Santi odiaba los programas de cocina. Le parecían aburridos. No le quedaba otra cosa que ver, puesto que el único canal que sintonizaban en el hospital era uno público, y este, al parecer, tenía como dueños a personas que les encantaban las recetas. Repetían el mismo programa tres veces al día y Santi sentía nauseas solo con escuchar la agria voz del chef que lo presentaba.
Bienvenidos amigos amantes del arte culinario… soy el chef Luciano y hoy les voy a enseñar a preparar un delicioso consomé de pollo con fideos finos…
Santi dejó de prestar atención al ruido y las imágenes de la pantalla y recordó la primera vez que estuvo internado en el Hospital Distrital.
Tenía diez años.
Transcurría un septiembre veraniego. De esos veranos calurosos en los que el aire parecía pegarse a la piel. Santi había recibido un regalo por su cumpleaños: una BMX roja con manillar alto y frenos de mano que sonaban como un trueno cuando los apretaba. Desde un inicio, su padre le había advertido que utilizara la bicicleta con cuidado, pero dada la infinita emoción que sintió por recibir su primer obsequio de valor, Santi decidió salir a un parque cercano a probarla, en compañía de su madre.
Su aventura había comenzado sin novedades. Avanzó pedaleando sin prisas, probó los frenos y luego comenzó a acelerar. Le dio varias vueltas al parque. Serpenteó entre risas por caminos de tierra, charcos de lodo y pequeñas elevaciones de pasto. Nada de otro mundo.
La cosa cambió cuando se arriesgó a aprender a hacer caballitos.
Al tercer intento, ciego por una confianza que resultaría traicionera, Santi no midió bien sus movimientos. Aceleró demasiado, levantó la rueda delantera con fuerza y perdió el equilibrio. Al caer, todo su peso recayó sobre su mano derecha. No recordó la caída en sí, sino el dolor espantoso que sintió después de escuchar el crujido de sus huesos. Un latigazo seco que le subió por el brazo hasta la cabeza. Gritó.
Su madre salió corriendo de la banca donde estaba sentada y llamó a una ambulancia apenas se percató de la gravedad de la situación.
Ya en urgencias, el médico de turno —un hombre mayor con gafas gruesas y manos grandes— le manipuló la muñeca con cuidado, le puso una férula temporal y les dijo que había fractura.
«Tendremos que aplicarle yeso», explicó. «Afortunadamente, con rehabilitación, volverá a recuperar la movilidad de la muñeca. Es una de las ventajas de estar en edad de desarrollo».
Lo enyesaron esa misma tarde. El yeso era pesado, blanco y áspero. Olió a polvos y a humedad durante semanas. Al principio no podía ni abrocharse la camisa. Su madre le ayudaba a vestirse y le cortaba la comida en trozos pequeños. Su padre le compraba un cómic nuevo cada dos días para que no se aburriera. Pasó el verano entero con el brazo en cabestrillo, pero cada semana iba a fisioterapia. Santi vio el lado positivo: no se accidentó en época de clases. De lo contrario, el castigo que le hubieran aplicado sus padres sería ejemplar.
Al quitarle el yeso, la piel estaba pálida y arrugada. El médico le dijo: «Has sido todo un campeón. Nunca más tendrás problemas con esa muñeca». Y tuvo razón. Con el paso de los años, seguía fuerte. Podía cortar leña, cargar cajas o apretar objetos sin que le doliera.
Santi cerró los ojos un segundo. La voz del chef en el programa de cocina seguía sonando de fondo. El pitido del monitor, constante. El brazo derecho, el mismo que se había lastimado a los diez, descansaba sobre la sábana. Ya podía mover mejor los dedos. Podía apretar el puño débilmente. Podía levantar las manos y la cabeza.
Pero las piernas…
No las sentía.
El recuerdo de la bicicleta, del yeso, de la recuperación, le dejó un sabor amargo en la boca. Aquella vez había tenido esperanza. Había sabido que todo volvería a la normalidad. Pero ahora…
Abrió los ojos de nuevo. La televisión seguía murmurando.
Estaban en comerciales. Un anuncio de detergente de limón llenaba la pantalla con colores brillantes.
Santi miró hacia la puerta, esperando, sin saber exactamente qué.
Pero sí a quién.
Una hora después, el sol ya había bajado lo suficiente para que la habitación se llenara de una luz anaranjada y suave que entraba por la persiana entreabierta. Santi seguía recostado, con la cabeza apoyada en la almohada elevada, mirando la televisión sin verla de verdad.
De pronto, dos golpes suaves sacudieron la puerta.
Santi suspiró, cansado, con ese tedio que se le había instalado en los huesos desde el día que despertó.
—Pase —dijo, sin mucho ánimo, esperando ver a la enfermera de turno con la medicación de la tarde.
La puerta se abrió despacio.
Para su sorpresa, quien apareció tras ella, le provocó un sacudón en el estómago.
La reconoció de inmediato. Era la chica de ayer. La mujer de ojos azules electrizantes, de cabello rubio intenso y esa figura que parecía imposible de ignorar incluso en un lugar como un hospital. Esta vez no venía disfrazada de “enfermera improvisada”. Vestía una blusa blanca sencilla, chaqueta ligera, unos vaqueros azules acampanados y zapatillas deportivas. Muy informal para lo que podía proyectar.
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Editado: 25.01.2026