo suficiente para ser elegante y llamativa. Sonreía con dientes blancos y alineados, profesional pero cálida. Valery sintió una especie de sana envidia mientras la admiraba de pies a cabeza. No porque aquella niña fuera más hermosa que ella, sino por esa obligación asumida de verse impecable todos lo días. Ella odiaba eso. Odiaba tener que pensar en el cabello, en la ropa y en si algo combinaba o no. Odiaba la idea de invertir tiempo en construir una versión presentable de sí misma antes de siquiera empezar a vivir el día.

Miró de reojo su propio reflejo en el vidrio cercano: estaba correcta, prolija, pero sin ese brillo de vitrina que irradiaba su semejante tras la recepción. Vestía blusa blanca, chaqueta ligera, unos vaqueros azules acampanados y zapatillas deportivas. Muy informal.

—Buenos días —contestó Valery, con una sonrisa natural—. Estoy buscando el consultorio del doctor Norman Dice.

—¿Tiene una cita con él?

Valery dudó un segundo. En su cabeza, aquello no era exactamente una cita médica. No iba a comentarle al doctor Dice sus síntomas o a hacerse algún examen. Iba a, literalmente, complicarse la vida.

Por eso decir «vengo a charlar con el doctor sobre un paciente» no sonaba muy convincente que digamos.

—Sí —respondió al final—. A las once.

—Entiendo. Disculpe… ¿su nombre?

—Valery Hartmann.

El efecto fue inmediato.

La joven recepcionista parpadeó una vez, apenas, pero lo suficiente para que el cambio resultara evidente. Su postura se enderezó todavía más y la sonrisa se volvió distinta —más cuidadosa, más medida—.

De pronto, todo en su trato adquirió un matiz casi ceremonial.

—Por supuesto, señorita Hartmann… —dijo ahora, con un tono claramente más respetuoso—. Déjeme comunicárselo al doctor.

Valery sintió ese viejo fastidio recorrerle el pecho.

Odiaba eso. Odiaba que un apellido hiciera el trabajo que deberían hacer las personas. Odiaba que puertas se abrieran no por quién era, sino por cómo se llamaba. Lo había odiado toda su vida.

Pero también notó algo más: el comportamiento de la recepcionista había cambiado. Ya no era solo alguien profesional. Había una pizca de tensión ahí. De cálculo. Casi de competencia.

Y, por una vez, Valery decidió no contenerse nada. Se permitió ese pequeño privilegio incómodo. Ese poder.

Alzó apenas el mentón, le sostuvo la mirada a la chica con calma y asintió, como si ese trato preferencial le perteneciera por derecho.

En aquel juego básico de reputación, Valery le ganaba de largo.

—Doctor Dice, la señorita Valery Hartmann se encuentra aquí.

La recepcionista asintió cuando escuchó las indicaciones del doctor al otro lado de la línea. Colgó y volvió a sonreír, esta vez con cortesía.

—Por aquí, por favor, señorita Hartmann.

Salió de detrás del mostrador y comenzó a caminar por un pasillo amplio y silencioso, donde las paredes blancas estaban decoradas con cuadros abstractos y luces empotradas en el techo. El lugar parecía diseñado para que nada distrajera, para que cada paso tuviera un claro propósito.

Caminaron juntas sin decir nada. Los tacones de la recepcionista marcaban un ritmo suave y exacto contra el suelo pulido.

Llegaron a las escaleras y empezaron a subir.

Al llegar al primer piso, caminaron unos metros por otro pasillo, más silencioso aún. Se detuvieron frente a una puerta de madera oscura, sobria, sin adornos innecesarios. La recepcionista tocó dos veces, con los nudillos, y luego abrió apenas, lo justo para asomar la cabeza.

—Doctor Dice —dijo en voz baja—. Disculpe la interrupción.

Desde dentro se oyó la voz del doctor Dice, clara y tranquila, con un matiz sorprendentemente cálido.




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